Pobre Akin, candidato republicano al Senado por Misuri; la que le ha caído, por parte de los suyos y de los otros. Está pagando el precio de haberse saltado las consignas de la dictadura de lo políticamente correcto, y helo ahí, crucificado en el Gólgota de la política por un delito inexistente. Por el agitprop que castiga a los políticos que como él, defienden el cristianismo, el matrimonio tradicional y a los no nacidos; una especie de Mayor Oreja yanqui, de los que ya quedan pocos, para nuestra desgracia. Lo que sí debería contemplarse como delito es sacar de contexto respuestas o frases sueltas con el obsceno fin de manipular al ciudadano, apelando a su esfera emocional más profunda e irracional. Es una táctica común y de siempre, pero no por ello aceptable, sobre todo cuando lo que se pone en entredicho es el honor o la credibilidad de una persona. ¿Dónde colocamos la línea divisoria entre la reinterpretación de unas palabras descontextualizadas y la calumnia?
Las palabras de Todd Akin hay que situarlas en el escenario real donde fueron pronunciadas. Fue en el transcurso de una entrevista en la KTVI-TV. Cuando le preguntaron si él apoyaría el aborto en un caso de violación, contestó que, por lo que había leído de los expertos, le parecía que era muy “raro”, y que si se trata “de una violación legítima, el cuerpo femenino tiene formas para tratar de evitar tal cosa”. Así es realmente. Es tan “raro”, que los embarazos por violación solo constituyen el 0,3 por ciento de la casuística. Su respuesta, lejos de escandalizarme, me demuestra que está al corriente de las diferentes investigaciones publicadas sobre la materia, un ejemplo que deberían seguir otros políticos. Cuando alude a violación “legítima”, no estoy en su mente, pero creo que intenta diferenciar entre las violaciones producidas en el seno del hogar por parte de maridos cafres que se creen que la mujer es parte de su hacienda, y la violación por asalto, mucho más terrible, que genera en la víctima un trauma conocido como Síndrome de Estrés Post Traumático. Creo que esa fue toda la maldad, y unas palabras aclaratorias deberían haber deshecho el entuerto del candidato a senador, pero ahí estaba Obama para erigirse en falso defensor de las mujeres y su libertad inherente de eliminar a sus hijos como si fuesen quistes, amonestando de paso a los hombres que se atreven a opinar sobre el derecho de los bebés en gestación. Y ahí estaba también el candidato presidencial republicano, Mitt Romney, que le faltó tiempo para echar a su compañero de partido a los leones, tildando sus comentarios de “insultantes, inexcusables y francamente equivocados”.
Esta polémica me mueve a sacar a la palestra lo que en su día publiqué sobre el embarazo por violación, uno de los supuestos de la Ley de Despenalización del aborto española del 85. Afortunadamente, las violaciones no se producen continuamente, y las que llegan a consumarse no suelen tener entre sus consecuencias más comunes el embarazo. Esto es debido, primero, a la elevada tasa de disfunciones sexuales que padecen los violadores. Estudios sobre esto constatan que en un porcentaje elevado de casos –debido a esa disfunción—o bien el agresor no finaliza el acto, o la mujer no es expuesta al esperma; segundo, porque debido al estrés, la víctima puede padecer un periodo de infertilidad temporal, y tercero, porque puede estar en el ciclo infértil. Pero, ¿qué hacemos con ese 0,3 por ciento de mujeres que se quedan embarazadas tras haber sido violadas? Vamos a cambiar de sujeto: ¿Qué hacemos con ese porcentaje de bebés en gestación como consecuencia de una violación de la que ellos no tienen culpa? La respuesta no puede ser más lógica a non ser que seamos unas acémilas: preservarles su derecho a la vida y favorecer su nacimiento. Pero analicemos otros vectores. Si un aborto provocado causa graves desórdenes psicológicos, el aborto como consecuencia de una violación los causa más hondos aún, y lejos de solucionar el problema, los agrava. En el caso de aborto por violación se pretende responder a un acto violento con el más violento de los actos, la muerte de un ser inocente. Eliminando el embarazo se cree poder eliminar el trauma de la violación pero lo que se consigue es agudizar el problema. (Doctora Sandra Mahkorn, Pregnancy and Sexual Assault, New Perspectives on Human Abortion, 1981).
Si la víctima de una violación descubre un tiempo después que está embarazada, ¿se puede justificar la eliminación del inocente que ahora crece dentro de su ser? ¿No está siendo más cruel aún que el salvaje que la agredió? Un aborto solo incrementaría las secuelas causadas por la violación. Con él se elimina el signo más evidente, pero no las profundas heridas psíquicas de haber matado al propio hijo. Así le ocurrió a Lianne Azevedo que se sintió miserablemente engañada cuando tras haberse quedado embarazada por una violación le dijeron que el aborto conseguiría borrar para siempre todo vestigio de la agresión, y ocurrió todo lo contrario: nada más hacerse el aborto le asaltaron los remordimientos porque empezó a considerar que había cometido un crimen peor que la violación.
La mayoría de las mujeres que se practicaron un aborto después de haber sido violadas reconocen que fue nocivo para ellas y que sintieron más vergüenza y sensación de culpa que tras la violación. Muchas abortaron por presiones familiares y sociales. Por el contrario, de las que han tenido a sus hijos, ninguna se arrepintió de haber optado por la vida del niño, y la mayoría manifestó que sus hijos habían aportado paz a sus vidas. (Victims and Victors: Speaking Out About their Pregnancies, Abortions and Children Conceived in Sexual Assault, Ed. David C. Reardon, Julie Makimaa and Amy Sobie.
Una mujer que decide tener al hijo producto de una violación está optando por el amor dejando a un lado la venganza. Ha sacado de un acto execrable, de una desgracia personal y familiar algo bello y positivo que es salvar al niño inocente. Es el triunfo del amor sobre la violencia, del cual ella es el único artífice.
Comprendo que estas ideas, en una sociedad relativista que aborta por comodidad, por capricho o por derecho, no son ni social ni políticamente correctas, y a más de uno le parecerán anticuadas. Estoy plenamente consciente y lo entiendo. Sé que es un tema espinoso y no tendría por qué meterme en estos jardines. Pero no estaría siendo fiel a uno de mis lemas “a favor de la vida siempre” mostrando el auténtico valor de la vida humana, independientemente de cómo haya sido concebida y de cuáles sean sus condiciones físicas. Si hemos colocado el derecho a la vida como el primero de los derechos fundamentales, todas las excepciones y supuestos de las leyes del aborto se caen por sí solas. En el próximo artículo, algunas madres nos cuentan la experiencia de haber dado a luz a niños concebidos en una violación.
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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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(23/08/2012)
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