A José María Nacenta, a quien, asimismo, considero “amigo” mío (“de siempre” es la coletilla con la que suele acompañar el término), la persona que, por delegación del sacerdote, le trajo varias veces la Comunión a mi señero y señor padre a casa cuando éste, piadosamente, vivía las postreras jornadas de su existencia, porque acabo de tropezarme con él en la calle y me ha dado la buena nueva de que hoy cumple años (ergo, dilecto Josemari, ¡muchas felicidades!).
Hoy, sábado, primero de abril de 2006, haciendo buen uso, el acertado, apropiado, correcto, pintiparado y proporcionado, de las tres potencias del alma, he logrado retrotraerme en el tiempo hasta regresar a la etapa de mi vida que reputo mi apodíctico, inconcuso e intransferible Paraíso en la tierra, el período de mi dichosa niñez, expedita de obstáculos insalvables y problemas insolubles.
Parafraseando a Blaise Pascal, uno de los maestros incontrovertibles del menda lerenda, quien trenza estos renglones (espero, amable, atento, dilecto, discreto y selecto lector, que, cuando usted termine de pasar su vista por este escrito, alguno quede derecho), la grandeza de un hombre, ser pequeño donde los haya (por la escueta razón de que su naturaleza es frágil, quebradiza), consiste en avenirse a reconocer en pública confesión en voz alta (o con la ayuda de un altavoz, portavoz o vocero que no cocee, quiero decir, que no se defienda a coces) su propia insignificancia, la de una lasca perdida en un pedregal (por huir de la clásica y manida aguja extraviada en un pajar), la de una gota de agua arrumbada en medio de un océano.
He reparado en que, si no he escrito una sola línea a propósito de mi infancia, acaso sea por lo mucho que atinó Jorge Luis Borges, otro maestro reconocible del que firma y rubrica abajo, cuando vino a hilar aquello de que “la felicidad no necesita ser transmutada, pero la desventura sí”. Admito que hoy, rememorando dichos y hechos pretéritos, he vuelto a sentir otra vez esa extraña (por extraordinaria) sensación pura, neta, de la auténtica felicidad.
Como refuerzo, autoridad y apoyo a lo urdido o tramado, “Otramotro” ha acudido a uno de los últimos escritores galardonados con el prestigioso Premio Nobel de Literatura (en 2002), el novelista húngaro Imre Kertész, quien, solícito, me ha prestado, gustoso, su argumento definitivo (por irrefutable): “Pese a la reflexión, la razón, el discernimiento y el sentido común, no podía ignorar la voz de una especie de deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, avergonzada de ser tan insensata y sin embargo tan obstinada: yo quería vivir un poco más todavía en aquel bonito campo de concentración.”
Ángel Sáez García
angelsaezgarcia@yahoo.com
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