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De buenos y malos reporteros

Alfonso Rojo 30 Sep 2008 - 08:00 CET
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MADRID, (ABC)

No figura en la lapida de Kapuscinski, cuyos restos reposan en un cementerio de Varsovia desde enero de 2007, pero cuyo espíritu sigue vagando por el mundo, como hizo su cuerpo en vida.

En la catedral londinense de San Pablo, en la losa que cubre la tumba de William Howard Russell, aparece grabada la frase: “Fue el primero y el más grande de los corresponsales de guerra”.

Entre las hazañas de Russell se incluye haber estado en Balaklava, cuando la Brigada de la Caballería Ligera lanzó su suicida carga contra la artillería rusa durante la Guerra de Crimea. Estuvo allí y lo contó magistralmente. Su relato se publicó en el Times el 14 de noviembre de 1854 y –siglo y medio después- sigue siendo una clase de reporterismo.

Lo mismo ocurre con los artículos de Kapuscinski y con sus 19 libros. Puestos a buscarle epitafio y aunque en España tenemos alguno como Leguineche tan bueno o mejor que él, al polaco le corresponde haber sido uno de los “más sensibles, brillantes y comprometidos” reportero de la segunda mitad del siglo XX.

Esto no significa que uno comparta todas sus tesis. Decía Kapuscinski, por ejemplo, que las malas personas no son buenos reporteros, “porque no pueden comprender a los demás ni ser apreciados por ellos”.

A lo largo de los treinta años que he estado dando tumbos por el planeta, saltando de catástrofe en catástrofe, he topado con un puñado de canallas, a quienes no confiaría el traslado de mis hijos al colegio, pero que hacían un trabajo periodístico excelente.

Afirmaba el polaco que lo suyo no era una vocación, “sino una misión». Sobre esto, debo confesar que la única vez que me plantee el reporterismo de esa manera y ocurrió cuando empezaba en las húmedas montañas de Nicaragua, terminé mintiendo a los lectores, ocultando crímenes y manipulando la realidad, porque pensaba que así ayudaba a los “buenos”.

Como ya habrán imaginado, me estoy refiriendo a los sandinistas. Para no hacerles “publicidad negativa”, escribíamos que eran los revolucionarios generosos, que no mataban, y fusilaban.

Decíamos que llegaban limpios y la lo que limpiaron fue el país, porque robaron casi todo. Con estas cosas del periodismo, no se juega.

Ni fuera, ni en casa.

ALFONSO ROJO

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