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LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Luis Ventoso, a palos contra Pedro Sánchez: «Es mediocre, egoísta y obcecado»

"El secretario general del PSOE no es más que la perversión zapaterista llevada al extremo"

Juan Velarde 21 Ene 2016 - 06:57 CET
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Festival de palos para el PSOE y, más concretamente, para su secretario general, Pedro Sánchez este 21 de enero de 2016 en la tribuna de opinión de la prensa de papel. El acuerdo que el líder socialista tiene alcanzado con Podemos, amén de nacionalistas y separatistas vascos y catalanes, no sólo le va a salir caro a él, sino también al conjunto de la población española.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso, que pone en valor el gesto que tuvo en su momento Felipe González cuando, quedándose sólo a 15 escaños y 300.000 votos de José María Aznar, jamás tuvo la osadía de montar una coalición contra el PP y arrebatarle así el poder para que el PSOE siguiera gobernando:

En 1996, González perdió frente a Aznar por solo 290.328 votos y se quedó a 15 escaños. En diciembre, Sánchez perdió contra Rajoy por 1,7 millones de votos y se quedó a 33 escaños. Por supuesto a González, hoy un errático hombre de Estado intermitente, no se le ocurrió intentar una coalición alternativa, sino que reconoció la legitimidad de Aznar, pese al repelús mutuo. González no hacía más que observar una norma democrática no escrita: La Moncloa era para el candidato más votado.

La democracia española en 1996 no olía a agua de colonia. Había tanta mugre como ahora: el jefe de la Guardia Civil forrado y a la fuga; el PSOE pringado en la financiación ilegal con Filesa y el caso Seat; el presidente socialista de Navarra acabó en la cárcel; el gobernador del Banco de España, también; mordidas en las comisiones del AVE, se chorizaba hasta en el papel del BOE. Tampoco era trigo limpio la oposición (caso Naseiro). Y lo peor: hubo terrorismo de Estado. Además González, como todos sus predecesores y sucesores (excepto Rajoy), había hecho concesiones a los nacionalistas, que facilitaron la insumisión actual.

Recuerda que:

Pero en aquel patio de Monipodio había cosas que funcionaban, columnas de la Transición que aportaban certidumbre. El separatismo era inasumible, ni siquiera Pujol se atrevía a insinuarlo, y PSOE y PP pagaban con sangre y heroísmo su defensa de España frente al terrorismo independentista. Los rencores de la Guerra Civil se habían enterrado en un pacto de olvido. La figura del Jefe de Estado imponía respeto y era un árbitro casi intocable. González había limpiado al PSOE de toda veleidad marxista y no quería saber nada con los comunistas. Su PSOE era un partido «nacionalista español», como bien acertó a definirlo «The New York Times». La televisión era tendenciosa, pero no habían aparecido las cadenas comerciales de combate ideológico.

Zapatero (y Rubalcaba) demuelen ese delicado edificio. Rompen la lealtad mutua contra el terrorismo, al utilizar el dolor del más terrible atentado como munición electoral. Reabren las heridas de la Guerra Civil, incluso con una ley. Declaran al PP un partido ilegítimo -franquista- e intentan acordonarlo. Se abre el pimpampum contra el Rey Juan Carlos. Gobiernan en Galicia y Cataluña con los separatistas y su pusilanimidad sobre la unidad de España opera como un oleoducto de Red Bull que da alas a los sediciosos catalanes.

Y sentencia a Pedro Sánchez:

Mediocre, egoísta y obcecado, Sánchez no es más que la perversión zapaterista llevada al extremo. Burla el principio de dejar La Moncloa a quien ganó. Odia al PP y a sus electores, con una inquina intolerante de asomos casi patológicos. Se servirá para gobernar de quienes mantienen una sublevación contra España y se coaligará con un partido marxista y utópico, apadrinado por dos dictaduras. Todo tras firmar el mayor descalabro electoral del PSOE. Su Gobierno sería (será) legal; pero ilegítimo, porque suplanta la preferencia mayoritaria de los españoles, que son las posiciones de centro-derecha y centro-izquierda respetuosas con el orden constitucional. Sánchez e Iglesias estigmatizan y desprecian a quienes no piensan como ellos. Peligrosísima herida. La simiente de una gangrena social.

Por su parte, Jaime González le recuerda al presidente del Congreso, Patxi López, por qué PP y Ciudadanos se han opuesto, y con razón, a que ERC, IU y Bildu formen grupo en la Cámara Baja:

Patxi López está sorprendido por el hecho de que PP y Ciudadanos se hayan puesto de acuerdo para impedir que ERC, IU y Bildu formen grupo en el Congreso. Resulta asombroso el asombro de López, aunque cada cual se asombra como quiere. Dice la tercera autoridad del Estado que los servicios jurídicos del Congreso no habían puesto inconveniente, pero eso es porque se han acostumbrado a aceptar pulpo como animal de compañía. Que el listón de los servicios jurídicos está por los suelos es una evidencia que no pone en cuestión su valía e integridad profesional, sino su asombrosa capacidad para adaptarse a los tejemanejes parlamentarios.

Asegura que:

Me ofrezco muy gustosamente a sacarle a Patxi López de su asombro y a explicarle en unas líneas las razones por las que IU y Bildu le pidieron a ERC que les alquilara su vientre. Según el artículo 175.3 de la Ley de Régimen Electoral, «se abonarán 0,18 euros por elector en cada una de la circunscripciones en las que haya presentado lista al Congreso de los Diputados y al Senado, siempre que la candidatura de referencia hubiera obtenido el número de diputados o senadores o de votos precisos para constituir un grupo parlamentario en una u otra Cámara». IU obtuvo 923.105 votos y dos diputados, de manera que no le daba para tener grupo propio. Solución: casarse un ratito con ERC para llevarse 165.000 euros en subvenciones por «mailing» y propaganda electoral. A Bildu, con 218.467 votos (dos parlamentarios), le hubiera tocado una pedrea de 40.000 euros. Y todo por un matrimonio de conveniencia de un minuto (el tiempo que habrían tardado en formalizar el enlace con los independentistas catalanes). Después, IU y Bildu se habrían ido cada cual por su lado, pero con sendos cheques al portador en la cartera.

Y concluye:

¿No estábamos en que los recursos del Estado había que repartirlos con criterios de justicia social? ¿No habían pedido el voto para cambiar las estructuras de un sistema injusto e insolidario? ¿Y la brecha entre ricos y pobres? ¿Y los recortes en educación y sanidad? ¿Y los índices de desigualdad? ¿Y los desahucios? ¿Y los comedores sociales? ¿Y la pobreza energética?

Émulos de Juan Palomo -yo me lo guiso, yo me lo como-, entre IU y Bildu se habrían llevado 205.000 euros, un pellizquito de nada si tenemos en cuenta lo mucho que podríamos ganar con la regeneración democrática de las «fuerzas de progreso».

Isabel San Sebastián no tiene dudas de que los podemitas son hijos de la ira:

Basta escucharles hablar para comprobar hasta qué punto desprecian la democracia que les ha permitido llegar hasta donde están. Estos «hijos de la ira» podemitas, con quienes el PSOE tiene ya prácticamente cerrado un pacto para alcanzar el poder, no creen en las reglas de juego del sistema. No otorgan legitimidad alguna a sus rivales. Se consideran depositarios únicos de la voluntad popular. Han desembarcado en el Congreso ahítos de odio, sedientos de venganza, convencidos de estar en posesión de la «verdad revelada», cargados de un revanchismo tan hondo como incompatible con el normal desarrollo de la actividad parlamentaria. Constituyen un peligro cierto.

Las expresiones que emplean sus portavoces traducen con tenebrosa claridad el dogmatismo feroz que les caracteriza y alimenta: «partidos del régimen», «casta» o «bipartidismo corrupto» para referirse a las dos fuerzas mayoritarias que vertebran a la sociedad española y aglutinan más de trece millones de votos emitidos en libertad; «muleta», cuando se trata de Ciudadanos, formación rebajada de ese modo a una categoría inferior por su negativa a alinearse en el frente de izquierdas armado contra el PP; «cambio», como sinónimo de pacto de perdedores.

Recalca que:

Según su preocupante forma de ver y reflejar la realidad, la Cámara de Representantes, depositaria de nuestra soberanía, no ha sido realmente plural hasta que ellos han sentado en ella sus reales, y los votos de «la gente» han ido a parar íntegramente a sus siglas, dada la arrogancia que despliegan autoproclamándose titulares exclusivos de su representación. Los usos y costumbres asumidos tradicionalmente por los demás, independientemente de sus distintas ideologías, no van con ellos, motivo por el cual inventan fórmulas provocadoras para proclamar su intención de ignorar el imperio de la Ley en lugar de aceptar el mandato constitucional de acatarla. A sus ojos, el reglamento es pura imposición arbitraria. En alguna ocasión lejana, cuando mostraba su verdadero pelaje sin tanto disimulo como ahora, su jefe de filas, Pablo Iglesias, lo reconoció tácitamente respondiendo a una pregunta sobre la aceptación de dinero iraní para la financiación de su proyecto: «Hacer política es cabalgar contradicciones». En su caso, utilizar los infinitos recursos que le brinda la democracia, empezando por nuestro dinero, para cumplir su propósito de destruirla.

Y apunta que:

Con estos personajes se dispone a cerrar Pedro Sánchez un acuerdo de investidura que le permita alcanzar La Moncloa y dejar resuelto su futuro. Un acuerdo frentista, que a fecha de hoy es cosa hecha, a falta de algunos flecos, con el concurso del PNV, la abstención de los separatistas catalanes y el silencio cómplice de diputados socialistas electos en circunscripciones tan «plurinacionales» como Andalucía o Castilla-La Mancha. Un acuerdo que también recae sobre las espaldas del PP de Rajoy, por la falta absoluta de reflejos mostrada desde el 20-D y también antes. Por su incapacidad o su falta de coraje para librar una verdara batalla ideológica contra esta tropa liberticida; una batalla valiente basada en valores, en convicciones, en argumentos, en conductas ejemplares, en coherencia, y no en fríos datos macroeconómicos. En lugar de armarse política y emocionalmente para esa lucha, este PP prefirió concentrarse en combatir con todas sus fuerzas a quienes, desde la lealtad a unos determinados principios, le señalaban (le señalábamos), lo mucho que se alejaba de lo que un día representó, la desafección galopante que esa deriva estaba provocando en su electorado. Prefirió concentrar sus dardos en los mensajeros y rivales cercanos, en la creencia de que así lograría proteger su particular «coto» de votos. Un terrible error de cálculo que vamos a pagar todos muy caro.

En El Mundo, Raúl del Pozo hace un análisis con su fina ironía sobre el panorama que se presenta de cara a las próximas semanas, políticamente hablando:

Las flores de la juventud hipster-clase media desobediente-, Irene Montero y Teresa Rodríguez, ponen condiciones para que Podemos forme Gobierno con los socialistas, a los que hace unas horas situaban en el búnker. Teresa de Rota-más bien hipster de diligencia de Jerez, de venta y de fandango que de jazz- dice que vienen a cobrarse sus victorias y a exigir que Pedro Sánchez derogue las leyes del PP. Las dos mujeres han declarado que su partido está abierto al diálogo; esperan hechos, no palabras. Exigen que el PSOE prohíba que sus ministros entren al Ibex por las puertas giratorias. Con ellos en el Gobierno no habrá ni desahucios ni cortes de luz y, desde luego, no renunciarán a su bandera plurinacional ni al derecho a decidir. Vamos a divertirnos mucho las próximas semanas.

Señala que:

Un avezado ciudadano de izquierdas me dice que vivimos un revival del putchismo de señoritos exaltados contra la España oficial, fría y corrupta. «Estos pijos no tienen ni siquiera a aquel obrero que sacaba Tierno Galván o al que, cuando entraba en la taberna, provocaba que Gabriel Celaya cambiara el whisky por el mollate». Estamos pisando el fondo y ya se habla hasta de clases. Juan Carlos Monedero piensa que los pijos están en Ciudadanos. Los de la izquierda desobediente, sin partido, insisten en comentar que ni en las plazas ni en las mareas se ve a obreros; los que más mueven la canoa son hijos de papá.

«Te vistas como te vistas: de anarquista, de socialista o de golfo, siempre serás un señorito», escribía Galdós cuando los señoritos del canon eran sobre todo los andaluces, consecuencia de la indolencia, del latifundismo y de la educación jesuítica, decía el filósofo.

Añade que:

Muchos de los nuevos rebeldes tienen la nevera en casa, otros están pelados. Alfonso Guerra llamaba a los andalucistas de Rojas-Marcos «señoritos de fusta y espuela» y ahora José Luis Corcuera define a los últimos rojos como leninistas nacidos en la abundancia.

Ya me refería el otro día a este ministro de Felipe González, que temía un pacto de su partido con los separatas. Corcuera admiraba a un tornero que estuvo muchos años en la cárcel y que se llamaba Ramón Rubial y también fue amigo de Lula, un obrero marxista que llegó a mandar en Brasil. Claro que, si quitas a Espartaco, a Largo Caballero, a Maurice Thorez y a Corcuera, los dirigentes de las izquierdas siempre fueron burgueses o aristócratas.

Luis María Anson considera que los nuevos partidos emergentes han llegado para chupar del bote:

«Podemos y Ciudadanos, bonitos motes, nuevos grupos que intentan chupar del bote». La sabiduría popular no se equivocaba. Los partidos emergentes están ya en la pomada, colgados de la teta ubérrima del Estado. Pablo Iglesias puede prescindir de la turbia financiación persa y venezolana. Incluso ha pretendido multiplicar por cuatro los dineros parlamentarios fracturando el reglamento del Congreso de los Diputados. La voracidad de los partidos políticos carece de límites. Derrochan el dinero a manos llenas en campañas, publicidades, viajes, banquetes, actos multitudinarios, sedes en las ciudades y pueblos de España, personal creciente, cinismo elevado al cubo. Los partidos políticos se han convertido en un suculento negocio y en agencias de colocación para enchufar a parientes, amiguetes y paniaguados. Deberían solucionar los conflictos de España y se han convertido en el tercero de los diez grandes problemas que agobian al ciudadano español.

Mariano Rajoy, a pesar de su excelente gestión económica, tiene escasas probabilidades de continuar porque sus errores políticos le han crucificado. La fórmula arriólica «no hay que hacer nada porque el tiempo lo arregla todo y lo mejor es tener cerrado el pico» ha sido un desastre y no solo en Cataluña. El Partido Popular, sin Rajoy, mejoraría su capacidad de negociación pero por el momento esa posibilidad es una entelequia.

Sobre el líder del PSOE dice que:

Pedro Sánchez está jugando sus cartas con innegable habilidad. Sabe que su destino es entrar en la Moncloa o volver a su casa con el rabo entre las piernas. Y se ha entregado a una actividad frenética porque le salen las cifras en los dos planes que ha puesto en marcha. El plan A es la alianza con Podemos, 159 escaños más los que pueda rebañar de vascos y canarios. Para que esta operación prospere, necesita la abstención de los partidos de Mas y Oriol Junqueras, 17 escaños, y la ha comprado con la cesión de cuatro senadores. Con Podemos negocia ahora aplazar la exigencia del referéndum catalán y, bajo cuerda, una reforma, poco probable, del reglamento del Congreso para que en unos meses Pablo Iglesias consiga tres grupos parlamentarios más y pueda chupar del bote a cuatro carrillos.

Si el plan A, que es el que le gusta a Sánchez, no prosperara, entonces intentaría el plan B: alianza con Ciudadanos, 130 escaños, que podrían rozar los 140 rebañando a los vascos y los canarios, voto en contra del PP más el foro asturiano, 123 o 124 escaños, y abstención del resto de la Cámara. Si Pablo Iglesias se opone a los planes de Pedro Sánchez, la ciudadanía deberá pagar una nueva y costosísima campaña electoral en la que los partidos políticos despilfarrarán el dinero extraído a través de unos impuestos casi confiscatorios.

Y sentencia que la clase política está comportándose de forma muy cutre:

Las navajas traperas, en fin, brillan desenvainadas. La clase política está dando una muestra más de su mediocridad, su cutrez, su chabacanería, su codicia, su mezquindad y su egoísmo. Al Rey Felipe VI, tan discreto, tan prudente, tan responsable y eficaz en el ejercicio de las funciones que la Constitución le otorga, le será muy difícil deshacer la madeja de los intereses creados para encontrar una solución razonable de Gobierno que evite el despropósito de unas nuevas elecciones.

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