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Miedo… claudicación… negocio.
Las imágenes de Felipe VI consolando a las familias tras el accidente ferroviario de Adamuz, visitando Paiporta pese a la lluvia de barro que recibió su comitiva o sobrevolando localidades devastadas por los incendios son parte de la rutina institucional y mediática de la Corona.
En contraste, se ha afianzado una imagen bastante más incómoda: la del jefe del Estado que, como monarca, todavía no ha pisado Ceuta ni Melilla, dos ciudades españolas donde se juega ahora mismo una parte esencial de la política exterior y de la seguridad nacional.
El Debate ha dedicado varios reportajes a analizar este contraste, subrayando algo que conviene decir sin rodeos: si Ceuta y Melilla son España —y lo son, tan españolas como La Coruña o Málaga—, la mejor manera de reivindicarlo frente a la amenaza marroquí es, precisamente, con una visita de los Reyes.
Que esa visita siga sin producirse doce años después de la proclamación de Felipe VI no es un detalle protocolario: es una deuda moral y política pendiente, y la responsabilidad de esa deuda no recae en Zarzuela, sino en el Gobierno que debe autorizarla.
Un Rey que va donde hay dolor… cuando Moncloa abre la puerta
El patrón, en las emergencias civiles, ha sido siempre el mismo. Tras el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba) del pasado enero, que dejó 45 muertos y más de un centenar de heridos, los Reyes modificaron su agenda para desplazarse a la zona, visitar el puesto de mando avanzado junto al tren siniestrado y reunirse con las familias de las víctimas y los equipos de emergencia. Durante los grandes incendios de este verano, Felipe VI ha participado por videoconferencia en las reuniones del comité estatal de coordinación, ha llamado a los presidentes autonómicos afectados y ha terminado visitando, con la Reina, a los vecinos desplazados de Villamanta (Madrid). En todos los casos, la presencia de la Corona se ha materializado tras una coordinación previa con el Gobierno: actúa como símbolo de solidaridad institucional cuando el Ejecutivo considera que el gesto no genera complicaciones diplomáticas. Ceuta y Melilla, en cambio, pertenecen a otra dimensión.
La hoja de servicios de un Rey que nunca ha rehuido la tragedia
Para valorar la disposición real basta con repasar su hoja de servicios, no solo como Rey, sino ya desde su etapa como Príncipe de Asturias: estuvo en el entierro de Miguel Ángel Blanco tras su asesinato por ETA, en los hospitales con los heridos del 11-M, en los funerales del Yak-42, en el terremoto de Lorca, en plena pandemia de covid, en los atentados de Barcelona y Cambrils, junto a las víctimas del volcán de La Palma y, cada verano, en las localidades arrasadas por el fuego. El año pasado llegó a interrumpir sus vacaciones a los pocos días de empezarlas y regresar desde Grecia a Madrid para seguir de cerca la evolución de los incendios, aunque no pudo visitar las zonas quemadas hasta la última semana de agosto, después de que lo hiciera Pedro Sánchez. Acudir al lugar de una tragedia le ha costado en ocasiones algo más que cansancio: en Paiporta, los vecinos, que se sentían abandonados por el Estado y por la Generalitat tras la dana, recibieron a los Reyes con barro y piedras que llegaron a herir a algunos de sus escoltas; en Barcelona, el 26 de agosto de 2017, sectores separatistas convirtieron su presencia en la manifestación contra los atentados terroristas en una encerrona contra la Corona. En ambos casos, Felipe VI aguantó el chaparrón y volvió después. Es, en la práctica, un monarca que no ha rehuido ninguna tragedia española cuando ha tenido margen para acudir a ella.
Ceuta y Melilla: la única frontera que Felipe VI no ha cruzado
Las dos ciudades autónomas son, precisamente, las únicas que Felipe VI no ha visitado en sus doce años de reinado: no pudo hacerlo con el Gobierno de Mariano Rajoy ni ha podido hacerlo con el de Pedro Sánchez. La razón no es logística ni personal: la Constitución establece que todos los actos del Rey requieren el refrendo del Gobierno, y eso incluye cualquier viaje con una carga política evidente. En el reinado anterior, Juan Carlos I y Doña Sofía solo pudieron visitar cada una de las dos ciudades una vez, en 2007, en sendos viajes que se convirtieron, según recuerda la prensa que cubrió aquellas jornadas, en auténticas fiestas de españolidad. Desde entonces, ningún jefe del Estado ha vuelto a pisar oficialmente ni Ceuta ni Melilla.
Una visita de los Reyes en medio de una crisis de entradas masivas de marroquíes, con decenas de muertos en la frontera, sería interpretada en Rabat como un gesto de soberanía inequívoco. Eso coloca la decisión sobre la mesa del Consejo de Ministros, donde Exteriores y Moncloa sopesan cada posible reacción al otro lado del Estrecho. Según las informaciones disponibles, el viaje sigue sin estar «sobre la mesa», y esa ausencia no se debe a falta de voluntad de Zarzuela: el propio Don Felipe lleva tiempo deseando visitar Ceuta y Melilla, algo que ha trasladado en privado en distintas ocasiones. Sin el visto bueno del Ejecutivo, sin embargo, la agenda real en el norte de África se limita a comunicados, llamadas telefónicas y palabras de apoyo.
Lo que puede hacer el Rey en esta crisis, y lo que no puede hacer sin refrendo
La Constitución dibuja una función regia más activa de lo que pudiera parecer, aunque muy acotada: el Rey representa a España como jefe del Estado, pero sus actuaciones requieren el refrendo del presidente del Gobierno o del ministro competente, y no controla la política exterior ni ordena despliegues, aunque sí puede influir a través de sus mensajes y de su presencia. Ante la crisis actual, Felipe VI ha manifestado su «gran preocupación e indignación» por lo ocurrido y ha trasladado a Zarzuela que considera necesario «adoptar todas aquellas medidas que transmitan de forma unida, clara y determinante a las poblaciones de Ceuta y Melilla el apoyo y cariño del resto de España», exigiendo al Estado que vele por su seguridad y evite que la «triste y trágica pérdida de decenas de vidas» vuelva a repetirse. Ha mantenido además contacto telefónico con los presidentes de Ceuta, Juan Jesús Vivas, y de Melilla, Juan José Imbroda, así como con Pedro Sánchez y con el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, para obtener información de primera mano y ofrecer respaldo institucional. Durante los primeros días de la crisis, permaneció cuatro jornadas prácticamente encerrado en el Palacio de Marivent siguiendo los acontecimientos desde su despacho.
Lo que no puede hacer sin ese refrendo es viajar oficialmente a Ceuta o Melilla en este contexto, ni dirigir un mensaje extraordinario a la nación sobre la crisis si el Gobierno no lo considera oportuno, ni mantener determinadas conversaciones públicas con otros jefes de Estado —empezando por Mohamed VI— sin la coordinación diplomática correspondiente. Desde Palma, donde participa estos días en la Copa del Rey Mapfre a bordo del velero de la Armada Hispania, la imagen de un monarca «de vacaciones» mientras Ceuta y Melilla afrontan una crisis de esta magnitud genera desconcierto en parte de la opinión pública. Pero esa instantánea es engañosa: que el Rey navegue no significa que no esté disponible para actuar en cualquier momento; significa, simplemente, que esa decisión no depende de él.
La tesis de fondo: la españolidad no se defiende solo con comunicados
Doce años de reinado y Ceuta y Melilla siguen siendo las dos únicas ciudades españolas que Felipe VI no ha podido visitar como Rey; la última visita de unos monarcas a ambas se remonta a 2007. Ningún argumento de prudencia diplomática debería convertirse, con el paso de los años, en una excusa permanente para posponer indefinidamente ese gesto. Si Ceuta y Melilla son territorio español —y todos los Gobiernos, incluido el actual, lo sostienen sin matices frente a Rabat—, entonces la visita de los Reyes no es un capricho simbólico ni un riesgo innecesario: es, sencillamente, la forma más elemental y menos discutible que tiene el Estado de decir, con hechos y no solo con palabras, que esas dos ciudades son tan España como cualquier otra. Cuanto más tiempo pase sin que ese gesto se produzca, más se parecerá el silencio a una forma tácita de duda sobre algo que la Constitución no permite dudar.
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