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ANÁLISIS POLÍTICO TRAS EL RETORNO DE PODEMOS

La Rendición de Galapagar: Iglesias vuelve al redil de Sánchez y Podemos asume su debilidad

La claudicación de Iglesias aleja el espectro de elecciones anticipadas y afianza de momento al marido de Begoña en La Moncloa

Periodista Digital Actualizado: 12 Oct 2025 - 10:27 CET
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A la hora de la verdad, como es cíclico en la vocinglera ultraizquierda española, se han metido los principios en ese sitio donde nunca da el sol, han pensado en sus sueldos y chupetines y han claudicado ante el PSOE.

Pablo Iglesias, el ‘macho alfa’ de Podemos, ha decidido dar un sonrojante paso atrás.

Un signo de debilidad, escenificado en el Congreso de los Diputados, que revela la escasa entidad de sus apuestas y planteamientos.

Con este repliegue, Podemos no solo regresa al redil socialista, sino que aleja, al menos por ahora, cualquier posibilidad de adelanto electoral.

En La Moncloa se respira un aire de alivio: la legislatura parece contar ahora con más margen y Pedro Sánchez puede afirmar con mayor confianza que se mantendrá al frente del Gobierno hasta 2027.

Las tensiones entre los socios de Gobierno habían alcanzado niveles preocupantes en los últimos tiempos.

Las críticas constantes de Irene Montero y Ione Belarra, dos voces destacadas del sector más combativo de Podemos, no llegaron a traducirse en una ruptura real.

Como se suele comentar en los círculos periodñísticos, “ladran mucho, pero nunca muerden”.

Esta actitud confrontativa, más propia del activismo que del diálogo institucional, había generado malestar no solo en el PSOE, sino también entre los aliados menores del bloque progresista.

Sin embargo, hay que reconocerlo: sin el apoyo de Podemos, Sánchez no habría podido formar Gobierno tras las últimas elecciones generales.

Antecedentes: De la euforia a la moderación

El trayecto de Podemos desde su aparición en 2014 hasta hoy es un ejemplo claro de adaptación al poder. De prometer “asaltar los cielos” a aceptar un rol secundario en un Ejecutivo liderado por socialistas, el partido morado ha pasado por todas las etapas del ciclo político: ilusión, confrontación, desgaste y finalmente, realismo.

Las elecciones autonómicas en Madrid del pasado mayo marcaron un antes y un después.

Aunque el espacio del cambio —Más Madrid y Unidas Podemos— superó al PSOE ampliamente, no logró configurar una alternativa gubernamental viable. El mensaje fue contundente: sin unidad con los socialistas, la izquierda transformadora se condena a ser irrelevante.

En este marco, la decisión de Pablo Iglesias de dejar de tensar la cuerda es vista como una capitulación táctica. No es tanto una derrota ideológica como un reconocimiento pragmático de las limitaciones del poder.

Mientras Iglesias se aparta del primer plano político, Irene Montero e Ione Belarra continúan con un discurso rupturista que cada vez suena más a ritual folclórico que a estrategia efectiva. Sus declaraciones incendiarias generan titulares y alimentan debates en redes sociales; sin embargo, apenas tienen repercusión en la agenda legislativa o en las decisiones reales.

Consecuencias: Estabilidad a cambio de sumisión

La consecuencia inmediata de este reajuste es la estabilidad del Gobierno. Sánchez tiene la capacidad de ignorar —o tolerar— las bravatas de sus socios porque sabe que cuando llegue el momento crucial, Podemos no está dispuesto a romper definitivamente. Esta dinámica recuerda a aquella famosa frase atribuida a Bismarck: “La política es el arte de lo posible”.

En este caso concreto, lo posible es seguir gobernando con una mayoría precaria pero suficiente.

El Partido Popular y Vox observan esta nueva situación con escepticismo. Desde Génova insisten en que Sánchez está “desquiciado” y que su Ejecutivo navega en una “realidad paralela”, pero lo cierto es que la oposición carece —por ahora— de herramientas para forzar un cambio significativo.

La citación a Begoña Gómez, esposa del presidente, podría haber sido utilizada como arma arrojadiza; sin embargo, ni siquiera ese episodio ha logrado alterar sustancialmente el rumbo actual.

En el seno del PSOE también se vive una paradoja curiosa. Los socialistas recuperan confianza para completar la legislatura; pero lo hacen aceptando un papel cada vez más secundario para sus socios morados. Da la sensación de que Podemos ha pasado de ser un actor disruptivo a convertirse en un apéndice incómodo pero manejable.

El arte de ladrar sin morder

No son pocos quienes comparan la actitud de Montero y Belarra con esos perros guardianes que ladran ruidosamente pero nunca atacan. Sus intervenciones públicas son predecibles: denuncias grandilocuentes contra el capitalismo o el patriarcado seguidas por una sumisión práctica cuando llega el momento decisivo en el Congreso.

Este contraste entre retórica y acción ha suscitado no pocas ironías entre los políticos. “Si ladrar diera votos, Podemos tendría mayoría absoluta”, bromea un diputado socialista por los pasillos del Congreso.

La televisión pública tampoco ha sido ajena a este fenómeno. TVE ha fichado para su nueva temporada a disidentes y críticos internos dentro de Podemos —algunos ya bastante distantes del núcleo duro iglesista— lo cual añade un matiz surrealista al panorama actual. Parece ser que incluso en la pequeña pantalla se busca reflejar esa tensión entre radicalidad discursiva y moderación práctica.

Un último dato curioso: mientras los líderes discuten sobre realidades paralelas y guerras culturales, el ciudadano medio continúa preguntándose si todo esto tendrá algún impacto real en su vida cotidiana.

Por ahora parece claro que lo único seguro es que Sánchez seguirá al mando… hasta nuevo aviso.

Y que Iglesias y Montero continuarán haciendo caja y engordando sus cuentas bancarias y patrimonios.

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