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Es una cuestión puramente cultural.
En algunas sociedades, las viudas son excluidas de la mesa, se les prohíbe consumir alimentos nutritivos e incluso se les obliga a participar en ritos peligrosos y degradantes.
Lo recoge el autor original de este artículo Emily Thomas en BBC.
En Ghana, son las viudas más pobres las que suelen sufrir con mayor dureza estas costumbres. Aunque las autoridades han impulsado leyes para erradicar estas ceremonias, muchas mujeres siguen viéndose privadas de alimentos nutritivos.
Uno de los rituales más extremos consiste en obligar a la viuda a beber una sopa preparada con partes del cuerpo de su marido fallecido.
«Se usan el pelo y las uñas del difunto y el agua con la que se bañó el cuerpo para preparar un brebaje que se le da a la mujer», explica Fati Abdulai, directora del Movimiento de Viudas y Huérfanos, organización con sede en el norte de Ghana.
Algunas mujeres logran pagar para evitar estos ritos, pero la gran mayoría vive en la pobreza y no puede hacerlo. Además, al morir el marido, las propiedades pasan a la familia del hombre, por lo que muchas viudas pierden el acceso a las tierras de cultivo, a menos que se casen con un pariente del difunto.
El estigma global de la viudez
Se estima que en el mundo hay 285 millones de viudas, y que una de cada diez vive en pobreza extrema. En muchos países, la viudez se considera algo vergonzoso. La ONU califica los abusos contra las viudas como una de las violaciones más graves de los derechos humanos.
Este estigma no se limita a las clases más desfavorecidas: también afecta a sectores acomodados de la sociedad.
La historiadora y novelista bengalí Chitrita Banger Gee relata que, hasta hace pocas décadas, en las comunidades hindúes de Bengala Occidental se esperaba que las viudas de castas altas cumplieran una dura penitencia:
«Les prohibían comer pescado, carne, huevos, cebolla y ajo».
La idea era afectarles la nutrición, como si la muerte del marido fuera culpa suya. Gee vivió esta realidad en su propia familia: su abuela quedó viuda cuando ella era niña.
«Para mí fue una transformación enorme: cambió los coloridos saris y las joyas por vestidos blancos. Dejó de comer con la familia y tenía alimentos prohibidos», recuerda.
Sin embargo, la abuela encontró formas de adaptarse. Como buena cocinera, reemplazó los ingredientes vetados por especias:
«No podía comer cebolla, pero usaba asafétida para lograr sabores similares».
El duelo y la pérdida del placer de comer
No importa el lugar del mundo: cuando estamos tristes, necesitamos más que nunca el consuelo que nos da la comida. Perder a la persona con la que compartíamos las comidas puede convertir la hora de la mesa en un momento doloroso y afectar gravemente la salud física y mental.
Estudios realizados en China, Europa y Estados Unidos muestran que, entre las personas mayores, la viudez se asocia con dietas de menor calidad y variedad, así como con pérdida de peso involuntaria.
Elisabeth Vesnaver, investigadora de nutrición, estudió el caso de viudas canadienses. Descubrió dos patrones opuestos: algunas perdían el apetito casi por completo; otras trataban la comida como una medicina para cuidarse.
Vesnaver destaca que el riesgo de muerte es mayor en los dos primeros años tras enviudar, y que la nutrición juega un papel clave. Sorprendentemente, muchas mujeres que cocinaron durante décadas para su familia también experimentan dificultades para cocinar y comer solas después del duelo.
Michael Freedland, periodista y presentador, estuvo casado 52 años. Tras la muerte de su esposa Sara, perdió peso y le costó recuperar el apetito:
«No era nada placentero comer en casa. Me volví un experto en huevos revueltos».
Sus hijos lo convencieron de tomar clases de cocina con más de 80 años. Aprendió a preparar salmón, verduras salteadas y tarta de manzana. Hoy considera que esa experiencia le cambió la vida.
Lisa Kolb, escritora y excocinera de Washington D.C., perdió a su marido Erik solo 19 meses después de casarse. Ofrece un consejo sencillo y poderoso:
«Llevarles comida es importante, pero visitarlos es aún mejor. No se trata solo del plato: se trata de compañía, de sentirse cuidado».
Por eso, si no sabes qué decir o cómo ayudar a alguien que enviudó, cocinar para esa persona o invitarla a compartir una comida puede ser uno de los gestos más reconfortantes y humanos que existan.
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