La Universidad de Columbia se deshonraba esta semana más allá de cualquier recuperación. Defendiendo su decisión de invitar al Presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad a su campus, el presidente de Columbia Lee Bollinger decía que plantearía al líder iraní una serie de «cuestiones difíciles» acerca de su «presunto» apoyo al terrorismo, el genocidio, el revisionismo del Holocausto, su implicación en la muerte de efectivos americanos en Irak y los abusos de los derechos humanos, a lo largo de su discurso el lunes.
John Coatsworth, decano de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de Columbia, extendía el discurso de Bollinger de la dedicación sin límites del centro al debate diciendo, «Si Hitler estuviera en Estados Unidos y quisiera una plataforma desde la que hablar, tendría multitud de plataformas desde las que hablar en Estados Unidos.
Escribe Caroline B. Glick que si estuviera dispuesto a entrar en un debate y una discusión, a ser cuestionado por estudiantes y claustro de Columbia, ciertamente le invitaríamos». Con estas presuntas muestras de apoyo al debate público, los líderes de Columbia han destruido su en tiempos augusta institución de educación superior.
Columbia era acertadamente condenada desde todos los frentes por su decisión de recibir a Ahmadinejad. La hipocresía de la Universidad, que justificaba su invitación a Ahmadinejad en nombre de la libertad de expresión y que a continuación impedía el ingreso al campus a todos los manifestantes que querían ejercer su derecho a la libertad de expresión oponiéndose a la presencia de Ahmadinejad en Columbia, ha sido evidenciada. También la ironía de la decisión de Columbia de recibir con todas las galas a un hombre que en los últimos meses ha clausurado 15 universidades, encarcelado a alrededor de 3000 estudiantes, cientos de profesores, y prohibidos libros que afirma impulsan los valores «infieles», ha sido debidamente observada.
Por otra parte, la postura de Irán como el estado patrocinador del terrorismo internacional más activo, su papel encabezando la guerra en Irak, y el propio presunto papel de Ahmadinejad en el secuestro de la embajada norteamericana en Irán en 1979 y posterior internamiento y tortura ilegal de 51 rehenes norteamericanos retenidos durante 444 días también ha sido razonablemente destacada por los críticos de la maniobra de la Universidad.
LA PERSECUCIÓN DE LOS HOMOSEXUALES por parte de Irán y su opresión de la mujer – factores ambos intensificados desde que Ahmadinejad tomara posesión – han sido acertadamente contrastados con la decisión de Bollinger en el 2005 de mantener la política de Columbia de prohibir el programa de formación del ejército a cargo de las oficinas de reclutamiento en el campus debido a la política «de silencio tácito» del ejército con respecto a la homosexualidad.
Algunos de los críticos de la decisión de Columbia han dispuesto la invitación de la Universidad a Ahmadinejad en el contexto de la longeva y bien documentada animadversión de la Universidad hacia América y hacia el Estado de Israel. Esta es la misma universidad, observan, que concede plaza a profesores que humillan a los estudiantes pro-americanos y pro-Israel que se atreven a cuestionar sus diatribas en las aulas. Esta es la misma universidad que se niega a recibir a personas que sostienen opiniones conservadoras en temas como la inmigración.
Finalmente, los detractores de la invitación a Ahmadinejad a hablar en el campus condenan a Bollinger por ceder una prestigiosa palestra a un líder que niega el Holocausto Nazi, que promete llevar a cabo un nuevo Holocausto, y que persigue los medios de perpetrar este genocidio desarrollando armamento nuclear.
Por estas acciones, argumentan los críticos de Columbia, a Ahmadinejad se le debería haber negado espacio en Columbia.
MIENTRAS QUE TODAS ESTAS CRÍTICAS son precisas, muchas de las acciones y las hipocresías que señalan no son exclusivas de Columbia. En la práctica, describen el rasero que funciona en los protocolos en vigor en la mayor parte de los campus americanos hoy. Muchas universidades importantes conceden plaza a profesores antiamericanos y antisionistas. Muchas universidades importantes proscriben el debate en las aulas e intentan prohibir a los oradores conservadores en sus campus.
Muchas universidades importantes en Estados Unidos prohíben las oficinas de reclutamiento del ejército en sus campus y aun así sirven de apologistas de regímenes como Irán, Arabia Saudí o Egipto, que prohíben la homosexualidad y tratan a las mujeres como ganado. Y muchas universidades importantes ceden la palestra a oradores que representan a regímenes racistas, homófobos, misóginos, antiamericanos y antisemitas. Apenas el año pasado, la Universidad de Harvard invitaba al ex presidente iraní Mohamed Jatami a dirigirse a sus estudiantes y su claustro.
Hasta la fecha, con alguna justificación, los partidarios de Columbia han despreciado o dejado de lado estas críticas a la Universidad como crítica partidista en debates políticos legítimos. En su opinión, Columbia, como otras universidades, tiene total derecho a impulsar una visión de extrema izquierda del mundo. Es la labor de los críticos de la Universidad, incluyendo a licenciados y universitarios, pretender influenciar el comportamiento de la escuela mediante donaciones selectivas o invitando a oradores conservadores a dar conferencias en el campus. Tanto los detractores de Columbia como sus defensores están de acuerdo básicamente en que la postura y las críticas a su postura en Columbia forman parte y paisaje del funcionamiento de una institución y del funcionamiento de una sociedad democrática.
Pero la decisión de Columbia de recibir a Ahmadinejad en el campus no destaca entre sus maniobras previas. El problema con la decisión no es que evidencie a Bollinger y sus colegas como hipócritas. Tampoco el tema es su odio y alineamiento político en la extrema izquierda. Si Ahmadinejad, que niega el Holocausto y acelera uno nuevo, tiene o no derecho a expresar sus opiniones no es de igual manera el tema principal que plantea su maniobra.
EL PROBLEMA DE LA ACCIÓN DE COLUMBIA, el motivo de que no pueda haber justificación moral para la decisión de la Universidad, es que al invitar a Ahmadinejad al campus, Columbia ha convertido en tema legítimo de debate los pros y los contras del genocidio. Al plantear a Ahmadinejad preguntas difíciles, Bollinger reduce el derecho del pueblo judío a vivir a una simple cuestión de preferencias.
Sin duda, Bollinger preferirá que el pueblo judío viva. Pero esto está más allá del tema en cuestión. La idea es que al debatir el tema con Ahmadinejad, Bollinger acaba de poner sobre la mesa el derecho del pueblo judío a existir.
Aquí es importante observar el carácter único de Ahmadinejad. Es cierto que al apoyar la aniquilación de Israel, Ahmadinejad no es diferente en absoluto de sus compinches terroristas Hassán Nasralah, Jalid Mashaal o Farouk Kaddoumi. Tampoco además [es diferente] el deseo de Ahmadinejad de barrer del mapa la mayor concentración de judíos del planeta, simplemente porque es compartido por todos sus colegas del régimen iraní y la mayor parte de los líderes intelectuales y religiosos del mundo árabe.
Pero aun así existe una diferencia entre Ahmadinejad y todos los demás. A través de sus palabras y sus obras, Ahmadinejad se ha convertido en el símbolo y el líder de un creciente movimiento internacional que apoya a, y se involucra en, actividades encaminadas a impulsar la destrucción del pueblo judío. A través de sus palabras y sus obras, Ahmadinejad se ha convertido en la enseña de promoción del genocidio.
Como resultado, lo que se dijera ayer en Columbia carece de consecuencias en absoluto. Lo que importa es que al invitar al presidente iraní a su campus, la Universidad de Columbia anuncia que ser partidario o detractor del genocidio de judíos es un tema legítimo a debatir. Al hacerlo, en calidad de institución, Columbia se ha extralimitado mucho más allá del límite del discurso legítimo. Como institución, Columbia a apoyado una aberración al renunciar al carácter sagrado intrínseco de la vida humana.
LOS PARTIDARIOS DE COLUMBIA que a lo largo de los años la han defendido de las crecientes críticas no pueden ver la visita de Ahmadinejad al campus simplemente como otro conflicto político más sin legitimar ellos mismos la creencia sostenida por el centro de que el genocidio es un tema legítimo de debate. No pueden defender al centro sin rechazar ellos mismos el principio básico de la civilización occidental: que los seres humanos tienen un derecho intrínseco a la vida.
Teniendo en cuenta esto, depende de todos aquellos vinculados a Columbia que suscriban este principio básico distanciándose de la Universidad. En calidad de alumna de la Facultad de Columbia, clase de 1991, es con gran decepción que digo que es hora de disociarse del centro. Esto no significa simplemente suspender las donaciones. Significa comprender que el problema con Ahmadinejad no tiene nada que ver con debates políticos legítimos. Significa reconocer y afirmar abiertamente que al poner el genocidio sobre la mesa de debate, Columbia deja de ser una institución de la que se puede decir que representa nuestros valores. Significa afirmar públicamente que no vamos a enviar a nuestros hijos al centro. Significa decir abiertamente que Columbia ha abandonado los cimientos morales de la civilización y ha caído a las profundidades del mal. Significa decir abiertamente que Columbia es una institución depravada.
NO ENVIDIO a los estudiantes de Columbia de hoy en día. Trabajaron muy duro para ser aceptados en el centro. Sin duda nunca quisieron verse en mitad de todo esto. Pero están en medio y también ellos tienen una elección que tomar.
¿Exigirán la dimisión de Bollinger, Coatsworth y el profesor Richard Bulliet, que ingenió la visita de Ahmadinejad, o se cruzan de brazos y permiten que estos hombres se vayan de rositas al convertir en tema de debate el valor de la vida humana? ¿Se levantarán con indignación y disgusto, o a través de su falta de acción dirán que estos hombres y la inmoralidad que atribuyen pueden seguir siendo figuras de peso para ellos?
¿Dirán que hay algunas cosas por las que vale la pena luchar y que combatir las opiniones que impulsan estos hombres es más importante que los corrompidos compromisos que contraen? Los tiempos en los que vivimos son tiempos difíciles. Requieren ser consecuentes a todos nosotros. ¿Mantenemos nuestra humanidad y defendemos la vida, o nos hundimos en el silencio fácil mientras el carácter sagrado de la vida es cuestionado por sirvientes bien pertrechados y elocuentes del mal que esconden su depravación hablando con elocuencia de libertad de expresión?
La Universidad de Columbia ha tomado su decisión. Ahora es momento de que tomemos la nuestra.
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