(ANDANDO CON OTRO NOMBRE POR LAS LENGUAS DE LAS GENTES)
“La autoridad sin sabiduría es como un pesado cincel sin filo: sólo sirve para abollar, no para esculpir”.
Anne Dudley Bradstreet
Encuentro meramente imposible sacar a colación de estos pocos renglones torcidos los nombres de todas las personas que han contribuido, de una u otra forma, a que el menda lerenda, “Otramotro”, fuera un hecho hodierno, una realidad literaria diaria; personas a las que hoy me apetece un montón rendirles el homenaje que se merecen, testimoniarles mi admiración proba y darles muestras bastantes de mi gratitud inconcusa y respeto venerando. Permítaseme que las aglutine, concentre o resuma en torno a los genios y las figuras de dos de mis maestros más dilectos, uno, tratado durante tres años/cursos, don Jesús Arteaga Romero, navarro, como el andoba o andóbal que firma abajo, y otro, al que sólo he tenido la oportunidad de poder rozar con las yemas de mis dedos a través de sus prolongaciones o renuevos literarios y que hace poco más o menos dos años del hecho, felizmente, obtuvo (se había hecho digno acreedor al máximo galardón de las Letras españolas) el prestigioso premio Cervantes, don Rafael Sánchez Ferlosio, romano (ergo, eviterno), quien me ganó definitivamente como relector suyo con una obrita estupenda, “Pecios”, que a muchos náufragos y fracasados puede parecerles la repanocha, el colmo de los colmos. Y es que, como escribiera don Rafael, “las mismas cosas tienen, en distintos días, distintos modos de acontecer y lo que ocurrió bajo la lluvia (de premios y enhorabuenas) sólo bajo la lluvia (de lágrimas y milagros –porque, otrosí, dentro de un par de semanas, si no marro, usted, ¡muchas felicidades!, cumplirá 79 tacos-) puede ser contado”.
Cuánta razón le asistía a Baltasar Gracián cuando hiló aquello de que “no hay desierto como vivir sin amigos. La amistad multiplica los bienes y reparte los males” y, asimismo, cuánta (tanta, que le sobraba por todos los costados) a Jacques Deval cuando vino a reconocer, siguiendo o sin seguir al maestro, que “una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena”.
Ángel Sáez García
angelsaezgarcia@yahoo.es
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