Escribe Antón que oírle hablar a altas horas de la noche -por la diferencia horaria- de submarinos perdidos, de catástrofes y de la experiencia de vivir a bordo de esos ataúdes subacuáticos resulta sobrecogedor.
Thunman, con una carrera de 35 años en sumergibles -sirvió en cuatro naves y comandó la flota de submarinos del Pacífico-, es un hombre que tiene muchas cosas que contar.
Pero su «historia de mar favorita», explica en una larga conversación con el reportero del diario El País, arranca el día que entró en su despacho el explorador subacuático Robert Ballard y le pidió ayuda para encontrar el Titanic.
«Yo pensé que aquel joven entusiasta no tenía ninguna oportunidad, que era una idea loca», rememora Thunman, «pero le dije que la Marina y él nos podíamos ayudar mutuamente».
Así empezó una de las misiones secretas más alucinantes que puedan imaginarse, digna de la más aventurera película de espías: un pacto fáustico entre Ballard y la fuerza naval estadounidense.
Por este acuerdo, el explorador recibiría apoyo y financiación para su búsqueda a cambio de que, usando la misión del Titanic de tapadera, investigara como primer objetivo las tumbas bajo el Atlántico de los submarinos nucleares Scorpion y Thresher, avanzados y silenciosos depredadores perdidos en los sesenta, en plena guerra fría.
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