Pertenezco a una generación que se educó en el convencimiento de que la guerra era imposible en Europa y que el horror, la tortura y la mutilación sólo podían ocurrir en parajes lejanos. Tras lo ocurrido en la antigua Yugoslavia, cuna de premios Nobel de Literatura, parte de esa coraza protectora se resquebrajó.
La idea de que la cultura es un antídoto frente a la barbarie, es errónea. La Alemania del Holocausto era el país de Kant, la Bauhaus y Leni Riefenstahl. Un vistazo a la lista de grandes canallas comprueba que los malvados son a menudo personas preparadas, con habilidad para la enseñanza y hasta talento musical.
Es obligado subrayar que -como españoles- somos parte de ese porcentaje de la Humanidad que habita en países donde impera la paz, se respetan los derechos humanos, se cumplen las leyes, existe Seguridad Social y el Estado se preocupa por los desfavorecidos. Nuestra sociedad no deja morir de hambre a los débiles, no tolera la brutalización de las mujeres, y trata de proteger al menesteroso.
El tener el extravagante privilegio de haber vivido 30 años como reportero de guerra, cubriendo desastres provocados por el hombre, permite comparar. Desde nuestra óptica no puede hablarse de civilización sin libertad, democracia e igualdad. Y aunque en el mundo arabo-musulmán haya grupos que batallen por liberalizar sistemas reaccionarios y atenuar el fanatismo, no se puede olvidar que el Corán tiene poco que ver con la Declaración de los Derechos Humanos.
ALFONSO ROJO
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