se me hace un nudo en la garganta,
así que escribo de que escribo de ti
mientras disimulo con cualquier cosa que tenga hojas o cielo.
Cuando escribo que el otoño se ha puesto melancólico
y que las hojas caen como si tuvieran prisa por llegar al suelo
y abrazarse unas a otras antes de que yo las pise,
lo que quiero escribir es que extraño tus manos
y que soy un idiota que prefiere pisotear hojas secas
a admitir que me muero por las tuyas.
Cuando relato que vi una telaraña perfecta
colgando entre dos ramas como un puente de cristal
y que un mirlo distraído –posiblemente yo–
la rompió con el viento de un suspiro mal colocado,
lo que estoy confesando es que aún guardo
los hilos invisibles que dejaste en mis bolsillos
y que me enredo solo cada vez que intento sacarlos.
Cuando escribo de las gotas de rocío
pesadas como lágrimas de borracho al mediodía,
brillando ridículas sobre la hierba que no sabe qué hacer con tanto drama,
es porque recuerdo cómo te reías de mí
cuando lloraba viendo anuncios de perros perdidos
y ahora lloro viendo rocío, qué vergüenza, qué nivel.
Cuando enumero las sombras largas de la tarde
que se estiran como gatos perezosos sobre la plaza vacía,
y la tormenta que sacude el olivo como si lo regañara
por no haberte retenido aquella vez que pasaste corriendo,
es porque siento que el cielo también está de mal humor
desde que tú no estás para burlarte de mis paraguas rotos.
Y cuando al fin escribo de las estrellas,
de ese resplandor insolente en los cristales rotos de la casa vieja
que suenan como campanitas tristes cuando llega la helada,
y todos los ruidos se vuelven cuchillos de hielo
que me cortan justo donde más duele recordarte,
es porque las estrellas son unas chismosas
que parpadean como diciendo “ella también te piensa, tonto”.
Cuando escribo del viento que silba como un amigo traicionero
contando secretos que solo nosotros conocemos,
del olor a leña mojada que se mete en la ropa
y se queda ahí tres días fingiendo que es un perfume barato,
del perro del vecino que ladra a la luna como si la luna le debiera dinero
y la luna, indiferente, sigue brillando como tú cuando te hacías la dura,
de todo esto, de todo este circo otoñal que monto para no derrumbarme,
es porque escribir de ti directamente
me sale tan caro como un café en aeropuerto:
te juro que duele, que quema, que me deja temblando
y con ganas de pedir otro aunque sepa que me va a sentar mal.
Así que escribo del otoño, de las telarañas rotas,
del rocío payaso, de las sombras vagas,
de las estrellas cotillas y del viento chivato,
y hasta del perro loco del vecino
que entiende más de amor que yo.
Y todo, todo esto que parece paisaje
es solo mi manera torpe, llorona y un poco cómica
de decirte que escribo de ti
aunque me salga del alma en pedacitos de hoja seca
y en risas que se me escapan para no llorar del todo.
Así escribo de ti y de mi.
Y si algún día te cansas de otoño,
ven y dime que pare:
te prometo que intentaré escribir de frente,
aunque me tiemblen hasta las estrellas.
José Pómez
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ISBN: 9781008924512
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