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Tremendo cacharrazo a la vista.
Las encuestas más actuales presentan un panorama sombrío para el Gobierno Sánchez.
La combinación del PSOE (98 escaños), Sumar (11) y Podemos (4) apenas alcanzaría los 113 diputados, marcando el peor resultado para la izquierda en medio siglo.
Para poner en perspectiva esta debacle, hace solo tres años el bloque progresista superaba los 150 escaños. Ahora, la distancia hacia una mayoría absoluta parece insalvable.
El PSOE, en particular, se enfrenta a una caída histórica sin precedentes en su trayectoria reciente.
Según los sondeos de SocioMétrica y 40dB, los socialistas podrían descender hasta entre 98 y 107 diputados, lo que significa una pérdida de entre 14 y 23 escaños comparado con 2023.
Esta caída no es fruto del azar ni responde a variaciones típicas del ciclo electoral. Es el resultado acumulado de diversas crisis que han erosionado la confianza de los votantes: escándalos de corrupción dentro del partido, la gestión desastrosa de la dana de octubre de 2024, que dejó 238 muertos, la aprobación de la Ley de Amnistía, rechazada por el 71% de la población, y la regularización de inmigrantes sin antecedentes penales. Cada uno de estos episodios ha actuado como un catalizador para el voto castigo.
El crecimiento imparable de VOX hacia el 20%
Mientras la izquierda se desmorona, VOX experimenta un auge sin igual en la política española. El partido liderado por Santiago Abascal alcanza ya un 18,4% en intención de voto según SocioMétrica, con algunas proyecciones que lo colocan muy cerca del 20% en ciertos sondeos. Este crecimiento no es un fenómeno pasajero; se trata del resultado de diez meses continuos subiendo en las encuestas, acumulando un aumento de 5,6 puntos respecto a las elecciones del año pasado.
La traducción en términos de representación es aún más espectacular. VOX podría pasar de contar con 33 diputados a entre 64 y 66, prácticamente duplicando su representación. Para entender la magnitud de este fenómeno, basta recordar que en noviembre de 2019 lograron su mejor resultado histórico hasta ahora: 52 escaños con el 15,08% de los votos. Hoy, con cifras superiores, estarían alcanzando un récord absoluto.
La estrategia seguida por Abascal ha sido astuta: aprovechar el descontento social y capitalizar cada crisis del Gobierno.
Los mayores incrementos en apoyo hacia VOX han coincidido con momentos críticos en el panorama político. Así ocurrió en octubre de 2024; antes del desastre meteorológico, el partido contaba con un 11,2% en intención de voto. Tras esa catástrofe y la huida fugaz de Sánchez desde Paiporta, saltaron al 13,5% en noviembre. Además, tras la aprobación de la Ley de Amnistía en abril pasado, experimentaron otro repunte: pasaron del mínimo del 10,5% registrado en marzo al 11,4% en abril. El partido ha sabido identificar y amplificar cada punto álgido del Ejecutivo.
¿Y de dónde salen los votos a VOX?
Hay una parte que viene del PP. El 12,9 % de los que votaron a Feijóo en 2023 se pasarían ahora al bando de Abascal. Hay otra, algo menor pero que existe, que viene del PSOE: es el 4,3 % de los que votaron a los socialistas en los anteriores comicios.
Sin embargo, gran parte de la fortaleza de VOX proviene de nuevos votantes, ya sean jóvenes o personas que en los anteriores comicios se abstuvieron.
El 16,3 % de los nuevos votantes acudirían ahora a las urnas para insertar la papeleta de VOX. Esta es la principal fuente externa que alimenta al partido y demuestra que VOX está siendo capaz de:
- atraer a muchos descontentos con la política,
- movilizar a gente que en el pasado no había tenido motivos para ir a votar,
- resultar atractivo para los jóvenes que rehúyen de los partidos tradicionales.
De hecho, VOX recibe el voto del 12,5 % de los jóvenes de entre 18 y 29 años. Es la segunda opción favorita después de la abstención (49,3 %), ya que se trata del colectivo que tradicionalmente siempre se abstiene más.
La mayoría absoluta derecha está al alcance
Si las elecciones generales tuvieran lugar hoy mismo, la combinación del PP (140 escaños) y Vox (66) alcanzaría una sólida mayoría absoluta con un total de 206 diputados.
Incluso sumando los representantes de UPN (1) y Coalición Canaria (1), alcanzarían los 208 escaños; una cifra que permitiría gobernar sin depender del apoyo externo. En cuanto a bloques ideológicos, la derecha rondaría el 50% del total de votos emitidos; juntos sumarían un notable 49,2%.
El liderazgo del PP, bajo Alberto Núñez Feijóo, mantendría su posición predominante con un respaldo del 31,5%, aunque ligeramente debilitada respecto a las elecciones pasadas.
Lo interesante aquí es que el crecimiento registrado por VOX no se traduce en una pérdida directa para el PP; ambos partidos están creciendo a costa principalmente del electorado progresista y aquellos que optan por no votar. De hecho, actualmente un 17,4% de quienes apoyan a VOX no acudieron a las urnas en las elecciones anteriores. Asimismo, este partido ultraderechista también atrae a un 15,2% de antiguos votantes del PP; sin embargo, esta fuga se compensa gracias a nuevos apoyos provenientes de otros sectores políticos.
La distancia insalvable entre bloques
La brecha entre ambos bloques resulta abismal. Mientras que la derecha podría sumar casi 206 diputados, la izquierda apenas alcanzaría los mencionados 113 si excluimos a los nacionalistas e independentistas. Esa diferencia, cercana a los 93 escaños, presenta enormes desafíos para cualquier posibilidad realista de gobernabilidad. Incluso añadiendo los votos procedentes de partidos como ERC, EH Bildu, PNV, BNG y Coalición Canaria —que representarían colectivamente un escaso 6,5 %—, la izquierda apenas llegaría a contar con unos míseros 144 diputados; aún así seguiría siendo ampliamente superada por su contrapartida derechista.
Este fenómeno se hace especialmente evidente entre los votantes jóvenes. De hecho, sorprende saber que VOX se ha convertido ya en la primera fuerza política entre los menores de 35 años; este dato revela que su crecimiento no responde únicamente a un cambio demográfico superficial, sino que implica una reconfiguración profunda dentro del mapa electoral español. El partido ultraderechista ha logrado conectar con sectores tradicionalmente apáticos o desconectados respecto a las dinámicas políticas convencionales. Por ejemplo, actualmente el 29,2 % de sus votantes provienen del sector industrial; este segmento ha triplicado su apoyo hacia Vox solo en el último año.
Las lecciones extraídas desde Aragón y Extremadura
Los resultados obtenidos recientemente durante las elecciones autonómicas actúan como reflejo claro del escenario nacional. En Aragón —donde las elecciones tuvieron lugar el pasado 8 de febrero—, VOX duplicó sus escaños pasando de 7 a 14 y alcanzando casi el 18 % de la preferencia electoral. En Extremadura, hace apenas dos meses, logró pasar de 5 a 11 escaños. Estos resultados no son meras anomalías regionales; son confirmaciones de una tendencia nacional que apuntan directamente hacia lo que se podría esperar en unas generales.
El PP ha comenzado a asimilar esta nueva realidad. Feijóo ha dejado claro su disposición para perder algún diputado si ello significa lograr una mayoría absoluta junto a VOX. En Aragón, su candidato Jorge Azcón cedió dos asientos pero logró imponerse claramente, posicionándose como el único aspirante capaz de gobernar. Esta aceptación pragmática de poder depender de VOX marca una propuesta diferente en los escenarios políticos españoles.
El papel catalizador de Sánchez
Lo que distingue este ciclo electoral frente a anteriores etapas es cómo el desgaste gubernamental no se distribuye equitativamente entre los bloques políticos. La izquierda está cayendo, pero no toda esa migración hacia la derecha se traduce necesariamente en apoyo para el PP. Una parte significativa se dirige hacia VOX, que aparece como alternativa radical al sistema político establecido. Sánchez ha funcionado involuntariamente como el mejor captador para Abascal; cada crisis gubernamental representa puntos adicionales para la votación ultraderechista.
El plan electoral diseñado por el PP para desgastar al PSOE durante la cuenta atrás hacia las generales ha dado sus frutos, pero presenta efectos secundarios complicados para la gobernabilidad futura: ha consolidado a VOX como actor esencial. La pregunta que permanece en el aire es si PP y VOX serán capaces de desarrollar una alternativa gubernamental sólida o si esa dependencia mutua terminará generando bloqueos similares a los sufridos por la izquierda.
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