Tridentes de Marte.
Bajo el polvo de Aonia, donde el hielo nunca muere,
esas bestias de metal despertaron a la vez.
Con un rugir de fisión, rompen la cripta marciana,
lanzas de guerra hacia el vacío, sed de gravedad humana.
Las grietas del subsuelo son costillas del planeta,
y cada tridente escupe fuego que a Fobos enfrenta.
No hay mal que los detenga, no hay viento interestelar,
son esos dedos del hierro que aprendieron a volar.
¡Mirad tridentes despegan del suelo de Marte,
mirad su estela de rubí cortando el estándar!
Desde el martes hasta el jueves, ni un día más,
a máxima velocidad vorágine, ¡no hay piedad!
Se miran dos planetas en el espejo del Sol,
uno lanza sus dardos, el otro tiembla en control.
La distancia es un latido de 80 millones de almas,
y cada tridente es un suspiro que abrasa.
Atraviesan el cinturón de sueños rotos y grava,
Júpiter es un testigo naranja que no habla.
A velocidad de guerra, sin órbita intermedia,
los motores queman años en cada micrometeorito.
Los radares de la Tierra, en Alaska y en el Cabo,
descubren esos puntos de calor en el mapa.
«No son asteroides, no son restos de Titán,
son lenguas de fuego que Marte nos viene a lanzar».
Y la distancia se vuelve un animal con dos caras:
atrás, el desierto helado de Cidonia y sus caras;
adelante, el punto azul que respira sal y mareas,
y entre ambos, la física que a los imperios pelea.
80 millones de kilómetros hechos herida de luz,
cada segundo 30 mil kilómetros más cerca de una cruz.
Los cráteres de Marte se quedan sin sus hijos,
los océanos de casa ya presienten sus picos.
¡Esos tridentes de Marte rompen la estratosfera!
Mediterráneo abre el pecho, la espuma es su vidriera.
A máxima velocidad final, sin frenos ni visera,
amerizan como puños que el bien lanza a la Tierra.
El agua sube en columna hasta rozar la ionosfera,
un tsunami de metal y arrecifes de acero afuera.
Lisboa llora, Nueva York mira al cielo desde un puerto,
y la distancia, por un instante, mide el fin del tiempo.
Y al fondo, en el planeta rojo,
en sus llanuras sin aliento,
esos silencios vacíos
donde hubo esos cimientos.
Nadie canta victoria,
solo el oleaje cuenta:
llegaron los tridentes.
Se oye el eco de un bajo marino
y el gemido de un radar perdido,
luego silencio total.
Se oye el eco de un bajo marino
y el gemido de un radar perdido,
luego silencio total.
José Pómez
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ISBN: 9781008924512
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