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TENSIÓN EN LA SEGURIDAD DE LA PRESIDENCIA

Policías de La Moncloa: humillaciones, miedo y salarios indignantes

Los agentes asignados al complejo presdiencial acusan a sus superiores de trato degradante y castigos desmedidos, mientras enfrentan condiciones laborales precarias y sueldos bajos

Mario Lima 21 Sep 2025 - 09:10 CET
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Una vergüenza como la copa de un pino.

En el Palacio de La Moncloa, donde viven Pedro Sánchez y Begoña y se reúne el Consejo de Ministros.

Lejos del escrutinio mediático, porque los periodistas ni ven ni se enteran.

Los policías asignados a la Comisaría Especial de la Presidencia del Gobierno han decidido alzar la voz para denunciar lo que consideran “humillaciones y trato degradante” por parte de sus superiores.

Aunque no es la primera vez que expresan su descontento con las condiciones laborales, en esta ocasión el cansancio parece haber alcanzado un punto crítico.

La situación ha llegado a un nivel tal que los agentes afirman trabajar bajo una política del miedo: escasos descansos, jornadas que sobrepasan las 37,5 horas semanales legales y sanciones disciplinarias desproporcionadas por motivos considerados absurdos.

“Nos permiten descansar un cuarto de hora tras largas jornadas, pero en la mayoría de los casos esos descansos son inexistentes”.

Y si el puesto lo requiere, deben permanecer de pie y al aire libre durante toda la jornada, enfrentándose a las heladas invernales y a las olas de calor veraniegas.

En Palacio, tras bambalinas, hay relatos humanos marcados por la precariedad y el desencanto: una paradoja digna del mejor guion tragicómico sobre la política nacional.

Sanciones arbitrarias y nepotismo a la española

La disciplina en la comisaría no se limita a las sanciones habituales.

De acuerdo con los testimonios, hechos triviales —como revisar el móvil por motivos laborales— pueden resultar en suspensiones de empleo y sueldo que superan el mes. No solo se trata de perder ingresos; algunos agentes han visto cómo les retiraban puestos previamente asignados para dárselos a recién llegados con mejores condiciones.

El nivel de exigencia en el trato con los superiores ha alcanzado un “límite de tiranía tal” que muchos policías viven en un estado constante de temor ante las posibles repercusiones de no ofrecer un trato “exageradamente adulador”.

El nepotismo también está presente: existe una red de favoritismos que va en contra de los principios legales de objetividad y mérito en los procesos de selección y promoción profesional.

Las decisiones sobre quién será escolta parecen estar tomadas incluso antes de llevar a cabo las entrevistas, donde algunos mandos muestran “un claro gusto por humillar”, llegando incluso a atender llamadas o ver vídeos durante el proceso mientras los candidatos responden.

Descansos: una ilusión administrativa

Hasta el día de hoy, 21 de septiembre de 2025, los agentes continúan sin poder disfrutar ni siquiera del derecho legal a vacaciones o días libres para asuntos personales. Las solicitudes para juntar un fin de semana largo suelen ser ignoradas. La falta crónica de efectivos agrava esta situación: en la garita principal solo trabaja un agente cuando deberían ser dos por motivos de seguridad. Si ocurre algún incidente, el compañero más cercano puede estar a 300 metros —una distancia excesiva si lo que está en juego es la integridad física.

Las condiciones materiales tampoco son favorables: desde suelos hundidos hasta espacios que no cumplen con las normativas básicas de sanidad y seguridad laboral. Los escritos presentados ante prevención de riesgos laborales nunca han recibido respuesta alguna. El silencio administrativo parece ser el único protocolo seguido con rigor.

Salarios: entre la dignidad y la miseria

En medio de este desolador panorama laboral, los salarios apenas logran compensar el esfuerzo realizado. Un guardia civil raso percibe alrededor de 861 euros mensuales distribuidos en doce pagas (10.337 euros anuales), aunque con complementos puede llegar hasta 2.300 euros brutos mensuales, dependiendo siempre del puesto y antigüedad. Sin embargo, comparados con otras fuerzas autonómicas como los Mossos d’Esquadra —que pueden ganar hasta un 20% más—, los policías nacionales y guardias civiles siguen siendo considerados los “hermanos pobres” del sistema español.

Las disparidades salariales no terminan ahí:

La equiparación salarial prometida en 2018 sigue siendo una fantasía; las diferencias continúan existiendo y se agravan con cada aumento selectivo.

El desencanto también afecta a aquellos que acceden a este destino tras superar un curso específico: les prometen convertirse en escoltas después de dos semanas, pero la realidad es muy diferente. Muchos pasan “tres o cuatro años atrapados” en la comisaría antes siquiera de acercarse al puesto prometido.

En resumen, lo que parecía ser una oportunidad profesional se convierte en un laberinto administrativo donde las salidas son cada vez más estrechas.

Una comisaría especial… para olvidar

Este caso pone al descubierto una problemática estructural —no solo en La Moncloa— acerca del manejo del personal policial en destinos sensibles:

No son pocos quienes encuentran paralelismos con otros sectores públicos donde la lentitud administrativa perpetúa situaciones injustas —y donde el humor negro se convierte casi en un mecanismo defensivo ante tanto sinsentido—.

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