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PERIODISMO Y PERIODISTAS

El espejo y la foto

Alfonso Rojo 10 May 2009 - 17:50 CET
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Hay diversas teorías. Una, muy extendida, sostiene que el primer aviso llega cuando las niñas que salen de los colegios te llaman «señor» al preguntarte la hora.

Otro signo inequívoco de que te estás haciendo mayor es que los soldados te parezcan críos. Todavía más preocupante es que vayas a la consulta del dentista y le sueltes al de la bata que avise a su padre, sin caer en la cuenta de que es el doctor y vas a estar inerme y en sus manos en breves instantes.

En cualquier caso, la fórmula infalible me la dio Mario Conde hace un par de días. Sostiene Mario que el contraste no lo da el espejo, sino la foto. Casi todos tenemos un alto concepto de nosotros mismos y como no aceptamos vernos feos, estropeados o cascados, aprobamos la imagen que nos devuelve el espejo durante el afeitado.

Donde no hay trampa posible es con un retrato, al comparar lo que éramos y lo que somos.

Estuve ayer en Segovia, hablando de periodismo en un congreso organizado al alimón por la IE School of Communication y la Academia de Artillería y al terminar, después de desgranar durante una hora anécdotas, batallas y experiencias como reportero de guerra, se me acercó un cadete y me preguntó si no echaba en falta esa apasionante forma de vida.

Le dije que no y fui sincero. No se cuando se dan de verdad cuenta los políticos, los empresarios, los toreros o los deportistas de que ha llegado el momento de cerrar una etapa y pasar a otra cosa, pero yo lo supe con exactitud.

Fue en Bagdad, después de más de 30 años de apasionada profesión, el día que me importó más llegar pronto al hotel para ver si pillaba abierta la piscina, que seguir en la calles indagando detalles de un secuestro en un polvoriento barrio, tristemente célebre porque allí decapitaban con frecuencia a rehenes occidentales.

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