Un Gobierno no carcomido por la corrupción y con una Policía y un Ejército capaces de meter en vereda a los señores de la guerra, incluyendo a los talibanes y sus amigos de Al Qaida. No vamos con paso firme por ese camino.
Ayer, los malvados se apiolaron a Abdullah Laghmani cuando, el número 2 del servicio de inteligencia afgano, salía de una mezquita.
Un terrorista a pie, embutido en un chaleco explosivo se acercó, pulsó el detonador y se fue al infierno llevándose con él a Abdullah y a otras 22 personas.
La abundancia de tarados dispuestos a inmolarse de esa manera, sumada a la facilidad que la falta de pavimento da a los atentados con bomba en las carreteras, complica mucho las cosas, pero no es lo esencial. Lo crucial es tener voluntad de combate.
Obama ha calificado la de Afganistán como «una guerra necesaria», en oposición a la de Irak, que en su opinión era «una guerra elegida». Ha enviado ya 17.000 soldados suplementarios, pedido a sus aliados que arrimen el hombro y nombrado comandante en jefe al expeditivo general McChrystal, quien subraya que el conflicto sólo se puede ganar acabando con el «combustible» que alimenta a los talibanes: la heroína.
No se si se acuerdan, pero tanto el ministro Moratinos como la ministra Chacón, a los que responsables locales han pedido más de una vez que el contingente español use sus helicópteros y blindados para atacar a los traficantes de droga, ya han dicho que no estamos allí para eso.
No son los únicos que se han puesto de perfil.
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