¿Qué diferencia hay entre ver al príncipe Enrique de Inglaterra en pelota picada -eso sí: tapándose su hombría con las manos y con una estrellita estratégicamente situada en la foto para ocultar el ano principesco- y ver los pezones al aire de su cuñada Kate?
¿Por qué la publicación de las primeras fotos provocó mucho alboroto en las islas Británicas, pero poco más, y las segundas han hecho que la familia real pida el amparo de la Justicia francesa?
Quién se plantea los interrogantes, en un artículo tan delicioso como ilustrativo para cualquiera que sea periodista, quiera ser periodista o esté interesado en todo lo relacionado con el Periodismo, es Walter Oppenheimer y lo hace en ‘El País’.
Y él mismo se da la respuesta:
«Diferencias hay pocas, y muchas, según cómo se mire. Los dos han cometido el mismo pecado de ingenuidad. Él, al ponerse a tiro de móvil en una fiesta más bien asilvestrada en la que no todos los participantes eran de fiar. Ella, al ponerse a tiro de teleobjetivo en una terraza que estaba lo bastante lejos del ojo humano común, pero lo bastante cerca del ojo profesional del periodismo. Los dos tenían todo el derecho del mundo a hacer lo que hicieron, pero los dos se habrían evitado un disgusto si lo hubieran hecho de otra forma».
Y a partir de ahí, Oppenheimer comienza a enumerar, con precisión de cirujano, todos esos detalles -relevantes y marginales-que tienen relavancia en este asunto y ayudan a entender la cínica actitud de los abrasivos tabloides británicos:
- Enrique es un hombre y Catalina, una mujer.
- Las fotos de él fueron tomadas en Las Vegas y las de ella, en la Provenza francesa.
- Catalina algún día será reina y Enrique no será rey, salvo inesperados contratiempos.
- El marido de Kate, el príncipe Guillermo, segundo en la línea de sucesión al trono británico, puede temer que esta violación de la intimidad de la pareja acabara llevando a su mujer por el calvario de acoso mediático que padeció su propia madre, la princesa Diana de Gales.
- Para los Windsor no es lo mismo defender el derecho del príncipe Enrique a celebrar orgías privadas en una suite de Las Vegas que defender el derecho de Catalina a sacarse el sujetador mientras toma el sol creyéndose a salvo de miradas ajenas en un castillo provenzal del vizconde Linley, sobrino de la reina Isabel II.
NOTA.- Pinchar para leer completo el reportaje en ‘El País’
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