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Canetti, soberbio literato, sí, desde luego; pero, asimismo, literato soberbio

Ángel Sáez García 12 Abr 2007 - 10:53 CET
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CANETTI, SOBERBIO LITERATO, SÍ, DESDE LUEGO; PERO, ASIMISMO, LITERATO SOBERBIO

A mi dilecta prima Pili, porque hoy, jueves, 12 de abril de 2007, cumple años. Ergo, querida, como es mi propósito que no te falten, ahí van mis ¡muchas felicidades!

“Si conociéramos a los demás como nos conocemos a nosotros mismos, sus acciones más reprobables nos parecerían dignas de indulgencia”.

André Maurois

Hace poco más o menos dos años, por estas mismas fechas, irrumpieron con fuerza en los escaparates de casi todas las librerías de esta piel de toro (puesta a secar al sol, que ahora otra vez vuelve a calentar lo suyo) que, pese a las desdichas predichas por mil y un agoreros, nadie ha dejado de llamar por su nombre, España, ejemplares de “Fiesta bajo las bombas”, obra póstuma que ha metamorfoseado a su autor, el escritor búlgaro Elias Canetti (1905-1994), entusiasta continuador y hasta apologista del legado sefardí, heredado de sus mayores, Premio Nobel de Literatura en 1981, soberbio literato, en literato soberbio, o sea, en una persona normal, como usted, desocupado lector, y/o como servidor (ya sabe, para unos E. S. O., un andoba de Cornago, para otros Otramotro), que disfrutamos o padecemos las mismas o parecidas grandezas y miserias que gozan y soportan nuestros congéneres, arrebatos de amor/ardor, displicencia/tibieza y/u odio/frialdad, como todo quisque, como cualquier hijo de vecino. Y es que a Canetti, en tanto en cuanto el ente de carne y hueso que era, nada de lo humano le fue ajeno.

Ya iba siendo hora de que otro hacedor insigne, de prestigio, contribuyera a barrer y expulsar de los cuartos oscuros de ciertos pesquis el prejuicio refractario y bobalicón, según el cual, todo excelente escritor es una bellísima y estupenda persona; y aún (aña)diría más, cojonuda; pues, para alguno/a, raya con lo sacrosanto y hasta arcangélico.

Servidor sostiene la tesis de que detrás de todo escritor, sin excepción conocida, como también ocurre, mutatis mutandis, al parecer, con y entre quienes usan mitra, hay dos ínfulas (en este caso, figuradas), quiero decir que en la altanera cerviz de los tales se oculta, agazapado, como prolongación o apéndice de cada quien, un ser vanidoso, cuya presunción vive uno de los diversos grados o estadios existentes que hay entre los dos extremos que todo el mundo coincide en reconocerle a la misma, el de su asilvestramiento y el de su domesticidad. He reconocido públicamente en varias urdiduras (o “urdiblandas”) y diversas ocasiones que, si bien la humildad neta, pura, no se halla entre mis pocas virtudes, la falsa modestia tampoco se encuentra (salvo como pose, sin ningún peso ni poso) entre mis plurales defectos.

Ahora bien, parafraseando a otro Premio Nobel, Rabindranath Tagore (“el que se ocupa demasiado en hacer el bien no tiene tiempo de ser bueno”), cabría trenzar aquí lo siguiente, que quien se ocupa y preocupa en hacer lo mejor posible sus tareas o trabajos, las/os que sean, no dispone de mucho tiempo libre para ser absolutamente bueno (tal vez convenga agregar o complementar que tampoco para ser rematadamente malo).

Ángel Sáez García
otramotro@tudela.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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