¡VIVA LA HIPOCRESÍA! ¡MUERA EL DECORO!
“Para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”.
René Descartes
Hace ya un cuatrienio largo escribí y me publicaron el texto que titulé “Libertad de expresión”. Lo firmé con uno de mis heterónimos, “Blas Pascual” (con el que pretendía hacer, si no un homenaje, palabra mayor, al menos, un guiño a Luis y Jesús Miguel –dos amigos riojanos, ex compañeros de piso y Facultad en Zaragoza- en las personas de sus padres –pues tomé el nombre del progenitor del primero y le añadí el primer apellido del segundo-, y una seña a los “Pensamientos” dilectos de Blaise Pascal); y, si la memoria no me juega ahora una mala pasada, diría y hasta certificaría que arrancaba de esta guisa: “O se está con la libertad de expresión o no se está. Aquí huelgan las medias tintas, esa entelequia que muchos llaman “centro”. Aquí no valen ni las precauciones ni los recelos, ni las mediocridades ni los remiendos, ni los ambages ni los atajos. Si se está, hay que estar con ella completamente, sin poner cortapisas ni hacer excepciones, con todos los antecedentes y todas las consecuencias, sean aquéllos más o menos remotos o inmediatos y éstas más o menos duras o tiernas”.
En alguno de mis dietarios, dietas de verdad, fundidas y/o entreveradas con diarios de mentira o ficción, tengo escrito que, si la felicidad existe, acaso sea hija de la coherencia, es decir, consista en algo tan sencillo, pero, a la vez, tan complicado de ajustar, hermanar o fundir como esto, saber machihembrar lo que se piensa con lo que dice y calla, y hacer coincidir lo “blablado” con lo obrado y cobrado.
Bueno, basta de digresiones; y vayamos a lo que vamos, el grano o meollo de la cuestión, porque sospechamos que nuestro comportamiento dilatorio no está haciendo ninguna gracia, es más, creo que estamos agraviando gravemente a uno de nuestros maestros irrenunciables, predilectos, Baltasar Gracián.
A cierto editorialista, determinado director y un articulista hebdomadario, previsible, de cierto diario de ecos cuya cabecera silenciamos para no hacerle más publicidad de balde de la que ya le hemos hecho, les gusta colmar el depósito y aun el estilo de sus péndolas con mucha (¿tanta?, tanta) tinta tonta, refractaria a la censura, y llenarse la boca con la libertad de expresión, reclamándola en todo momento y lugar para sí y los suyos, los de su misma calaña o cuerda, pero practicando lo contrario de lo predicado (ergo, ejerciendo el cinismo), o sea, negándosela a los demás, los otros (nosotros), dejando al descubierto sus vergüenzas, así como la idea catafórica, que tomaron prestada indirectamente de Jean-Paul Sartre, pues dudamos (mas la nuestra no es una hesitación metodológica) bastante que alguno de los tres haya leído, tenga pensado o baraje la posibilidad de leer algún día “A puerta cerrada” (1944), obra en la que se puede subrayar la perla anafórica de que “no hay necesidad de fuego; el infierno son los otros”.
Si acudimos al refranero español buscando autoridad, a las urdiduras (o “urdiblandas”) que criticamos les conciernen o vienen pintiparados, como alianzas a sendos anulares, sin controversia posible, estos dos paremias: “Del dicho al hecho hay un (gran) trecho” y “Consejos vendo y para mí no tengo” (pues, como nos recuerda Cervantes, perito en cohesión y libertad literarias, “el refrán que no viene a propósito, antes es disparate que sentencia”), que no son más que dos facetas diferentes de un mismo poliedro, la realidad.
Ángel Sáez García
otramotro@tudela.com
Home