Los cinco emprendieron rumbo a Bruselas con el plan de juntarse diez días después con el resto del grupo en Roncesvalles. Sergio estaba medio “averiado”. Se había hecho un esguince en un tobillo haciendo footing y no le convenía caminar; como mucho, podría hacer algún tramo en bicicleta o a caballo. Él llevaba el coche de apoyo, un Nissan Pathfinder azul oscuro de siete plazas. Así no tendrían que cargar con pesadas mochilas y evitarían molestar al Apóstol pidiéndole milagros para la espalda. Para Teresa era necesario, y Clara podría llevar a su maltesita. Galleta es como un peluche vivo, de pelo largo blanco con las barbas y las puntas de las patas marrones. Casi siempre la lleva consigo y eso le causa algún que otro problema cuando se encuentra con uno de esos horribles carteles que prohíben la entrada a los perros. Pero ya es una experta en burlar normativas.
Con el disgusto, Clara había perdido seis kilos en los últimos dos meses. Virginia y Teresa, ignorantes de la situación, le preguntaron si estaba haciendo alguna dieta. Para salir del paso les dijo que había hecho ayuno para desintoxicarse. Por sus caras dedujo que no la encontraban muy favorecida. Menos mal que los trajes ibicencos de bambula blanca que solía llevar en verano disimulaban su delgadez.
Virginia y Teresa, aunque sus viajes habían sido más por América que por los países vecinos, habían estado en Europa en varias ocasiones con sus alumnos del instituto. María había vivido en París, y para Sergio, como buen trotamundos, casi no existían rincones desconocidos. Clara había estado en Bruselas en dos ocasiones; la primera, en uno de esos itinerarios organizados a los fiordos noruegos, y la segunda en un viaje a la mítica Avebury, para ver in situ los agroglifos de los campos de cereales, conocidos como los círculos de las cosechas. Pero como iban a todo correr, no había podido saborear la ciudad, más allá de los lugares turísticos que muestran los guías, aunque sí pudo percibir el halo del merecido sello de capital europea, y su atmósfera cosmopolita. En esas ocasiones había recorrido deprisa la Grand Place, con envidia de las personas que consultaban sus planos, hacían fotos o, simplemente, admiraban los edificios históricos que circundan la plaza, mientras tomaban su lambic de la tarde.
Esta vez era distinto, y allí estaba ella, en la terraza del bar Le Roi de L’Espagne, en plena plaza, al lado del busto del rey de España Carlos II que lo fue también de Bélgica en el siglo XVII.
La mayoría de los edificios de la plaza fueron reconstruidos en los últimos cinco años del reinado del monarca español, tras haber sido bombardeados por los franceses en la Guerra de los Nueve Años. Los Países Bajos eran posesiones españolas hasta que fueron cedidos a Austria. La unión con España lo fue por el matrimonio de nuestra Juana I de Castilla, apodada “la Loca”, con Felipe el Hermoso, de Flandes.
Muchas casas de la plaza están decoradas con bustos de Carlos II y su escudo de armas. En el Ayuntamiento bruselense hay un cuadro ecuestre de “el Hechizado”, pintado por Van Orley.
Bruselas tiene tradición jacobea. La Catedral de San Miguel y Santa Gúdula ya era visitada por los peregrinos medievales, y en la iglesia del Buen Socorro se les prestaba ayuda. Desde este templo parte hoy la ruta por las dieciocho iglesias de los Países Bajos dedicadas a Santiago.
Mientras recordaban la historia, respirando globalización en diferentes lenguas, Clara consensuaba con Sergio sobre la visita al Parlamento Europeo al día siguiente. Habían quedado con Antonio Aguilar, un amigo eurodiputado, que les había gestionado la invitación y demás cuestiones burocráticas para entrar.
—Estoy pensando que no voy a ir —dijo Clara—. Estuve hace años y no me apetece volver. Prefiero ir a ver otras cosas.
—Pero ya hemos quedado con Antonio —repuso Sergio, algo confuso por su cambio de opinión—. Además, a las chicas seguro que les apetece. Mejor que lo hablemos con ellas a ver qué piensan.
—Si te parece, vas tú con ellas y yo voy a hacer fotos y a grabar imágenes para mi audiovisual. Mañana va a hacer buen día.
—¿Y Galleta? —preguntó Sergio.
—Me la llevo. Yo voy a estar prácticamente al aire libre.
—Pero llévate la mantita esa de rayas… —sugirió— para taparla por si tienes problemas al entrar en algún sitio.
—Sí, pero me da cierta cosa. Ya sabes lo respetuosos que son aquí con la ley. Te ponen multa por todo y, además… la vergüenza que se pasa. Prefiero no entrar donde prohíban perros. Imagínate que la ponen en cuarentena.
—No creo. ¡Esto no es Venezuela…! Bueno… ¡ni Argentina!
Sergio citaba el país caribeño y el de la Plata porque habían viajado allí con mascotas y habían tenido muchos problemas. Les habían hecho pagar “mordidas”, por encima de las tasas del aeropuerto y los organismos que controlan el tráfico de animales vivos. En esos países todo el mundo va a sacarse un dinero extra, y ya se ve como normal.
Los dos habían reído al recordarlo. ¡Habían vivido tantas experiencias juntos! A veces por un rato se olvidaban de la losa de la separación y hablaban como si aún fuesen la pareja divertida y eterna que compartía intereses y aficiones. Sergio procuraba alargar esos momentos en un intento de parar el tiempo. ¡La veía tan distante! En el fondo sabía que la había perdido, pero se negaba a resignarse.
Al día siguiente Sergio se fue con las tres mujeres al Parlamento Europeo, el sanctasanctórum donde se dirimen muchas de las leyes que rigen la cotidianidad de los europeos. Fue una experiencia provechosa, porque, prescindiendo de todo lo que hay detrás, de la organización que maneja los hilos, de toda la corrupción que se esconde bajo los escaños y en los despachos, es emocionante ver el gran hemiciclo en el que pueden entenderse veintisiete países que han vivido para la guerra a lo largo de los siglos, mientras Europa se formaba. Las guerras de sucesión entre naciones, las de religión entre católicos y protestantes o la cruzada contra los cátaros, dejaron su impronta, pero pertenecen a un pasado ya lejano. Y más cercano a nuestros días, ¡quién se acuerda del muro de Berlín, de Yugoslavia, de los Balcanes y, un poco más atrás, de aquel demonio llamado Adolf Hitler!
Sergio es bastante escéptico y no tiene ninguna confianza en los políticos. Aun así sacó su provecho de la visita al atanor de la Europa soñada por Schuman, Adenauer y De Gasperi, aunque duda de que fuera este el resultado que los tres hombres esperaban. Para Sergio, casi todo, incluida la política, es puro teatro. Su tesis es que somos peones en un ajedrez de gigantes; y que somos una granja de otros seres superiores que nos manipulan. Muchas de las tramas de sus novelas discurren por ese mundo de las conspiraciones.
Clara le preguntó si había visto a los lobbistas, y para su sorpresa le dijo que sí, que los había por todas partes, y que tenían las oficinas muy cerca del Parlamento.
—Y no se esconden… —murmuró Clara—. ¡Cómo pueden estar ahí, a la luz, a la vista de todos! Sería menos vergonzoso si estuviesen en la clandestinidad… Es inadmisible que haya grupos que presionan a los europarlamentarios para que voten leyes que favorezcan a sus industrias, aunque vayan en contra de la salud y el bienestar de los ciudadanos… y del planeta…
—Pero como son legales… ahí están —dijo Sergio adoptando cierto tono de resignación.
Como alternativa, Clara había optado por ir a la Catedral de Saint Michel, una joya gótica del siglo XV, y después a dar una vuelta por los mercadillos. Suelen estar muy concurridos, y en ellos se puede encontrar comida, ropa, antigüedades o libros de quinta mano, incluso apolillados. En el Grand Sablon compró uno sobre Egipto con fotos de excavaciones, publicado a principios del siglo pasado, pero nada especial, aunque casi se lo quita de las manos un alemán de barba larga. Es muy interesante ver la diversidad de gentes que revuelven los puestos en busca de la ganga inesperada.
Moverse por la ciudad resulta muy fácil para el viajero, sea en tranvía, autobús, metro o coche de caballos. El tranvía ofrece la oportunidad de respirar bocanadas de ciudad y ver rincones sin estatuas, que no figuran en ninguna guía, porque no son importantes.
Bruselas es una de las ciudades más caras de Europa, pero, en contra de lo que se cree, a pesar de su aparente frialdad, es visible la educación, la amabilidad y el civismo de sus habitantes. Clara tenía la sensación de que todo el mundo quería contribuir a que su estancia fuese agradable y lo estaban consiguiendo.
Cuando hay poco tiempo y se quiere ir a tiro fijo, nada mejor que quedar con un greeter, una especie de guía, capaz de desvelar al viajero todos los secretos de la ciudad. Curiosamente, muchos de estos cicerones son extranjeros.
El entorno del edificio de la Bolsa congrega un gran número de bares, con mesas fuera, para hacer un alto y sentarse a tomar algo, mientras se observa el bullicio en las horas punta.
El público ha descubierto el placer de contemplar las ciudades iluminadas bajo la bóveda estelar; por eso se han puesto de moda las terrazas de copas en los áticos de los edificios. Los muy esnobs no resisten la tentación de ir a cenar al Belgium Taste. Es el restaurante del Atomium, situado en la bola de arriba, a cerca de cien metros del suelo. Subir allí a tomar poularde para airearlo en Instagram y en el Facebook, a Clara no le seducía nada, aunque reconoce que la vista es espectacular. Prefirió hacer la visita por la mañana y aprender un poco sobre la energía nuclear, en el famoso monumento, símbolo de Bruselas en el mundo, y una de las maravillas de la época moderna.
Las esferas plateadas del Atomium, representando los nueve átomos de un cristal de hierro alfa, son los espejos que en la noche reflejan cientos de luces trocándolas en una luciérnaga gigante. Premonitorio acierto de su promotor, el ingeniero Waterkeyn, al proponerlo como emblema de la Exposición Universal de 1958, celebrada en Bruselas.
Paseando es fácil encontrarse con algún personaje de cómic, pintado a gran escala en las fachadas. Hay como unos veinte y lo consideran una manera de homenajear a sus dibujantes.
Otro de los símbolos de la ciudad es el Manneken Pis, la escultura de un niño orinando en una fuente. Virginia no entiende por qué algo tan soso tiene tanta fama.
—¡Qué raros son estos belgas, después de todo! —dijo Virginia—. Mira que tener esto como uno de los símbolos de la ciudad.
—Raros ellos y los turistas —repuso Teresa—, porque parece que es obligado ir allí. Además, según dice el folleto, lo visten de bombero y con otros trajes gremiales en determinados días.
—Sí. Tienen incluso una Asociación de Amigos del niño ese. Sobre él hay una leyenda muy bonita. Cuentan que en el siglo XIV, en las murallas había muchas bombas, y que un niño fue orinando y apagando las mechas… De esta manera se salvó la ciudad.
—Ahora —terció Sergio— también han colocado la estatua de una niña haciendo pis.
—Debe ser por eso de la igualdad —comentó María con cierto aire displicente.
—Pero esta no es la estatua original —insistió Virginia—. Leí que la auténtica fue robada en varias ocasiones, la última, hacia los años sesenta. Tuvo un gran eco mediático. Cuando apareció tenía tanto relieve internacional que todo el mundo venía a hacerle fotos.
—Lo mismo ocurrió cuando robaron el Códice Calixtino de la Catedral de Santiago —puntualizó Clara, mientras escribía en la tablet la entrada para el blog—. Nadie, salvo los eruditos, valoraba el libro, pero cuando apareció fue expuesto al público y se formaban grandes colas para verlo. Muchos se enteraron entonces de su existencia.
—Anda, pero tú no estás escribiendo? Creí que no estabas al tanto de la conversación —dijo Teresa dirigiéndose a Clara.
—En realidad, ya estaba poniendo el punto final. Ya he terminado. Solo tengo que subirla al blog.
—¿Me dejas que la lea? —preguntó Virginia, mientras estiraba la mano—. ¿Puedo leerla en alto?
—Como quieras —contestó Clara.
Virginia empezó a leer el texto de Clara con una entonación excelente. Parecía que estaba locutando un documental:
El Palacio Real de la Moneda y el Museo del Cómic, donde los amantes de Tintín pueden admirar a su héroe, son también un atractivo para el viajero. Pero, más allá de los monumentos, en Bruselas se come y se bebe muy bien. Los degustadores de cerveza disfrutan de lo lindo con esta bebida de fama, y también es típico el vino caliente conazúcar, una costumbre que se pierde en la noche de los tiempos, cuando se empleaba para combatir el frío del invierno. En Asturias y en Galicia aún perdura esta tradición, y las menciñeiras lo recetan para curar los catarros. El Delirium Café es casi visita obligada para los amantes de la cerveza, donde tienen una variada oferta.
Carnes, aves, salchichas y quesos constituyen la base de la gastronomía bruselense que se sustancia en una simbiosis entre la cocina francesa y la alemana. En las famosas friterías de la calle, al estilo de los puestos de churros españoles, se pueden comprar sabrosos tentempiés para comerlos paseando o en algún rincón agradable. Tienen fama las patatas fritas recién hechas que sirven en un paquete, acompañadas de variedad de salsas, que se suelen comer dando un paseo o sentados a la sombra.
Pero el rey de las cosas de comer es el chocolate, el buen chocolate negro. Los belgas empezaron con su elaboración poco tiempo después de haberlo traído del Nuevo Mundo los españoles. Son los grandes magos del cacao y los inventores del praliné. En algunos escaparates tienen fuentes que manan chocolate, auténtico elixir de la eterna juventud, piedra filosofal, oro de los alquimistas, provocador de éxtasis en los transeúntes que pegan su nariz golosa a la vitrina.
—¡Muy buena descripción! —dijo Sergio—. Realista, sí señor. Cualquiera que lea esto, viene a Bruselas corriendo, aunque solo sea para ver los escaparates de chocolate y darse un pequeño banquete.
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