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Las imágenes llegan a cuentagotas por las redes sociales, cuando el apagón de internet lo permite: jóvenes abatidos en las calles, ambulancias improvisadas en vehículos particulares y familiares buscando cuerpos en morgues desbordadas.
A su vez, el liderazgo iraní se atrinchera en un discurso que señala a “enemigos externos” y “terroristas”, mientras las organizaciones de derechos humanos no dudan en calificarlo de masacre.
Quince días después del inicio de las movilizaciones, el enfrentamiento entre una ciudadanía agotada y una teocracia cerrada ha convertido a Irán en el epicentro de una crisis que combina represión masiva, luchas internas por el poder, guerra propagandística y notables divisiones dentro de la política europea y española sobre cómo observar —o ignorar— a los ayatolás.
Hospitales al límite, morgues desbordadas
Los datos que logran salir del país revelan un panorama de guerra no declarada:
- La ONG HRANA, con sede en Estados Unidos, estima que al menos 490 manifestantes han muerto y 48 miembros de las fuerzas de seguridad han caído, además de más de 10.600 detenidos en solo dos semanas de protestas.
- El Centro para los Derechos Humanos en Irán (IHRNGO) confirma 192 muertes, aunque reconoce que “algunas fuentes hablan de más de 2.000” fallecidos, enfatizando que la cifra real podría ser mucho mayor.
Los hospitales actúan como un termómetro evidente de la brutalidad del operativo:
- Organizaciones dedicadas a los derechos humanos informan sobre hospitales abarrotados de heridos y muertos debido a disparos directos por parte de las fuerzas de seguridad.
- Médicos en varios centros han denunciado que muchos heridos temen acudir a urgencias por miedo a ser detenidos mientras reciben atención médica; esta práctica se había documentado anteriormente durante otras olas de protesta y se repite ahora: fuerzas del orden ingresando a los hospitales, golpeando pacientes y arrestando a manifestantes heridos.
- En Rasht, al menos 70 cadáveres llegaron en una sola noche al Hospital Poursina; según sanitarios citados por medios internacionales, la morgue quedó colapsada y agentes se llevaron varios cuerpos.
Esta dinámica —tiros letales, hospitales convertidos en lugares inseguros y morgues repletas— respalda la denuncia de diversas ONG sobre cómo el Estado busca no solo aplastar las protestas, sino también borrar huellas: cuerpos retirados sin notificar a las familias, entierros apresurados y presión para aceptar versiones oficiales sobre la causa del fallecimiento.
Represión metódica: disparos a matar, detenciones masivas, apagón digital
La cronología de estos quince días refleja un patrón ya conocido en Irán pero intensificado.
- Uso sistemático de munición real
- Amnistía Internacional y otras organizaciones han documentado disparos directos contra manifestantes desarmados, incluidos menores, utilizando munición real y perdigones.
- En varias ciudades se ha registrado fuego desde comisarías o bases de la Guardia Revolucionaria contra los congregados, con escenas donde personas caen “de inmediato” debido a impactos en cabeza y pecho.
- Criminalización total del disenso
- La Fiscalía General ha clasificado a todos los manifestantes como “mohareb”, “enemigos de Alá”, lo cual conlleva la pena capital.
- Medios estatales reiteran que los disturbios son provocados por “terroristas” controlados por Estados Unidos e Israel; además, el régimen advierte que quienes ayuden a los manifestantes podrían ser tratados como enemigos divinos.
- Detenciones y desapariciones
- HRANA registra más de 10.600 detenciones, entre ellas 169 menores.
- Diversas ONG han documentado casos de allanamientos nocturnos, desapariciones forzadas y reclusión sin comunicación con el exterior, lo cual aumenta el riesgo de torturas y confesiones forzadas difundidas posteriormente por televisión estatal.
- Cierre informativo
- El país ha sufrido varios días con apagón nacional del internet, cortes en redes móviles y severas restricciones para llamadas internacionales.
- Este apagón no solo desinforma al exterior; también dificulta que las familias localicen a detenidos o heridos e impide que los ciudadanos organicen protestas o redes solidarias.
La combinación entre fuego real, criminalización religiosa del disenso, detenciones masivas y bloqueo informativo es precisamente lo que lleva a varias organizaciones a hablar abiertamente sobre “crimen internacional” e instar a la comunidad internacional para actuar “a fin de prevenir una matanza masiva”.
La acusación de «masacre» y el baile de cifras
En este contexto crítico, las denuncias acerca del régimen por llevar a cabo una masacre se sustentan en tres aspectos: falta total de cifras oficiales, información fragmentada y testimonios directos.
- Falta total de cifras oficiales: Las autoridades iraníes no han ofrecido un balance coherente sobre muertos o heridos. Se limitan a informar ocasionalmente sobre funerales relacionados con miembros del cuerpo militar o algunos ataques aislados mientras retratan grandes ciudades como tranquilas en sus emisiones televisivas.
- Rango estimativo:
- Mínimo corroborado por ONG conservadoras: alrededor de 192 fallecidos.
- Cifra verificada más alta: hasta 538 muertos (490 manifestantes y 48 agentes), junto con más de 10.000 detenidos, según HRANA.
- Fuentes citadas por IHRNGO sugieren que el número real podría superar los 2.000 muertos.
Esta horquilla abre el debate sobre si lo que ocurre en Irán ya puede considerarse una auténtica “masacre”. Varios elementos alimentan esta conclusión:
- Disparos letales contra concentraciones multitudinarias; hay episodios donde se reporta la muerte de decenas en una sola noche en ciertos lugares.
- Acumulación alarmante de cadáveres en morgues hospitalarias y posterior traslado por parte del Estado sin transparencia alguna.
- Cuerpos que no son devueltos a sus familias o son entregados bajo condiciones restrictivas como prohibir funerales públicos o aceptar versiones oficiales sobre las causas del fallecimiento.
Con base en esto, directores de organizaciones como Iran Human Rights afirman que “la República Islámica está cometiendo un crimen internacional contra su población” e insisten en utilizar todos los mecanismos legales internacionales para detener la represión.
El telón de fondo: crisis económica, hartazgo social y miedo en el poder
Las protestas no emergen sin razón. Llevan tiempo gestándose:
- El detonante inmediato ha sido la grave situación económica, caracterizada por la caída drástica del rial, aumento desmesurado del costo de productos básicos y una sensación generalizada entre la población respecto al blindaje económico del sector élite vinculado con la Guardia Revolucionaria frente al deterioro generalizado.
- Esta ola actual forma parte consecutiva (2017-2019, 2022) que ha ido desgastando el pacto social implícito ofrecido por la República Islámica: estabilidad política a cambio del silencio ciudadano. Hoy millones jóvenes ya no aceptan esta ecuación.
- La reacción desde el círculo cercano a Ali Jamenei ha pasado del control inicial hacia una doctrina donde prevalece “tolerancia cero”: llamados públicos para “poner orden” entre quienes alteran la paz social junto con mensajes claros desde la Guardia Revolucionaria anunciando el término del periodo paciente ante estas circunstancias.
Para el régimen actual estas protestas representan una amenaza existencial. Por ello combinan:
- Represión interna masiva.
- Narrativa externa centrada en un complot extranjero.
- Advertencias directas hacia Estados Unidos e Israel acerca del estatus legítimo como objetivos si Washington interfiere para proteger manifestantes.
Este cóctel restringe cualquier posibilidad para lograr una salida negociada e impulsa hacia un conflicto prolongado entre un aparato represor endurecido frente a una sociedad que ha perdido gran parte del miedo; solo lo retiene cuando la violencia estatal impone su lógica cruel sobre las calles.
Iglesias, la izquierda española y la sombra de los ayatolás
Mientras Teherán vive bajo fuego real, Europa —y España— libran otras batallas narrativas. La postura adoptada por parte significativa de la izquierda española ante la República Islámica vuelve al centro del debate.
Aunque su tono se ha moderado recientemente, los vínculos políticos e intelectuales cercanos al círculo de Pablo Iglesias con el régimen iraní continúan siendo un tema delicado:
- La antigua colaboración entre su productora y canales estatales iraníes sirvió durante años para proyectar una imagen favorable hacia Irán como actor antiimperialista; uno más preocupado por resistir frente a Washington que por cuidar bien estar propio ciudadano.
- Este marco narrativo aún persiste: énfasis casi exclusivo sobre Estados Unidos e Israel; minimización sistemática respecto a violaciones internas contra derechos humanos; tendencia marcada hacia presentar a los manifestantes como simples marionetas manipuladas desde potencias extranjeras.
El contraste ante datos actuales resulta difícilmente sostenible:
- Cientos han muerto debido a disparos directos efectuados por fuerzas armadas durante solo quince días.
- Menores entre las víctimas; miles detenidos sin consideración alguna; apagones digitales; hospitales asaltados por grupos armados.
- Amenazas continuas relacionadas con penas capitales generalizadas contra cualquiera involucrado o colaborador durante estas protestas.
En este punto específico resulta evidente cómo ciertos dirigentes progresistas españoles mantienen un silencio calculado o equilibrio frágil ante tales hechos; crítica justificada hacia hipocresías occidentales cuando conviene pero reduciendo sus voces cuando quien oprime no lleva uniforme occidental.
Este doble rasero acarrea consecuencias evidentes:
- Refuerza narrativas estatales acerca enfrentamientos únicamente derivados desde complots exteriores sin reconocer revueltas sociales genuinas existentes dentro.
- Debilita credibilidad propia dentro izquierda democrática comprometida firmemente con defensa constante respecto derechos humanos sean cuales sean sus represores.
- Deja desprotegidos manifiestos iraníes sin aliados claros dentro ámbito político europeo sensible ante opresiones sufridas especialmente dirigidas hacia mujeres jóvenes minorías disidentes etcétera.
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