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A qué Kirchner honrará Cristina

Joaquín Morales Solá 03 Nov 2010 - 11:55 CET
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El legado político, sobre todo cuando nada se ha escrito sobre él, queda siempre sometido a la interpretación de sus herederos. ¿Qué dice, entonces, el testamento de Néstor Kirchner que la Presidenta se comprometió a honrar? ¿Rescatará que fue el primer presidente argentino que decidió pagarle puntualmente toda la deuda al Fondo Monetario Internacional?

¿O recuperará al mandatario que reabrió los juicios por las violaciones de los derechos humanos? ¿Pondrá el acento en el líder político que se enfrentó con el campo no para cambiar el orden preexistente de las cosas, sino para sustraerles a los productores una parte sustancial de sus ganancias? ¿O el acento recaerá sobre el jefe político que procreó una aristocracia de empresarios afines, vinculada al Estado, y se respaldó en una dirigencia sindical y política históricamente más seducida por la derecha que por la izquierda?

Los primeros gestos de Cristina Kirchner, que siempre creyó en los planteos progresistas de su marido más que en los realistas, se inclinan hacia una ponderación de sus batallas épicas, desplegadas en los discursos más que nada; esas batallas son, precisamente, las que le valieron el apoyo entusiasta de un sector importante de la juventud. Los que convocarán al acto del 10 de diciembre, organizaciones sociales y de derechos humanos fundamentalmente; los amigos que rodean ahora a la jefa del Estado; la reinterpretación de Kirchner que hacen éstos, y la absoluta indiferencia a la oposición democrática, todo indica una perspectiva de cierta radicalización del kirchnerismo. Cristina Kirchner es, en ese sentido, la misma de siempre; ella tuvo en todo momento una mirada más ideológica e inquebrantable que la de su marido.

La diferencia sustancial de todos los Kirchner con Néstor es que a éste le costó construir una vida política desde la nada. Llegó muy alto y muy solo. Es cierto que la Presidenta acostumbraba, mucho antes de los últimos días aciagos, recordar con encomio algunas reflexiones políticas de su hijo Máximo. Lo hacía delante de funcionarios y de periodistas. Máximo Kirchner tiene la experiencia de haber visto de cerca cómo se administra el poder, pero no cómo se llega a él. Tenía 10 años cuando su padre ganó la intendencia de Río Gallegos por un puñado insignificante de votos, y tenía 14 años cuando Néstor Kirchner accedió a la gobernación de Santa Cruz, donde se quedó durante 12 años. Máximo tenía 26 años cuando sus padres se instalaron en la residencia presidencial de Olivos. Una vida a la sombra del poder. Sus consejos, por lo tanto, nunca podrían compararse a los que daba la experiencia existencial de su padre.

Un trazo de ese nuevo matiz político podría descubrirse en la única decisión concreta que tomó la Presidenta desde que volvió del Sur, luego de sepultar a su esposo. No le gustó la decisión de Daniel Scioli de convocar a los intendentes bonaerenses en apoyo de ella misma. «Sé lo que son los momentos más difíciles y por eso debemos respaldar a la Presidenta», había dicho Scioli, condescendiente, en La Plata. «No es el momento más difícil, sino el más doloroso de mi vida», le replicó indirectamente Cristina Kirchner. El ministro del Interior, Florencio Randazzo, fue el operador presidencial que armó de argumentos a los intendentes más fieles; éstos le aclararon a Scioli que el jefe, o la jefa en este caso, seguía residiendo en Olivos y no en La Plata.

Dos cuestiones disgustaron a Cristina Kirchner. En primer lugar, la ruptura del método que tanto le costó crear a su esposo. Consistía en que los intendentes de la provincia de Buenos Aires, la nobleza decisiva del peronismo, deben reportar directamente al jefe político nacional del justicialismo y no al gobernador. Nunca debía repetirse la experiencia de Eduardo Duhalde durante la década del 90, cuando éste se convirtió en el dueño y señor de la monumental provincia argentina.

La otra cuestión es más personal. Esa convocatoria no la hizo un dirigente de la estricta y escasa confianza de la Presidenta. Cristina Kirchner tuvo siempre una relación distante, y muchas veces fría, con Scioli. No comparte sus orígenes, lejanos a la militancia política, ni el sesgo implícito de sus ideas, mucho más centrista que los de la jefa del Estado. El estilo dialogador y consensual de Scioli tampoco es el estilo de Cristina Kirchner. ¿Cómo, entonces, un gobernador bonaerense tan distinto de ella podía presentarse en sociedad como jefe de la más poderosa estructura política del país, aunque lo haya hecho para ponerla a su servicio?

Sin embargo, los acechos de la Presidenta no se esconden detrás de esos enredos de los dioses peronistas. Su mayor riesgo está entre los colaboradores que cuentan con su confianza. Si ya fue patético verlo al canciller de la Nación saltar cantando estribillos contra el vicepresidente de la República, el ministro de Economía no se quedó atrás en las últimas horas. Hay una especie de competencia sorda entre Timerman y Boudou por el trofeo al mejor desvarío. Ayer, Boudou sostuvo suelto de cuerpo que la inflación sólo afecta a la clase media alta. Es una perversión de la lógica económica: la inflación hace estragos sobre todo en los sectores más pobres de la sociedad.

El problema del ministro de Economía es más profundo que los dislates de su inteligencia. El último informe de la Cepal indica que la Argentina descendió en 2009 al sexto puesto en el ranking de los países latinoamericanos que recibieron inversión externa directa. Está después de Brasil, México, Chile, Colombia y Perú. Tuvo sólo el 18% de la inversión que recibió Brasil y apenas una tercera parte de la que se fue para México y Chile. Los datos del primer semestre de 2010, también inscriptos en el informe de la Cepal, son iguales o peores que los de 2009. La Argentina, la tercera economía de América latina, ya venía mal, pero en estas últimas mediciones perdió el quinto puesto, en poder ahora de Perú.

En su discurso del lunes, la Presidenta diferenció claramente su lugar de esposa doliente con el papel de jefa del Estado. Hizo bien. Por más que las encuestas de una sociedad solidaria la arropen ahora, los argentinos la terminarán evaluando como gobernante y no como mujer de un hombre prematuramente muerto. Ese es el legado manifiesto y fundamental que tiene en sus manos y del que nadie habló hasta ahora.

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