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El Gobierno de Sánchez, y en especial el Ministerio de Transportes, va como pollo sin cabeza.
El grado de incompetencia del Ejecutivo es de escándalo.
Tras años de enchufes y de disminuir la inversión en el mantenimiento de las vías —aunque la cifra total aumenta, el porcentaje disminuye cuando se tienen en cuenta la inflación, el crecimiento de la infraestructura y el uso de esta—, suceden desgracias como la de Adamuz.
Independientemente de la causa del accidente, lo cierto es que el desgaste de las vías ferroviarias es evidente. Y ese desgaste afecta a los trenes, aumentando las probabilidades de incidencias debido al daño que genera en los vehículos.
Tanto es así que Adif ha rectificado y vuelve a limitar la velocidad máxima a 150 km/h en diversos tramos de distintas líneas, escuchando ahora sí las peticiones de los maquinistas, que llevaban meses solicitando la medida.
Todo lo relativo a esta tragedia es preocupante, tanto si la causa definitiva es el estado de la vía —que había sido renovada meses antes— como si es culpa del tren de Iryo, que había sido revisado pocos días antes del accidente.
Pero incrementa aún más la preocupación el hecho de que en el centro de control de Atocha no tenían ni idea de que el tren de Iryo había descarrilado ni de que el Alvia había embestido y salido de las vías.
Pasaron varios minutos entre la primera llamada del maquinista de Iryo, en la que afirma que cree haber tenido un «enganchón», y la segunda, en la que reporta un descarrilamiento en los vagones traseros, con invasión del gálibo de la vía contigua, y en la que pide parar el tránsito ferroviario de forma inmediata y solicita la intervención de médicos y bomberos por un incendio en el vehículo.
Para completar el cuadro, el audio de la llamada de la interventora del Alvia siniestrado con Adif, en la que esta afirma que tiene sangre en la cabeza y la respuesta es insistir en preguntar «cómo ha quedado el material», sin interesarse por lo ocurrido ni por la magnitud de la tragedia, es esperpéntica.
Pese a que quienes han politizado la lluvia, el fuego y los virus, y sostienen que los accidentes ferroviarios no son evitables, lo cierto es que en estos siete años —como señala Cayetana Álvarez de Toledo— el Gobierno de Sánchez ha convertido el Ministerio de Transportes «primero, en un cortijo de mordidas, amaños y corrupción; y, después, en un instrumento de insulto, señalamiento y polarización».
«Enchufaron a Koldo en Renfe y a prostitutas en Adif. Se jactaron de que el ferrocarril vivía “el mejor momento de su historia”. Despreciaron los avisos técnicos sobre la degradación de las vías. Anunciaron trenes a 350 km/h y ahora reculan y bajan la velocidad a 150 km/h».
Reducir ahora la velocidad máxima en diversos tramos es un reconocimiento implícito de que las vías no están en un buen estado. Y si no lo están, es por la negligencia del Ministerio de Transportes durante años.
Por esto, nos preguntamos ¿En manos de qué facinerosos estamos?
Alfonso Rojo discute este y otros asuntos de actualidad este jueves, 22 de enero, junto al presidente de Iustitia Europa, Luis María Pardo.
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