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En lo que se asemejaba a un implacable bombardeo, cientos de misiles y drones fueron desplegados por las fuerzas rusas, desencadenando una tormenta de destrucción sobre más de la mitad del país.
El eco de las explosiones resonó en las ciudades, y los cielos se iluminaron con el destello de los sistemas de defensa antiaérea ucranianos, luchando desesperadamente por detener la embestida.
La población, ya acostumbrada a las sirenas y los refugios, se encontró nuevamente bajo la sombra de la muerte. Siete almas no lograron sobrevivir a la ofensiva, y decenas más quedaron heridas, mientras la furia del Kremlin se desataba sobre la infraestructura energética de Ucrania. Moscú dejó claro su objetivo: no solo paralizar el país, sino también minar la moral de un pueblo que, a pesar de todo, sigue resistiendo.
Las regiones de Ucrania, una tras otra, cayeron bajo el ataque coordinado que duró horas interminables. Desde la madrugada hasta bien entrada la mañana, el estruendo de los bombardeos no cesó.
Según el comandante de la fuerza aérea ucraniana, Mykola Oleshchuk, Rusia lanzó 127 misiles y 109 drones. A pesar de la respuesta ucraniana, que logró derribar 102 misiles y 99 drones, el golpe fue brutal, dejando a oscuras gran parte del país y profundizando la crisis energética que ha sido el talón de Aquiles en esta guerra sin fin.
El mensaje de Moscú fue claro y contundente: la reciente euforia de Ucrania tras su incursión en la región rusa de Kursk debía ser rápidamente apagada.
Con esta ofensiva, Rusia pretendía recordar tanto a Kyiv como al mundo que sigue teniendo la capacidad de infligir sufrimiento masivo cuando lo desee. Fue un golpe directo a la moral ucraniana y una advertencia a las capitales occidentales: el Kremlin no cederá fácilmente.
Quince regiones sufrieron el impacto de la ofensiva, según el primer ministro ucraniano, Denys Shmyhal. Los misiles de crucero y los drones rusos se lanzaron sin piedad sobre ciudades y pueblos, causando daños significativos a la ya frágil infraestructura del país. Kyiv, el corazón de la resistencia, quedó parcialmente a oscuras, y el suministro de agua se vio interrumpido en varias áreas. Una planta hidroeléctrica al norte de la capital, una de las pocas que seguía operativa, fue alcanzada, agravando la ya precaria situación.
Desde el inicio de la invasión a gran escala en febrero de 2022, Rusia ha centrado su artillería en la infraestructura energética de Ucrania, pero los recientes ataques han alcanzado niveles de devastación sin precedentes.
La mitad de la capacidad de generación eléctrica de Ucrania ha sido destruida, y el país se ha visto obligado a depender de la compra de energía a la Unión Europea, aunque esto apenas mitiga la crisis.
En medio de este caos, el presidente Volodymyr Zelensky no perdió tiempo en hacer un llamado a sus aliados occidentales. En un discurso cargado de urgencia, pidió que se les permita utilizar armas de largo alcance para golpear más profundamente en territorio ruso. La guerra no solo se está librando en el frente, sino también en las decisiones diplomáticas que determinarán el curso de los próximos meses.
El lunes también trajo un intento por parte de Ucrania de golpear una refinería de petróleo en Yaroslavl, al noreste de Moscú, un movimiento que refleja el espíritu de lucha de un país que, a pesar de las adversidades, se niega a rendirse. Sin embargo, el ataque no logró causar daño significativo, subrayando las limitaciones a las que se enfrenta Kyiv.
La guerra continúa, y con cada día que pasa, las líneas entre la resistencia y la desesperación se vuelven más difusas. En esta batalla de voluntades y poderío militar, el lunes quedará marcado como un recordatorio sombrío de que la paz está lejos, y que las sombras de la guerra siguen al acecho, dispuestas a devorar cualquier atisbo de esperanza.
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