Es la vuelta al horror de siempre. Las bombas, colocadas para provocar una bestial carnicería, explosionaron no lejos de las discotecas donde se baila toda la noche y de los hoteles donde descorchan botellas de champán a 1.000 dólares.
La embajada de Irán queda al sur de Beirut, en una zona controlada por los fanáticos islamistas y el doble atentado ha despertado todos los demonios.
Las Brigadas de Abdalá Azzam, banda ligada a Al Qaeda, sacó a toda prisa un comunicado en el que afirma que la matanza – 25 muertos y más de 150 heridos- tiene por objeto presionar a Hezbolá para que se retire de Siria y libere a los rehenes.
Sirayedin Zreikat, uno de sus facinerosos, ha subido un mensaje a Twitter en el que dice: «Ha sido un acto de inmolación de dos valientes suníes libaneses».
Es muy probable que la reivindicación sea auténtica, pero los ayatolás iraníes y sus compinches chiítas no han dudado un momento en señalar a Israel.
Eso siempre funciona en Oriente Próximo, donde a nadie se le oculta que, a falta de estabilidad y de vecinos seguros, la mejor solución para los israelíes es que no haya solución en Siria.
El régimen sirio acusa veladamente a Arabia Saudí: «El olor de los petrodólares exhala de los ataques en Siria, en Líbano y en Irak».
Líbano lo ha visto todo. Una guerra civil espantosa, que se extendió de 1975 a1990, una ocupación militar traumática que alteró los delicados equilibrios de poder entre grupos étnicos y religiosos, asesinatos a manta de personalidades y un desquiciamiento general.
La de ayer, sólo es una matanza más. Y cualquier posibilidad es creíble.
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