Aquí cada grupo, partido, autonomía o supermercado hace una legalidad a su medida. No para intentar aunar la voluntad de la mayoría y lograr normas que perduren en interés de la comunidad intentando interpretar la voluntad del pueblo soberano, sino retorciendo las normas para improvisar y saltarse sobre la marcha, en interés de cada secta, los límites de la legalidad.
El gobierno, especialista en ese retorcimiento, para salvar sus propias actuaciones, ha modificado el código penal exigiendo que haya ánimo de lucro para malversar. Pero sea para lucrarse uno mismo, beneficiar a un tercero, hágalo por sí mismo o por medio de un testaferro, malversar es malversar.
Elegidos en la misma votación, los dos poderes, legislativo y ejecutivo, son en nuestro sistema uno, como estamos viendo. Al haberse precipitado los hechos que urgen al Presidente, ese único poder omnímodo no ha parado hasta lograr el infame pacto para controlar al tercero, el judicial. Y para el cuarto, la prensa, el único poder derrocha subvenciones y amenaza con la mordaza.
Un grupo de juristas mercenarios al servicio de sectas y grupos políticos se prestan a prostituirse con ese fin.
Ex-jueces ministros y ministros friquis, miembros de los colectivos que los han puesto, desbordan la hipocresía y hasta la indecencia y con hipotecas pendientes o expectativas futuras se pelean por arrastrarse y besar los pies de la señora de su amo. Esta prostitución, a diferencia de la otra, no tratan de abolirla.
«Milagro de Sánchez», ha escrito Ramón Arcusa en X, que ha llamado a mezclar en un decreto-ley el IVA del aceite y la modificación de la ley de enjuiciamiento criminal para lograr la impunidad de Puigdemont «una falacia política untada con aceite».
Lo que ha traído este tema de las legalidades múltiples, junto al Estado autonómico y la desorganización y el desgobierno ineficiente de las cosas públicas básicas, aparte de un montón de indecencias, palmeros y jetas arrodillados sin apenas espacio en el escaño del Parlamento o en su covachuela regional, es que cuando a ti te pase algo en una ciudad la tuya, o una ajena, española, unos vándalos te rompan las lunas o los retrovisores del coche o lo que sea, tú acudas a la policía o pares a un policía en la calle se lo expliques y te conteste que no es competencia suya.
Con independencia de que las competencias de un estado en materia de orden público no debieran disgregarse a traves de policias diversas, perdiendo así el Estado el monopolio del uso de la fuerza, su propia esencia, lo que de ninguna manera puede ser es que esa tarea de coordinar y determinar la competencia hasta lograr el amparo de la policía competente, la tenga que llevar a cabo el ciudadano en la propia calle y no cualquiera de las policías, la que sea, que dé parte a quien corresponda para garantizar la tutela efectiva e inmediata del ciudadano y no que diga que él no puede hacer nada y tenga que ir el ciudadano al otro extremo de una ciudad desconocida, provincia o comunidad.
Esta iba ser la Administración de proximidad y la transparencia envuelta en artificiosidad de las notificaciones electrónicas para alejar cada vez más a la gente de las Administraciones estatal, autonómica o local que iban a estar cada vez más cercanas. La violación administrativa más flagrante del principio de igualdad constitucional que deja indefensa, no a Begoña Gomez, sino a una generación entera que ni tiene ordenador, ni tablet, ni siquiera teléfono móvil, cuya tenencia, que yo sepa, no es de nomento obligatoria.
Mientras, el poder pretende envolver sus intereses en palabrería vana dentro de su «estrategia social corporativa» y para eso tienen Catedráticas de Prima que emplean anglicismos cursis y modelos de comunismo Chanell, con más atrevimiento que un bombero torero, porque, no importa la que armen, que aquí y tenemos un sastre de Panamá o de República dominicana y, de un día para otro, hacemos trajes legales a la medida.
Quizás nos fuese mejor si fuésemos conscientes de que podemos ser, con suerte, relevantes para nuestros afectos pero en absoluto para el mundo. Lo paradójico es que cuanto más irrelevantes son los personajes que nos rodean, más avidez tienen curiosamente de poder, de hacerse un traje de nueva legalidad, de hacer más ruido y desde más alto, precisamente para poder soportar su propio malestar y sinsustancia y convivir con su propia inanidad. Ese es su drama y nuestro castigo.
Victor Entrialgo