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SE FILTRA QUE LA ZARZUELA REPUDIA EL VÍDEO

¿Pero qué coño hay de malo o censurable en el vídeo del viejo Rey Juan Carlos I?

El Rey emérito se dirige a los jóvenes tras ser excluido de los actos de los 50 años de su coronación y antes de que se publiquen sus memorias en España

Fernando Veloz 02 Dic 2025 - 08:00 CET
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La cosa va del vídeo del Rey emérito que supuestamente molesta a la Zarzuela y que no debería molestar a nadie.

El pasado 30 de octubre, dos días antes de que su libro Reconciliación llegara a las librerías españolas, Juan Carlos I grabó un breve vídeo de poco más de un minuto que ha puesto patas arriba los despachos de la Casa Real.

Sentado, sin corbata, con una bandera de España al fondo y una voz algo quebrada pero firme, el anciano monacra se dirige especialmente a los jóvenes que no vivieron la Transición.

Les pide que conozcan la historia reciente “sin distorsiones interesadas”, reivindica el papel de la Corona y termina con una frase que nadie sensato puede considerar polémica: “Apoyad a mi hijo, el Rey Felipe, en este duro trabajo que es unir a todos los españoles”.

Y punto. Nada más.

Sin embargo, la Zarzuela emitió de inmediato una nota interna calificando el mensaje de “ni oportuno ni necesario”.

Fuentes cercanas a la melindrosa Casa Real filtraron su malestar: no fueron informados, no lo esperaban y lo interpretan como un desafío tras haberlo excluido –con toda la razón del mundo, dirán algunos– de los actos del 50 aniversario de la democracia.

Pero, sinceramente, ¿dónde está el problema?

Revisemos el vídeo con calma (se puede ver entero en menos tiempo del que tarda en hervir un café). No hay ni una sola frase ofensiva, ni una crítica directa al Gobierno, ni un ataque a institución alguna. No hay chistes de elefantes, ni menciones a Corinna, ni reproches a su hijo. Solo un anciano de 87 años –que arrastra serios problemas de movilidad y vive exiliado desde hace cinco– pidiendo a los jóvenes que lean la historia sin manipulación y que apoyen al Rey actual.

Si esto es “inoportuno”, entonces también lo sería que Franco hubiese grabado un vídeo en 1974 pidiendo a los españoles que respaldaran a Juan Carlos. O que Adolfo Suárez, desde su retiro, hubiese pedido en 1981 que apoyaran a Calvo-Sotelo. En un país normal, este mensaje pasaría como una anécdota entrañable de un abuelo que fue protagonista de la Historia y que, en el ocaso de su vida, quiere dejar su testimonio.

Pero España ya no es un país normal.

El pecado original: “sin distorsiones interesadas”

El único pasaje que parece haber puesto nerviosos a algunos despachos es aquel en que Juan Carlos habla de conocer la historia “sin distorsiones interesadas”. En el contexto español de 2025 –con la Ley de Memoria Democrática convertida en ariete sectario, con exhumaciones a medianoche, con calles rebautizadas a golpe de decreto y con manuales escolares que presentan la Transición como un “pacto de silencio” entre golpistas y franquistas–, esa frase suena a herejía.

Y, sin embargo, es una obviedad.

Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que la historia la escriben los vencedores del relato, y que en la España actual el relato lo manejan quienes más interés tienen en demonizar todo lo que olió a concordia en los años 70 y 80. Decir “sin distorsiones interesadas” no es un ataque al Gobierno: es un llamamiento al sentido común.

El derecho (y casi el deber) de no callarse

Blaise Pascal escribió una vez que todos los problemas de la humanidad proceden de la incapacidad del hombre para sentarse tranquilamente en una habitación. Es una frase bellísima y, en muchos casos, acertada. Uno podría imaginar un Juan Carlos I pascaliano: retirado en un palacete discreto de La Moraleja o Sanxenxo, jugando al bridge con los amigos de siempre, viendo el mar desde la ventana y dejando que el tiempo pase sin más ruido que el de las olas.

Pero los hombres no somos iguales. Y los hombres que han sido protagonistas de la Historia –para bien o para mal– rara vez aceptan el mutis silencioso. Carlos V se retiró a Yuste, sí, pero antes había sido emperador del mundo. Churchill escribió memorias hasta el final. De Gaulle no se calló nunca. ¿Vamos a reprocharle a Juan Carlos I que, a los 87 años, quiera contar su versión antes de irse?

Quien lo haga debería aplicarse el cuento: si mañana le prohibieran a usted hablar de su vida porque “molesta” a sus sucesores, ¿se callaría encantado?

Algo va profundamente mal

El verdadero escándalo no es que Juan Carlos I haya hablado. El verdadero escándalo es que en la España de 2025 haya que justificar que el Rey que trajo la democracia tenga derecho a recordar su obra.

Mientras el emérito es tratado como un apestado –excluido de actos oficiales, ninguneado en aniversarios que él mismo hizo posibles–, los herederos políticos de quienes ponían bombas en la calle y asesinaban guardias civiles pasean por el Congreso, cobran sueldos públicos y deciden el futuro de leyes que reescriben la Historia a su gusto.

Esa es la gran “distorsión interesada” que debería preocuparnos.

El vídeo de Juan Carlos I no es una provocación. Es un recordatorio. Y, sobre todo, es un acto de dignidad de un hombre que –con todos sus errores, que son muchos y graves– también tiene derecho a decir: yo estuve allí, y esto es lo que pasó.

Que la Zarzuela se incomode es comprensible: quieren proteger la imagen de Felipe VI y evitar cualquier sombra. Pero que un mensaje tan sencillo, tan institucional y tan sensato genere rechazo oficial dice mucho más de la temperatura política del país que del propio Juan Carlos.

En definitiva: no hay nada reprochable en ese vídeo. Ni una palabra fuera de lugar. Solo un anciano pidiendo memoria limpia y apoyo a su hijo.

Si eso molesta, el problema no está en Abu Dabi. Está en Madrid.

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