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No es la Agenda 2030´, en sí misma, la que ha desatado una reacción de repulsa, porque en su redacción, llena de aparentes buenas intenciones, no se puede desear un fin más idílico; lo cual no es óbice para que la Agenda de colorines quede en un buenista e ingenuo brindis al Sol, difícilmente sostenible.
Y es que la perversión no estriba en el qué, sino en el cómo. Es como si para quitarle el hipo a una persona, le cortamos la cabeza. Muerto el perro se acabó la rabia.
Y es que no es decente, de hecho es obsceno, utilizar torticeramente un fin bucólico como excusa para cometer todo tipo de tropelías en aras a un manido y ´chicloso´ bien común, maleable ´a la carta´.
Si alguien nos pregunta si nos gustaría ser felices, lo prudente es preguntar ¿a cambio de qué?, y ello, amén de que la felicidad es un estado personal y subjetivo, imposible de colectivizar, salvo, lobotomías generalizadas a parte, en esos campos de reeducación de díscolos, a los que tradicionalmente han sido tan aficionados los autócratas zurdos de la ´chanclaesfera´.
La perversión estriba en que la puta agenda, tal como se está instrumentalizando, se ha convertido en un cheque en blanco a unas élites de moral dudosa, que ornamentado de capirote y mandil, por degenerados, no los admitirían ni en el baile de los vampiros.
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