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Donald Trump, fiel a su estilo provocador, calificó la administración del canal por parte de Panamá como una «completa estafa» y acusó al país centroamericano de cobrar tarifas «ridículas» a los barcos estadounidenses. Más allá de los adjetivos y las acusaciones, esta retórica representa un preocupante eco de una era imperialista que el mundo creía superada.
El presidente de Panamá, José Raúl Mulino, respondió con la firmeza y claridad que exige un momento histórico como este: “Cada metro cuadrado del Canal de Panamá y su zona adyacente es de Panamá, y lo seguirá siendo”. En un comunicado que resuena con el orgullo y la unidad nacional, Mulino dejó claro que la soberanía panameña no está en negociación.
El Canal de Panamá no es solo una infraestructura logística; es un símbolo de la autodeterminación panameña. Tras décadas de lucha, el traspaso definitivo en 1999 marcó un hito que trascendió fronteras, inspirando a muchas otras naciones que buscan reafirmar su independencia. Intentar revertir esta conquista es un atentado no solo contra Panamá, sino contra el derecho internacional y los principios de soberanía.
Lo que también resulta alarmante es el contexto en el que se produce esta amenaza. Durante un evento de corte populista en Arizona, Trump no solo arremetió contra Panamá, sino también contra sus vecinos más cercanos, México y Canadá, a quienes acusó de abusos comerciales y migratorios. Estas posturas, más propias de un lenguaje de confrontación que de una estrategia diplomática, auguran tensiones regionales que podrían tener consecuencias impredecibles.
Pero volvamos al Canal. La amenaza de «recuperarlo» es tan absurda como peligrosa. Estados Unidos y Panamá firmaron en 1977 los Tratados Torrijos-Carter, que establecieron una transición ordenada y pactada hacia el control total por parte de Panamá. Este acuerdo no solo respetó la soberanía panameña, sino que también fortalecó las relaciones bilaterales. Trump, al cuestionar la legitimidad de este proceso, mina décadas de diplomacia y estabilidad internacional.
Es vital que la comunidad internacional observe con atención y rechace cualquier intento de retroceder hacia políticas neocoloniales. Los panameños han demostrado una y otra vez que no están dispuestos a ceder ni un centímetro de su soberanía.
En un mundo que enfrenta retos globales urgentes como el cambio climático, las crisis humanitarias y la desigualdad económica, la última cosa que necesitamos es una nueva era de conflictos por territorio. Que este episodio sirva como recordatorio de la importancia de defender los logros alcanzados y de no permitir que la historia retroceda por caprichos políticos.
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