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Pedro Sánchez lleva semanas en un mutismo público que contrasta llamativamente con la hiperactividad comunicativa que en muchos momentos le ha caracterizado.
El marido de Begoña, que nunca dejaba pasar una semana sin un mensaje, un acto o una declaración que marcara la agenda, ha reducido -atribulado la marea de corrupción que le envuelve- su presencia pública a la mínima expresión, delegando en sus portavoces y en sus ministros las respuestas a una acumulación de frentes judiciales y políticos que no tiene precedente en la historia de la democracia española.
Ese silencio no es resignación. Es cálculo.
Y lo que está calculando, según las fuentes más cercanas al presidente que los medios de investigación han podido contrastar, es la combinación más favorable de tres variables que en este momento definen su supervivencia política: el calendario electoral, la ingeniería del censo y la resistencia que sus socios periféricos puedan mantener ante la presión para que le retiren el apoyo.
Yo creo que los mierdas de extrema izquierda no son conscientes del nivel de hasta los cojones que estamos de aguantar sus chulerias y bravuconadas y que vamos al límite de la paciencia. pic.twitter.com/pIerDVWYDU
— Astur Gladiator ðªð¸ (@GladiatorAstur) July 10, 2026
El pucherazo que sigue en marcha en la sombra
Mientras la presión judicial se intensifica y los sumarios crecen, Sánchez trabaja en silencio en la operación electoral más ambiciosa que ningún gobierno español ha intentado en democracia. El Censo Electoral de Españoles Residentes Ausentes (CERA) sigue creciendo a un ritmo de entre 10.000 y 16.000 nuevos inscritos al mes, gracias a la combinación de la regularización masiva de inmigrantes y la aplicación extensiva de la Ley de Nietos mediante instrucciones administrativas firmadas por Sofía Puente, hermana del ministro Óscar Puente, que han convertido una ley de reparación histórica en una autopista de nacionalización masiva.
Las cifras que manejan los analistas electorales son las que explican la urgencia con que Ferraz ejecuta esa operación. El CERA ha pasado de 2,3 millones en las elecciones de 2023 a más de 2,7 millones en la actualidad, con proyecciones que apuntan a tres millones para 2027. En las 18 provincias pequeñas que los estrategas del PSOE identifican como estratégicamente decisivas, unos pocos miles de votos exteriores adicionales pueden cambiar el reparto de escaños de forma determinante.
Esa operación no se detiene porque los tribunales investiguen la corrupción del Gobierno. Se acelera. Porque Sánchez sabe que si las elecciones se celebran con el censo actual pierde, y que si puede ensancharlo lo suficiente antes de convocarlas, las probabilidades mejoran aunque no garantizan nada. Es la lógica del que juega sus últimas fichas: no hay nada que perder acelerando la apuesta.
La presión judicial que se ha vuelto inclemente
Lo que ha cambiado en las últimas semanas es la intensidad de la presión judicial, que ha alcanzado un nivel que ya no puede ser gestionado por el aparato comunicativo del Gobierno por muy sofisticado que sea.
La imputación del secretario de organización del PSOE, Juan Manuel Serrano, por el juez Pedraz ha llevado la investigación al corazón del aparato del partido. La previsible imputación de Rafael Hernando añade otro eslabón. La declaración del empresario Joaquín Parra ante la Audiencia Nacional, confirmando que Leire Díez actuaba «en nombre de Pedro» y «de parte del Gobierno», ha añadido el testimonio más directo hasta la fecha que conecta al presidente con las operaciones de la red investigada.
El Tribunal Supremo ha condenado a Ábalos a 24 años y a Koldo a 19 años y ocho meses. Zapatero está imputado por seis delitos. Begoña Gómez va a juicio oral. El caso SEPI tiene tres presidentes imputados. La UCO sigue investigando con Balas al frente, a pesar de los intentos de apartarlo mediante el ascenso burocrático. Y la libreta de Leire contiene todavía nombres y operaciones que el secreto sumarial protege pero que eventualmente saldrán.
La presión es inclemente porque ya no es solo política: es judicial, y la justicia no depende de las encuestas ni de las alianzas parlamentarias. Los jueces que están dictando estas resoluciones no son más fáciles de manejar que los que dictaron las condenas a Griñán y Chaves por los ERE andaluces. Y el sumario del caso Leire tiene la dimensión y la solidez que aquellos también tenían.
La apuesta a cara o cruz: los socios antiespañoles como última línea de defensa
En ese contexto, la estrategia de supervivencia de Sánchez descansa sobre una base que él mismo ha descrito como sólida pero que en la práctica es cada vez más frágil: el apoyo de sus socios periféricos.
Junts acaba de votar con PP y VOX para pedir la dimisión del presidente. ERC está dividida entre quienes ven la legislatura como agotada y quienes prefieren esperar. El PNV extrae concesiones pero sus propios datos electorales en Euskadi le advierten sobre el coste de seguir apareciendo como el salvavidas permanente de un Gobierno acorralado. Y Bildu, el socio más antiespañol del conjunto, tiene sus propios cálculos sobre cuánto tiempo más le conviene mantener a Sánchez en el poder.
La apuesta de Sánchez a cara o cruz consiste en confiar en que ninguno de esos socios encuentra más rentable provocar elecciones ahora que esperar a que el escenario mejore. Es una apuesta que tiene cierta lógica: Junts ha cobrado la amnistía, el PNV ha cobrado el Cupo y ambos tienen todavía concesiones pendientes de materializar que perderían si hay elecciones anticipadas. Y Bildu tiene incentivos propios para mantener en el poder a un gobierno que los trata como socios legítimos en lugar de como herederos de la banda terrorista que asesinó a casi mil personas.
Pero esa lógica tiene un límite. Cuando la acumulación de escándalos judiciales alcanza un punto en que asociarse con el Gobierno produce más coste reputacional que beneficio político, los socios que han cobrado lo que tenían que cobrar empiezan a buscar la salida. Y Junts, con su voto de esta semana junto a PP y VOX, ha enviado la señal más clara hasta la fecha de que ese punto de inflexión puede estar más cerca de lo que Ferraz quería creer.
El calendario que Sánchez maneja: febrero de 2027 o la trampa del juicio
La variable que articula todo el cálculo de La Moncloa es el juicio de Begoña Gómez, cuyo inicio ante la Audiencia Provincial de Madrid con jurado popular está previsto para la primavera de 2027 según los plazos procesales habituales.
Unas elecciones en febrero de 2027 evitan que la campaña coincida con el espectáculo de la esposa del presidente declarando ante doce ciudadanos elegidos al azar por tráfico de influencias, corrupción en los negocios y malversación. Unas elecciones en julio de 2027, el plazo legal máximo, casi garantizan esa coincidencia.
Esa es la razón real del adelanto que La Moncloa está preparando en silencio mientras sus portavoces dicen públicamente que se agotará la legislatura. No es la ingobernabilidad. No es el bloqueo presupuestario. Es el juicio de Begoña como variable electoral que ningún equipo de comunicación puede gestionar si coincide con la campaña.
El pucherazo del censo debe estar suficientemente avanzado para febrero. Los socios deben seguir en línea hasta entonces. Y la presión judicial debe ser resistida sin que ningún frente se desborde de forma irreversible hasta que las urnas hablen.
Lo que las encuestas dicen y lo que Sánchez no puede cambiar
Las encuestas más recientes sitúan al bloque PP–VOX por encima de los 200 escaños, con el PSOE perdiendo votos de forma sostenida y Sumar en caída libre hacia la irrelevancia parlamentaria. El trasvase de votantes socialistas hacia el PP supera las 366.000 personas según los sondeos más detallados, una cifra que refleja un cambio real en la percepción de un electorado que ha tenido que digerir las condenas de Ábalos, la imputación de Zapatero y el juicio inminente de Begoña.
Lo que Sánchez no puede cambiar con ninguna operación de ingeniería electoral es la percepción de un partido marcado estructuralmente por la corrupción. El pucherazo puede ensanchar el censo. Los socios pueden aguantar hasta febrero. Pero la imagen de un PSOE cuyos dirigentes van a juicio, cuyos expresidentes son imputados y cuya sede fue registrada por la policía no se corrige con instrucciones administrativas firmadas por la hermana de un ministro.
La encrucijada de Sánchez en el verano de 2026 es la del político que ha apostado demasiado a demasiados frentes simultáneamente. El pucherazo en marcha. La presión judicial inclemente. Los socios antiespañoles como última línea de defensa. Y el juicio de Begoña como reloj que marca los tiempos reales de todo lo demás.
Cara o cruz. Y la moneda todavía está en el aire.
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