“Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano”.
Johann Christoph Friedrich Schiller
Ignoro si a usted, amable, atento, dilecto, discreto y selecto lector de estos renglones torcidos, le ocurre lo propio o tres cuartas partes de lo que le pasa al menda lerenda, “Otramotro”, que, cada vez que está leyendo alguna urdidura o “urdiblanda” de su amigo del alma Emilo González, “Metomentodo”, y levanta la vista (siempre que estima que va a merecer la pena y/o considera que va a ser interesante y no una pérdida de tiempo) del papel para rumiar parte de lo leído, tiene la sensación renuente de columbrar en el horizonte un retrato fidelísimo de su amigo íntimo, como si las líneas que lo conforman (y confirman su autoría) tuvieran la rara capacidad, facultad o habilidad de o para poder salir ad líbitum de las letras de la página en la que el lector ha posado sus ojos con la augusta vocación y el propósito inconcuso de proyectarse sobre la pizarra azul del cielo.
Acabo de divisar allí, en lontananza, un varón de cuarentaitantos tacos que sonríe, zumbonamente tal vez, porque propugna y pugna de nuevo contra la refractaria mentecatez, esa pre(be)nda tan humana.
Quizá todo lo que precede deba, esté íntimamente relacionado o tenga que ver más de la cuenta con el epílogo de “El hacedor”, de Jorge Luis Borges: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.
Ángel Sáez García
angelsaezgarcia@yahoo.es
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