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LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Luis Ventoso se troncha de Podemos: «Pablito y Garzón son claramente calimocho; un estrago de las cosas buenas»

"Rivera parece situado en las premuras del Red Bull"

Juan Velarde 11 Jun 2016 - 07:14 CET
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¿Habrá terceras elecciones cuando aún no se han celebrado las segundas, las del 26 de junio de 2016? ¿Qué vino representa mejor a cada candidato? ¿Creen que Pablo Iglesias, sea cual sea el resultado de los comicios de dentro de dos semanas, ya es el ganador de la cita electoral? Estas y otras preguntas son las que se formulan este 11 de junio de 2016 los columnistas de la prensa de papel en sus tribunas de opinión. Pasen y lean.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho, que asegura en su tribuna que lo que se sustenta en estas elecciones parece más que decidido, que sea cual sea el resultado el ganador es Pablo Iglesias:

Hay un sesgo equivocado en el debate general de esta campaña. Un error de enfoque en la mirada de los medios y en la perspectiva de los propios partidos, que han concentrado sus estrategias alrededor del marco mental establecido por Podemos. Al convertir al partido morado en el eje de expectación sobre el que gravitan todos los planteamientos y análisis, los agentes políticos y de opinión pública desvirtúan la verdadera cuestión esencial de estas elecciones. Que no consiste en que las pueda ganar Pablo Iglesias, sino en que ya las ha ganado.

Todo el proyecto de asalto al poder de Podemos se basa en el concepto estratégico del «empate catastrófico», desarrollado por el líder boliviano García Linera y teorizado en España por Íñigo Errejón. Una «etapa de la crisis de Estado» (sic) que se caracteriza por la confrontación estática de dos bloques sociales, dos modelos de país, en medio de una parálisis institucional. Ese momento se produjo ya en diciembre, y desde entonces la organización populista trabaja para llegar al «punto de bifurcación» que constituye el desenlace del conflicto y que requiere de una cierta paciencia histórica. El proceso se puede resolver ahora o más adelante, pero, suceda lo que suceda el día 26, el resultado va a beneficiar los intereses del podemismo.

Detalla que:

Sin posibilidad real de aventajar al PP, el objetivo inmediato de Iglesias es sobrepasar al PSOE, adelanto que parece tener al alcance de la mano. A partir de ahí puede suceder que los socialistas acepten entregarle el Gobierno, en cuyo caso habría comenzado el desempate: triunfo de la izquierda frente a la derecha y hegemonía de Podemos en la izquierda. Si, por el contrario, un PSOE descalabrado se inclinara por la abstención para tratar de recomponerse bajo un mandato precario del centro-derecha, Podemos obtendría un capital político fundamental para invertirlo en la destrucción definitiva y a corto plazo de la socialdemocracia, tal como Syriza hizo en Grecia con el Pasok. Las siguientes elecciones, en clave frentista, serían la final del campeonato.

La hipótesis alternativa, que el PSOE aguante como segunda fuerza, también beneficia al populismo, aunque tendría que buscar el punto de bifurcación por otra vía. La del pacto de investidura con un Sánchez maniatado, que permitiría a los morados un acceso al poder a plazos. Dos gobiernos en uno, con el presidente en sus manos: un interregno de consolidación institucional durante el que demoler desde dentro al rival hasta hallarse en condiciones de darle el estacazo.

En cualquiera de los supuestos -salvo el menos probable de la mayoría conjunta del PP y Ciudadanos- Iglesias sale ganando. Según el veredicto de las urnas, puede acelerar el salto cualitativo o trabajar con ventaja para provocarlo. Las circunstancias le favorecen. La principal, la de que nadie creyese que desde el principio salía decidido a apoderarse del Estado.

Luis Ventoso, que en su tribuna del 10 de junio de 2016 comparaba a los candidatos electorales con títulos de películas, hoy, 11 de junio de 2016, lo hace con tipos de vinos y bebidas alcohólicas. De nuevo es para troncharse:

El Papa bonaerense, vergel de anécdotas encantadoras, ha incorporado al pontificado uno de los más felices atributos de la inteligencia: el sentido del humor. Hasta ha contado algún chiste autoparódico: «¿Saben cómo se suicida un argentino? Pues se sube a su ego y se tira abajo». Hace un par de días, recibió a un grupo de católicos que celebraban sus 50 años de matrimonio. Platicando, hizo una simpática -y atinada- defensa del vino: «Imposible terminar una fiesta bebiendo té. ¡Una fiesta sin vino no es una fiesta!».

Que viva Berglogio (y que viva el vino). El vino es civilización (el primero que se puso a ello fue seguramente un sumerio de hace 6.000 años, y hasta la Biblia reseña que cuando Noé atracó tras el diluvio una de sus primeras gestiones fue plantar unas vides para asegurarse el morapio). El vino es un inciso de libertad en unas existencias cada vez más regladas. Hay algo un pelín intimidatorio en el rigorismo del abstemio radical. Carlos Marx, hijo de vinatera, comentó en una carta que por una vez estaba de acuerdo con Lutero -y con Bergoglio, con quien me temo coincide en más cosas- sobre «la poca valía de los hombres que no saben apreciar un buen vino». Marx y Engels le arreaban duro: jerez, burdeos, mosela, madeira, champán, oporto… Tal vez así se coció uno de los dogmas más nocivos de la historia.

Explica que:

Los defensores del vino suelen acabar en un mismo argumento, variaciones del famoso «in vino veritas» de Plinio. Es decir, la idea de que abre las puertas interiores y además, como añade Dante, «siembra la alegría en los corazones». Pero, como siempre, sin mesura todo derrapa. Chungo cofrade el vino si no median largos días en blanco para aliviar hígado y cabeza.

Para buscar una opinión ponderada sobre cualquier cosa, muchos recomiendan recurrir al equilibrio de Montaigne. Pero en lo que hace al vino el más templado de los ensayistas, el primero y mejor de los columnistas, no se aclara. Por una parte, lo condena, porque desborda nuestros bajos instintos y nos lleva a entregarnos al animal que somos. Pero por otra parte parece incapaz de resistirse a sus goces: «Beber a la francesa, en las dos comidas y de una manera moderada por el cuidado de la salud, es restringir demasiado los favores del dios Baco. Es preciso ocupar más tiempo y desplegar mayor constancia en el beber», anotó allá en su torre circular.

Y va al meollo de la cuestión:

Estamos en campaña. Mariano sería hombre de rioja clásico. Cumplidor, pero sin glamur, como aquellos Paternina de los setenta. Sánchez recuerda al rosado, porque no es ni blanco ni tinto, y encima ha estropeado la fórmula echándole gaseosa. Pablito y Garzón son claramente calimocho; un estrago de las cosas buenas. Rivera parece situado en las premuras del Red Bull.

Una conversación sin prisas ante una botella redonda de godello, oporto, pinot noir… es uno de los regalos de la vida. Un placer que no expira con el declinar de la biología. Un deleite que no está en Facebook, refugio de tantas soledades disfrazadas de amistad virtual. Tampoco están allí las glorias de la piel concupiscente, o las miradas de frente, o las trastadas inocentes de un retaco. El vino baña la vida. Lo otro es solo el triste placebo del vivir.

Salvador Sostres reniega del debate del próximo 13 de junio de 2016 y considera que lo que se va a poder ver por televisión va a ser otra pantomima infumable:

El debate es la parte más cursi de esta campaña, porque sabemos de memoria lo que van a decirnos los cuatro. El debate, ¿qué debate? Lo único novedoso, si lo hay, será un error garrafal que cometa alguno o una salida de tono como el insulto de Pedro Sánchez en la última de estas farsas.

Los que dicen que los debates son la esencia de la democracia no quiero ni imaginar el concepto que tienen de la democracia, ni para qué la usarían si pudieran. Los debates de candidatos son una impostación de principio a fin en la que todo el mundo finge y miente, e intenta ridiculizar al oponente.

Se pregunta:

¿Qué democracia? ¿Qué ideas? El drama de España es que los partidos estructurados administraron la bonanza con demasiada mediocridad y hoy son tan débiles en credibilidad y en honorabilidad que los nuevos populismos se sienten fuertes para atacarlos, herirlos e incluso suplantarlos. Sin embargo, que algunos de los reproches de Ciudadanos o Podemos sean justos no significa que su populismo no sea mucho peor que los desperfectos que pretenden remendar.

En el debate del lunes, PP y PSOE negarán inútilmente su parte miserable; Albert Rivera continuará mirándose en el espejo, en su narcisismo interminable; y Pablo Iglesias prometerá regeneración cuando es la caspa totalitaria del chavismo y su proyecto es tan antiguo y dañino como cualquier totalitarismo.

¿Para qué el debate del lunes, si todos sabemos cómo vamos a engañarnos? ¿Para qué la cínica apelación a la democracia si los votantes españoles no paran de equivocarse, en su inmadurez y su desagradecimiento, tan tristemente propios de los países infinitamente subvencionados?

Y remata:

La relación en España entre representantes y representados es de una gran vulgaridad, porque los líderes acostumbraron al pueblo a decirle lo que quería oír; y el pueblo, como cualquier chantajista, llama cada día para exigir más.

En El Mundo, Enric González considera que Mariano Rajoy ha acertado en sus cálculos al conseguir que Podemos esté ahí para aniquilar al PSOE y que su estrategia de lograr la gran coalición para mantenerse en La Moncloa sea una realidad, aunque le cueste un alto precio:

Creo que Mariano Rajoy ha hecho todo lo posible por aupar a Podemos y destruir al PSOE. Y creo, sin entrar en consideraciones éticas o estéticas sobre la maniobra, que los cálculos de Rajoy se demostrarán correctos. Al menos a corto plazo, el único plazo que existe en la política.

Los anteriores resultados electorales, los sondeos recientes y el sentido común hacen pensar que ninguna de las dos coaliciones teóricamente naturales, Partido Popular y Ciudadanos por un lado, Partido Socialista y Unidos Podemos por otro, conseguirá sumar una mayoría absoluta. Lo más verosímil es que ambas queden lejos de ese objetivo. Haya o no sorpasso en la izquierda, la situación se parecerá bastante a la que teníamos. Como no bastará con seducir al PNV para obtener una mayoría que garantice la investidura y la gobernabilidad, y como una tercera convocatoria de elecciones resulta nauseabunda incluso como hipótesis, volveremos a jugar el juego de la gran coalición.

Plantea que:

¿Quién se moverá? Dejemos fuera del tablero la opción imposible de un pacto entre Rajoy e Iglesias. Quedan dos fichas móviles, Ciudadanos y PSOE. ¿Imaginan a Ciudadanos respaldando a PSOE y Unidos Podemos? Yo, no. ¿Imaginan al PSOE permitiendo un Gobierno en minoría de PP y Ciudadanos? Yo, sí. Se trata de aquella obviedad de Sherlock Holmes: una vez descartadas todas las opciones imposibles, la que queda, por improbable que parezca, es la cierta. Puede implicar un baño de sangre en el PSOE, pero la gran coalición, con un formato u otro, con presencia de todos en el Gobierno o con apoyo externo, es la única desembocadura racional de todo este proceso iniciado hace ya demasiados meses.

Y concluye:

Puede que el propio Rajoy tenga que pagar un precio muy alto por la gran coalición. Al final, en último extremo, el PP se mantendrá en el poder. Ciudadanos rascará unos cuantos cargos. Dudo que Unidos Podemos haga ascos a la opción de convertirse en la única oposición real y en la única alternativa a la gran coalición durante una legislatura más o menos tormentosa. ¿Y el PSOE? Pinta mal. Siempre les quedará el recurso de asumir formalmente una realidad que lleva tiempo fraguándose: es el partido del sur, de Andalucía y Extremadura. En otras partes se verá limitado a la condición de muleta que ejerce ya, por ejemplo, en Cataluña, donde ha alcanzado pactos municipales con todo el mundo, a derecha y a izquierda. La ambigüedad ideológica tiene esas pequeñas ventajas. Son pequeñas, realmente.

Rafael Moyano tiene claro que, con matices, los partidos políticos, todos, sin excepción, nos están vendiendo la misma moto para el 26 de junio de 2016 que trataron de colar el 20 de diciembre de 2015:

Aunque parece que nada ha cambiado, la campaña electoral real arranca con un escenario muy diferente al que dejó el 20-D, la noche que tantos celebraron como la del fin del bipartidismo. A lo largo de estos meses las encuestas han ido acorralando al PSOE, hasta que el Centro de Investigaciones Sociológicas le dio la puntilla demoscópica el pasado jueves. Puede que estén todas equivocadas, pero nadie le va a quitar la sensación a los socialistas de que van por detrás, que el adelantamiento, il sorpasso (dejemos el término italiano por una vez, que la importación no viene del inglés) se ha producido. Pedro Sánchez estrenó sus mítines con un pareado -«no hablemos de encuestas ni de sillones sino de propuestas y soluciones»- pero sabe que tiene la batalla perdida. Las cosas han cambiado tanto que Pablo Iglesias se siente en disposición de ofrecer una vicepresidencia al PSOE cuando antes fue él quien se ofreció de vicepresidente al PSOE. Están crecidos. El primer vídeo de campaña de Unidos Podemos es absolutamente triunfalista, el de una España sonriente que no canta su victoria si no la derrota del bipartidismo.

Los socialistas han fijado ya a su enemigo y van a saco contra él. Sánchez se metió ayer hasta la cocina de unos vecinos de Móstoles en su estrategia de buscar el voto puerta por puerta «porque la socialdemocracia no se vende por catálogo». Patxi López, efímero presidente del Congreso al que el CIS hasta deja sin escaño cree que «Podemos, por querer conquistar el cielo, puede llevar al país a la quiebra» y Susana Díaz no se fía de alguien «que lo único que tiene claro es que quiere el poder», Pablo Iglesias.

Y asegura que:

Sánchez se equivoca, ni él se lo cree, en que es el momento de hablar de propuestas y soluciones. Lo sería si las hubiera nuevas, pero los programas, mejor o peor vestidos, nos cuentan lo mismo que hace seis meses. Quizás no podía ser de otra manera. O quizás sí. Lo demostraron las representantes de los cuatro partidos en el debate de cuota femenina celebrado en Antena 3 y así quedará constado en el que participen sus mayores el próximo lunes. Las encuestas que pronostican otra España ingobernable nos obligan en esta campaña a hablar de sillones. Es tan necesario que sepamos que nuestro voto va a ir para un partido como a cuál va a ayudar a sostener y cómo. El líder del PSOE se ha mostrado muy seguro de que no va a haber unas terceras elecciones, o lo que es lo mismo, que muchas líneas rojas tendrán que borrarse, por lo menos difuminarse. A partir de hoy deberían no ser demasiado categóricos en sus afirmaciones, que se dejen puertas abiertas, por lo que pueda pasar. El peligro es querer ganarse a ese 30% de indecisos a costa de cualquier promesa que luego no se pueda cumplir. La inteligencia entre tantos equilibrios está en los matices.

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