El ex mandatario, conocido tanto por sus logros en la lucha contra el terrorismo y la inflación como por los oscuros episodios de corrupción y violaciones a los derechos humanos, ahora busca una cuarta candidatura presidencial, lo que para muchos es una afrenta a la justicia y la democracia.
Es difícil no sentir una mezcla de indignación y desconcierto ante la noticia. Fujimori fue condenado en 2009 por su responsabilidad en el asesinato de 25 personas durante su mandato en 1992, una mancha imborrable en su historial. Además, enfrenta otras tres sentencias por corrupción y adeuda al Tesoro peruano una cifra cercana a los 15 millones de dólares.
¿Cómo puede ser que alguien con semejante prontuario se postule nuevamente para la presidencia?
La respuesta a esta pregunta no es simple y refleja las complejidades del sistema político peruano y, en particular, la influencia persistente del fujimorismo. Keiko Fujimori, su hija y líder del partido Fuerza Popular, anunció en redes sociales que su padre será el candidato presidencial en 2026. Sin embargo, la ley peruana prohíbe claramente que una persona condenada por corrupción pueda postularse a cargos públicos. ¿Se trata entonces de un desafío directo al estado de derecho?
Fujimori tras el autogolpe de Estado del 5 de abril de 1992
El indulto otorgado a Fujimori en diciembre de 2023 por la presidenta Dina Boluarte, que revivió un controvertido perdón de 2017, solo añade más leña al fuego. Este acto no solo permitió su liberación, sino que también ha sido interpretado por muchos como un intento de reescribir su historia y rehabilitar su imagen pública. Fujimori, de 85 años, ha utilizado las redes sociales para relanzarse políticamente, subrayando su rol como «líder fundador del fujimorismo».
No podemos ignorar la ironía y el descaro en este intento de retorno. Fujimori fue extraditado de Chile en 2007, encarcelado y liberado bajo un manto de legalidad cuestionable. Su historia política está plagada de controversias, desde el autogolpe de 1992 hasta las acusaciones de fraude en su tercer mandato. La reciente revelación de que ha sido diagnosticado con un tumor maligno y su operación de cadera solo añaden una capa de drama humano a una saga ya de por sí telenovelesca.
El papel de Keiko Fujimori en este escenario también merece atención. Con tres intentos fallidos de llegar a la presidencia y enfrentando un juicio por lavado de activos que podría llevarla a prisión por 30 años, su apuesta por su padre parece una estrategia desesperada para mantener el control del partido y asegurar su legado político. Sin embargo, esta decisión puede resultar en un tiro por la culata, exacerbando las divisiones y profundizando el desencanto popular con la clase política.
En un país donde la corrupción ha dejado cicatrices profundas y donde las heridas de la guerra interna aún no han sanado del todo, la candidatura de Alberto Fujimori es una bofetada a la memoria histórica y a los esfuerzos por construir una democracia sólida. La sociedad peruana se enfrenta a una encrucijada: permitir que los fantasmas del pasado sigan dictando su futuro o tomar una postura firme en defensa de la justicia y la integridad.
El futuro de Perú depende de que sus ciudadanos y sus instituciones se mantengan vigilantes y firmes ante cualquier intento de minar los principios democráticos y el estado de derecho. La historia de Fujimori es una lección de los peligros de la concentración de poder y la impunidad. Ignorar estas lecciones sería un error imperdonable.
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