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Dominique Strauss-Kahn se ha declarado no culpable de las acusaciones de tratar de violar a una camarera de hotel y de forzarla a realizarle sexo oral.
Con un impecable traje oscuro que parecía hacer juego con la indumentaria también grave de su mujer, Anne Sinclair, y con la primera corbata que se le ve en público desde que estalló el escándalo, el ex director gerente del FMI ha comparecido muy brevemente -cuatro minutos en total- ante el tribunal penal de Nueva York.
Bastó para organizar un buen alboroto. Decenas de camareras de hoteles de lujo de Manhattan le recibieron con gritos que decían lo mismo en inglés y en español: «shame on you» y «sinvergüenza».
Estas camareras trabajan en establecimientos como el Pierre o el Hilton, que este lunes les dieron permiso para ausentarse y protagonizar su protesta.
Así lo había negociado su sindicato, que asimismo negocia la instalación en las habitaciones de hotel de botones de alarma que las empleadas puedan oprimir si se sienten amenazadas.
A la salida del tribunal Strauss-Kahn y su mujer, siempre flanqueados por dos enormes guardias de seguridad, tuvieron que atravesar de nuevo el pasillo de improperios y de gritos de «¡sinvergüenza!» antes de introducirse en el vehículo que los llevaría de vuelta al número 153 de la calle Franklin.
En circunstancias normales la distancia se puede recorrer andando, pero las circunstancias no eran en absoluto normales.
La jaula de oro del ex director gerente del FMI es más dorada que nunca desde que el pasado 31 de mayo una empresa de mudanzas trasladó varios enseres de la mansión de los Strauss-Kahn en Washington a la casa de Tribeca.
Vinieron muebles, alfombras y hasta obras de arte. Todo apunta que Strauss-Kahn tiene claro que le aguarda arresto domiciliario para rato.
Y es que si algo quedó meridianamente claro, es que no hay componenda posible entre las partes y habrá lucha. Ni el nuevo fiscal de Nueva York, Cyrus Vance -ansioso de hacer méritos- tendrá ninguna piedad de su primer acusado estrella, ni Strauss-Kahn admitirá ni remotamente que hubo violación.
Con lo cual habrá juicio, y saltarán chispas y previsiblemente mucha porquería. No es ningún secreto que la acusación y la defensa se están investigando entre sí a la caza de trapos sucios.
Esto es especialmente importante en un caso en que, a falta de pruebas concluyentes o de testigos, es la palabra de ella contra la de él.
Aunque la fiscalía insiste en que las evidencias contra Strauss-Kahn son abrumadoras y «crecen cada día que pasa».
Parte de esas evidencias podrían basarse en testimonios de mujeres que salgan ahora diciendo que ellas padecieron abusos parecidos en el pasado, pero no está muy claro que las leyes de Estados Unidos acepten este tipo de analogías, si carecen de soporte penal.
Por su parte Benjamin Brafman, el jefe del equipo de abogados de Strauss-Kahn, declaró a la salida del juzgado que se ven capaces de dejar claro que no hubo nada «forzado» en la actividad sexual entre el político y la camarera y que todo intento de sugerir lo contrario «simplemente no es creíble».
La defensa ha multiplicado sus insinuaciones sobre la falta de credibilidad de la supuesta víctima, pero por ahora no han dejado claro si piensan acusarla de tergiversar los hechos por vergüenza o por remordimiento -por ejemplo, porque hubiera consentido en tener sexo, pero luego se arrepintiera- o directamente de actuar con un móvil económico.
LA CAMARERA GUIENANA SIGUE EN LA SOMBRA
Tres semanas después de haber denunciado a Dominique Strauss-Kahn por agresión sexual, la presunta víctima se mantiene casi invisible, celosamente protegida por las autoridades norteamericanas y muy poco buscada por la prensa, que ha centrado toda su atención en el ex director del FMI.
La exposición mediática de los dos protagonistas de este sensacional caso no puede ser más contrastante: mientras uno de ellos ocupa desde el 14 de mayo las portadas de todos los tabloides neoyorquinos, la otra es un enigma, una mujer sin nombre o rostro reconocible.
Este lunes 6 de junio de 2011, una multitud de cámaras esperará al ex patrón del Fondo Monetario Internacional (FMI) cuando aparezca ante el Tribunal en lo Penal de Nueva York para responder a los cargos de intento de violación y agresión sexual que se le imputan.
En cambio, la presunta víctima permanecerá en las sombras, escondida de la prensa, aguardando quizás meses para testimoniar en el juicio.
Todo lo que las autoridades han divulgado hasta el momento de la mujer es que tiene 32 años, es oriunda de Africa Occidental y que trabajaba desde hacía tres años en el hotel Sofitel de Times Square donde tuvieron lugar los hechos.
La fiscalía ha impedido por ley que se dé a conocer su nombre. Algunos periodistas han descubierto su identidad, pero los medios de prensa más grandes del mundo -incluyendo la AFP- han respetado la tradición, con excepción de cierta prensa francesa que aplica reglas diferentes.
Y si bien los periodistas han visitado el edificio del apartamento de Harlem en el que vivía, e incluso familiares suyos en un remoto pueblo de Guinea, no se sabe casi nada de la vida privada de la empleada de hotel.
Según los juristas, la decisión de la mujer es comprensible.
«Es muy común que las mujeres que denuncian haber sido abusadas sexualmente no se expongan en público», afirmó en ese sentido el abogado Jay K. Goldberg, con experiencia en casos de violación
«No hay razón para que se muestren en público y no es requerida en audiencia hasta el proceso».
Según ciertos juristas, la fiscalía podría incluso estar ayudando a la mujer a esconderse. Un portavoz de la oficina del fiscal de Nueva York no quiso hacer comentarios al respecto.
De acuerdo con el abogado Toni Messina, los dos letrados de la empleada también estarían protegiéndola, tanto de la prensa como de los intentos de la defensa de Strauss-Kahn de entrevistarla antes del juicio.
«Es como un testigo protegido aunque no a ese nivel porque no está en peligro».
Por ahora, el mejor aliado de la mujer es la prensa norteamericana, que tiene códigos para proteger la identidad de las supuestas víctimas de violación.
Algunos medios extranjeros no tienen ese tipo de restricciones, pero los «paparazzi» admiten que la mujer ha vuelto la tarea tan difícl que no vale la pena.
«Es muy difícil y muy caro encontrarla. Podemos tener cientos de fotos de famosos en Nueva York que podemos vender en todo el mundo haciendo mucho dinero», aseguró un directivo de una agencia de fotos norteamericana que no quiso revelar su identidad.
Esta dinámica podría cambiar una vez que el caso se ponga en marcha. En algun momento el interés en la denunciante puede volverse más importante que el seguimiento del acusado.
«Creo que sus días de anonimato están más bien contados. No pasará mucho tiempo antes de que alguien o un grupo de personas saque alguna noticia sobre ella, con su nombre o no«, vaticinó de su lado el abogado Ron Kuby.
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