Todo era frondoso y verde. Caminábamos rodeados de robles, piornos y codesos, cubiertos con la bóveda azul salpicada de cirros que nos hacían guiños y nos animaban a no desfallecer mientras nos despedíamos del paisaje berciano.
Después del hospital de los ingleses fuimos abriendo los brazos para ser acogidos por la tierra galaica del Albariño, el Ribeiro, las filloas y las vacas marelas. Pero antes de finalizar la subida, comparable solo a Saint Jean Pied de Port, aún nos quedaba La Faba y la Laguna de Castilla. Desde allí le dijimos adiós a León, entre los pastizales y las amplias panorámicas de las tierras atlánticas que empezaban a asomar. La etapa había sido dura. Cada uno a su ritmo iba llegando al mojón jacobeo de los Santos, donde nos esperábamos para entrar juntos en O Cebreiro, apenas unos metros más allá.
El pueblo de O Cebreiro tiene su origen en la prehistoria, cuando todo era un gran bosque de acebos productores de las bayas rojas que tanto gustan a los mirlos y a los urogallos. Hasta hace poco más de medio siglo era un lugar de lúgubres pallozas que se hundían en la tierra. El auge del turismo impulsó su restauración dándole el aspecto actual. Todo en O Cebreiro es de piedra, por dentro y por fuera. Siempre sufrió las inclemencias climatológicas. En invierno, el puerto solía ser intransitable por la nieve. El peregrino Geoffroy Leroi dejó escritas estas palabras tras caminar a Compostela en el siglo XIV:
“Los tres días pasados en El Cebrero me tonificaron. Recuerdo las buenas peripecias conversacionales de sobremesa. Contra las pallozas, junto a la alberguería, crujía la nieve y el lobo”.
Hoy hay pocos lobos, pero en los meses de invierno la nieve sigue crujiendo y alfombrando el suelo para que los peregrinos dejen constancia de sus huellas. El emblema de este pueblo celta es su templo prerrománico del siglo IX, de tres naves separadas por pilares, rematado en triple cabecera, y una torre. Los benedictinos se mantuvieron en el lugar hasta la Desamortización. Destaca la capilla de San Benito, dedicada a los monjes fundadores, y la del Milagro, donde se expone el cáliz que dio lugar a una de las historias más bellas del Camino.
Diversas fuentes históricas y arqueológicas sostienen la veracidad de este hecho sobrenatural. Cuentan que allá por el siglo XIV, un sacerdote benedictino estaba celebrando la eucaristía y pensaba que nadie acudiría a oír misa en aquel día desapacible, de frío, viento y nieve. Sin embargo, a pesar de las inclemencias del tiempo, un campesino de Barxamaior, llamado Juan Sentín, acudió a la iglesia. El monje que, según la crónica, tenía poca fe, menospreció el sacrificio del parroquiano. Entonces, en el momento de la consagración, el cura vio cómo la hostia se convertía en carne visible y el vino del cáliz en sangre que hervía y teñía los corporales. Estos quedaron en el cáliz, y la sagrada forma en la patena. El monje y el campesino protagonistas del milagro tienen allí sus mausoleos.
Muchos peregrinos se acercaban a ver las ampollas con la carne y la sangre de Cristo. Nosotros seguíamos enfrascados en animada conversación sobre las reliquias que tanto había rentabilizado la Iglesia a lo largo del Medievo. Volvió a salir a la palestra el mito de Osiris, cuyos restos fueron esparcidos para “redimir” a la humanidad y que, después, Isis fue recogiendo hasta recomponer el cuerpo del dios. Las reliquias católicas serían un remedo de este patrón ancestral.
El milagro del cáliz dio pie a otro hecho prodigioso protagonizado por la reina Isabel la Católica. Cuenta la leyenda que cuando pasó por O Cebreiro y se enteró de la historia, debió pensar que el pueblo era demasiado remoto para acoger una reliquia de tanta importancia y decidió llevarla a un lugar más adecuado. Pero cuando llegó a Pereje, sus caballos se plantaron negándose a seguir adelante. La reina, entonces, dio la vuelta y no solo devolvió la reliquia a su sitio sino que les regaló a los monjes el relicario donde se guarda.
En el interior de la iglesia se conserva una talla románica de Santa María la Real. Dicen que la inclinación de cabeza de la Virgen representa el momento en que presenció el milagro. Al lado se encuentra la Hospedería de San Giraldo de Aurillac, edificada sobre los restos del antiguo hospital de peregrinos.
El milagro de O Cebreiro no tardó en extenderse por toda la cristiandad, afianzando así la creencia de Cristo en la eucaristía. Pronto se convirtió en el mayor símbolo de Galicia y hoy forma parte de su escudo.
Como teníamos toda la tarde por delante, hicimos sobremesa mientras el sol se iba inclinando hacia el océano que bate la costa gallega. Nos hicimos fotos con otros peregrinos, conversamos y nos intercambiamos direcciones. Llevaban más prisa que nosotros. Una viejecita del lugar con ganas de charla nos mostró fotos antiguas y nos contó la curiosa historia de las flechas amarillas.
—Denantes non había istas marquiñas e os pelegrinos non sabían cómo siguir e perdíanse no monte. Foi un cura deiquí o que as inventou. Chamábase don Elías e era un gran home. Deus o teña na sua gloria —dijo con voz entrecortada en un precioso gallego.
El relato de las flechas amarillas es apasionante. Cuando tras dos siglos de decadencia, en los años sesenta empezaron de nuevo las peregrinaciones, los peregrinos que llegaban a O Cebreiro se quejaban de lo difícil que les resultaba continuar a Santiago debido a la deficiente señalización, y lo mismo se podía decir del resto del recorrido.
Por esos años se estaba restaurando la iglesia de Santa María la Real y la hospedería. Los vecinos solían cobijar a los peregrinos en sus casas y el sacerdote acondicionaba una palloza con paja para que, por lo menos, durmiesen a cubierto.
Muchos tomaban rutas equivocadas. Los caminos habían desaparecido por la falta de uso, y la maleza había hecho el resto. Los políticos aún no habían caído en la cuenta del empuje económico que supondría la reactivación del Camino, y no se habían puesto manos a la obra para acondicionarlo.
Don Elías Valiña, párroco de O Cebreiro, tomó una iniciativa original. Compró restos de pintura amarilla, de la que se utiliza para señalizar las obras de las carreteras, y con una brocha empezó a trazar flechas en O Cebreiro; luego cargó los botes en su humilde Citroen “dos caballos” y se fue a Saint Jean Pied de Port. Desde allí, acompañado de una sobrina, pintó flechas amarillas a lo largo de todo el recorrido. Así, la Ruta Jacobea remedó el sendero de baldosas amarillas del Mago de Oz, que tan alegremente patearon Dorothy y sus singulares compañeros de viaje hacia Ciudad Esmeralda. Pero como cada año hay que volver a repararlas, en sus últimas voluntades, el cura dejó como encargo a la familia el mantenimiento de las señales. Gracias a este legado y a la colaboración de las asociaciones de Amigos del Camino, continúa este útil símbolo, tan humilde como emblemático.
(Fragmento de mi novela El Códice de Clara Rosenberg. De Roncesvalles a Compostela, La Regla de Oro Ediciones, Madrid, 2016).
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