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En La Razón del 17 de enero de 2013, César Vidal relata una conversación que mantuvo con uno de los afectados por el ERE en Telemadrid. El artículo se titula ¡Gracias, compañeros!
Me lo cuenta un trabajador de Telemadrid a la vez que realiza esfuerzos para no romper a llorar. «Es que le doy vueltas y no me lo puedo creer», me dice destrozado. «La dirección estaba dispuesta a darnos 34 días por año trabajado a los 850 trabajadores que hemos ido a la calle esta semana». «No está mal para los tiempos que corren…», apunto. «No. Nada mal, pero los de los sindicatos, como siempre, iban a lo suyo. Sólo querían mantener sus privilegios y sus trinques y sus enchufes y así la negociación se fue a hacer gárgaras. ¡Si únicamente hacían el bestia sin respetar los servicios mínimos!
Vidal relata más lamentos del trabajador contra los sindicatos, y además cuenta que trató de consolarlo diciéndole que al menos hay menos despidos. Su respuesta, dice que fue:
«¿Menos? ¡Todo lo contrario! Por culpa de esos mostrencos, hay cerca de cuatrocientas personas que van a la calle y que podrían haber conservado el empleo». Guardo silencio. El dato resulta escalofriante. «Y no acaba ahí todo», sigue, «es que además la empresa iba a recolocar a unos ciento cincuenta trabajadores en otros puestos de la Comunidad de Madrid y varias decenas se habrían prejubilado en unas condiciones extraordinarias». «¿Tampoco eso se ha podido salvar?», indago. «Pero ¿cómo se va a salvar si los sindicatos han hundido la empresa con los paros salvajes? La boca se les llenaba de televisión pública. ¡Pues ellos la han destruido!».
Termina:
«Los jefes de los sindicatos y los periodistas más sectarios y la gente como ellos han conservado su puesto. A la calle hemos ido los que siempre pagamos el pato de los enjuagues sindicales, los que sólo queremos trabajar y que no nos usen como tienen por costumbre… Mira es que le doy vueltas y… y me faltan las palabras para decir lo que pienso». Me callo. Es obvio que, tras este desastre que empuja a centenares a la miseria, quizá lo único que no se pueda decir jamás a los sindicatos es «¡Gracias, compañeros!».
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