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El Navy SEAL que pegó tres tiros al jefe de Al Qaeda se siente abandonado por el Gobierno de EEUU

El héroe que mató a Osama Bin Laden está en el paro y sin seguro médico

Es uno d elos 23 comandos que entraron en la guarida del mayor terrorista de la historia y cumplieron a rajatable la misión

Periodista Digital 12 Feb 2013 - 22:59 CET
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Es uno los 23 hombres que la noche del 1 de mayo de 2011 volaron al interior de Pakistán para dar caza y captura al «más infame terrorista de nuestro tiempo«.

Se ignora su nombre porque los Navy SEAL —el elitista grupo de la armada encargado de operaciones especiales— viven bajo un grueso manto de secretismo. Por ley, sus identidades son anónimas para siempre.

Y por eso, el periodista Phil Bronstein, que ha estado hablando con él durante un año y publica en la revista ‘Esquire’. el reportaje, lo ha bautizado como «El Tirador».

Y así empieza Bronstein, exdirector del San Francisco Chronicle y actual presidente del Centro para el Periodismo de Investigación, su historia:

«El hombre que disparó y mató a Osama bin Laden se sentó en una silla de mimbre en el patio de mi casa, preguntándome cómo iba a alimentar a su esposa e hijo y cómo iba a pagar por su atención médica».

Eso es lo que ofreció el Ejército al valiente que descerrajo tres balazos al criminal d elas Toerres Gemelas, cuando el militar decidió dejar atrás 16 años de pertenencia a la Marina, compuestos por 12 despliegues en el exterior y más de 30 enemigos abatidos.

Como recoge Yolanda Monge en ‘El País’, en el relato se obtienen, sin embargo, nuevos detalles de aquella noche.

“Le disparé dos veces en la frente. ¡Bap, Bap! La segunda según estaba cayendo. Se encogió en el suelo frente a su cama y le disparé otra vez ¡Bap! En el mismo sitio”.

“Estaba muerto. No se movía. Tenía la lengua fuera. Le miré mientras daba sus últimos respiros, tan solo un suspiro reflejo”.

El Tirador dice entonces que mientras veía cómo agonizaba no sabía si aquello era lo mejor o lo peor que le había hecho en su vida.

“Esto es real y este es él”.

El fin de semana anterior a su despliegue para la misión, El Tirador se compró unas caras gafas de sol (350 dólares) y asegura que se sintió culpable porque compró regalos para sus hijos —de quien se despidió pensando que no los volvería a ver— mucho menos caros.

“Pero pensó que lo mejor era morir con estilo”, apunta Bronstein.

Bronstein expone en su reportaje que un hombre que tiene el cuerpo lleno de cicatrices por haber servido a su país, que sufre de artritis, tendinitis y tiene las vértebras dislocadas debería recibir algo a cambio, más que una oferta para repartir cerveza.

“Nadie que lucha por este país debería de tener que luchar por un trabajo”, dijo Barack Obama en su pasado discurso del Día de los Veteranos:

“No tendría que luchar por tener un techo sobre su cabeza o los cuidados que se han ganado al volver a casa”.

En opinión del director del Centro para el Periodismo de Investigación no es un problema de fondos.

“El Gobierno de Estados Unidos puso precio a la cabeza de Bin Laden y ofreció 25 millones de dólares que nadie ha cobrado”.

Los políticos son así; llevan el cromosoma de la ingratitud en sus genes.

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