(…) «La corrupción actúa como un disolvente y profundamente nocivo para cualquier país. Disuelve la confianza de una sociedad en sus gobernantes y debilita en consecuencia a los poderes del Estado. Pero también ataca de raíz a la conexión social , en la que se fundamenta la convivencia de nuestra democracia, si a la sensación de impunidad y a la lógica por la envergadura de los hechos que están siendo investigados, la lógica respuesta de la justicia se une a la incapacidad de asumir las más mínima responsabilidad política por los actores concernidos. La corrupción merma la fe en la vigencia del Estado de Derecho cuando esta campa a sus anchas o no hay una respuesta política acorde a la entidad del daño que se ocasiona.
Y en último término, la corrupción destruye la fe en las instituciones, y más aún en la política, cuando no hay una reacción firme desde el terreno de la ejemplaridad» .
¡ No, no sé confundan! No se trata de la famosa «Apología de Sócrates» –la histórica y clásica obra de Platón– que nos brinda una versión del discurso que Sócrates pronunció en su propia defensa ante los tribunales atenienses, en el juicio en el que se le acusó de corromper a la juventud y de no creer en los dioses de la polis. Tampoco se trata de unos párrafos escogidos y sacados de un moderno tratado de «Ética sociopolítica» y escrito por algún insigne ensayista actual de los que marcan tendencia entre los modernos gobernantes.
Posiblemente ya han caído en la cuenta de quién es el insigne autor de esta moderna apología de la honradez política que todo gobernante, que se precie de demócrata, honesto e incorrupto, debe llevar impresa en su carta de presentación.
El preclaro e iluminado autor de estas moralizadoras, éticas e, incluso, estéticas afirmaciones casi filosóficas, no es ni más ni menos, que nuestro actual presidente del Gobierno, D. Pedro Sánchez Pérez Castejón –Doctor en Economía y Empresa por la «Universidad Camilo José Cela de Madrid– gracias a su laboriosisima, impecable y erudita tesis doctoral sobre «Innovaciones de la diplomacia económica española: análisis del sector público (2000-2012)».
Dicha tesis –pese a que él y su círculo político más allegado no dejan de afirmar lo contrario– no está publicada ni colgada en ninguna parte. En «Teseo» — la base de datos en Internet que permite informarse sobre las tesis doctorales defendidas en las universidades españolas desde 1976– únicamente aparece su título, la fecha de lectura, la directora de tesis y el tribunal que lo aprobó con la merecidisima máxima nota académica de «cum laude».
Todo eso es lo que defendía y decía Sánchez –siguiendo la regla de oro de que «una cosa es predicar, pero otra muy distinta es dar trigo»– cuando Mariano Rajoy, el 26 de julio de 2017, compareció ante la Audiencia Nacional como testigo en el juicio contra la primera parte del caso «Gürtel».
En aquellas fechas, Pedro Sánchez –secretario general del PSOE– lanzó una de las peticiones de dimisión más contundentes y llamativas en la historia de nuestra democrácia. Sin el más mínimo atisbo de rubor ni caeérsele la cara de vergüenza y, con el cinismo y la prepotencia que le caracterizan, llegó a espetarle a bocajarro que: la única «salida honorable» para él, «justa» y muy «necesaria» para España, era la de presentar su irrevocable dimisión ante el rey ( en minúsculas y sin ir precedido de SM) para no «arrastrar a España en su caída»(Sic ).
Tan lacónica, lapidaria y cicatera petición– que ni tan siquiera llegó a mojarle la oreja a aquella otra con la que el ex presidente Aznar, entonces jefe del PP en la oposición, solía dedicarle, al entonces presidente del Gobierno, Felipe González y, que simplemente, consistía en cuatro escuetas palabras dichas con un tono peculiar: ¡ márchese, señor González!, márchese! — ya forma parte del clamor justiciero de su incendiario discurso de investidura de 2018, cuando con 85 escaños pelados asaltó el poder merced a un execrable acuerdo con quienes habían dado un golpe contra España solo unos meses antes y, a lomos de una traicionera moción de censura que el PNV no dudó en apoyar, a cambio de algunas mamandurrias políticas y económicas para su amada Euzkadi.
(…} «Su imagen declarando hoy en la Audiencia Nacional — llegó a decirle un Sánchez pletórico de honradez y presumiendo de esa ética y bonhomía de la que carece– señor Rajoy, quedará para siempre en la retina de los españoles, una imagen que resume seis años de un gobierno irresponsable y tolerante con la corrupción. Por eso, señor Rajoy, presente su dimisión ante el Rey esta misma mañana para que su conducta no dañe a nuestros hijos».
Nuestro democrático, excelente y progresista presidente — como devotísimo esposo y mejor marido de su «señora»– ha dejado en mantillas y a la altura del betún, al actual presidente de Méjico, Andrés Manuel López Obrador y » AMLO» para los amigos, que ha considerado como el presidente y el político mas cínico de la historia, si exceptuamos al gran filósofo Diógenes de Sínope.
A diferencia de muchos actuales políticos, Sánchez nunca se ha conformado con esas medias verdades o con un cierto grado de hipocresía, sino que es el campeón de la falsedad y de la felonía. Nos prometió que pasaría a la historia y ¡ vaya cómo lo ha hecho en estos cinco largos años! Todos sabemos que entre sus principales y notables virtudes– pues de sus defectos es mejor no nombrarlos, como ocurre con la soga en casa del ajorcado–, destacan el cinismo, el hacer con absoluto descaro aquello que ataca o rechaza con sus palabras y lo suyo es el engaño superlativo reiterado y la megalomanía, sin importarle para nada que una y otra vez haya sido evidenciado como un falsario y sorprendido con las manos en la masa al cogerle en un franco y manifiesto renuncio político.
La gran pregunta que queda por contestar es si Pedro Sánchez– a estas alturas de su política de ciencia ficción– se cree sus propias fantasías y pareidolias propias de su mesiánico cinismo e histrionismo. Aunque quizá nunca se sabrá su grado de desapego con la realidad política de España, lo que si sabemos es el profundo e irreparable daño que ha causado y sigue causando a nuestro querida España, tanto con sus acciones como por sus omisiones.
De nuevo no me queda más remedio que volver a señalar una nueva y vergonzosa pero necesaria «comparación» personal y política en las personas de Rajoy y Sánchez.
En esta ocasión, a Pedro Sánchez se le ha permitido declarar desde el Palacio de la Moncloa, evitando así la impopular y humillante imagen de un presidente entrando en un Juzgado, como le ocurrió a Rajoy. Esto, en su momento, fue vilmente utilizado por Sánchez para criticar a Rajoy y obligarle a dimitir.
Mientras las reacciones a la próxima declaración de Sánchez desde su sillón monclovita han crispado los ánimos y han enfatizado la ausencia de coherencia , responsabilidad y obligada necesidad, al destacar esa irrefutable contradicción del comportamiento de Sánchez respecto a sus pasadas y férreas exigencias, el Gobierno en pleno y los defensores de Sánchez intentan convencernos de que la situación no es directamente comparable( aunque no explican por qué) y de que la declaración desde la Moncloa es una medida muy útil, adecuada y necesaria para preservar la «dignidad democrática» de la institución presidencial en la persona de Sánchez. No obstante, esta nueva comparación entre los dos sucesos, ha suscitado un intenso debate politico sobre la ética y la responsabilidad de los líderes y gobernantes, que sigue abierto por si alguien da más.
Que mejor que terminar estas sencillas reflexiones, primero, como nos aconseja el refranero español, cuando nos recuerda que «obras son amores y no buenas razones» –para referirse a los que hablan mucho pero luego nada hacen o no cumplen lo prometido– y segundo, con las acertadas y contundentes recomendaciones de mi buen amigo y presidemte del PP que –el invicto galego do Peares– Alberto Núñez Feijóo le hace a Pedro Sánchez cuando le dice que: (…) «En nombre del partido mayoritario de España –y en el mío propio– le pido al Sánchez del 2024 que siga los consejos del Sánchez del 2017 y que redacte su tercera y definitiva carta y dimita de una vez». Si así lo hace, España y yo mismo –en franca y legal representación de los 5.019.869 millones de votante del PP– se lo vamos a agradecer.
Por eso, una vez más y con la famosa frase aznariana le digo en nombre de los españoles que creemos en la democracia– con MAYÚSCULAS– y en nuestra bien consolidada y actual Monarquia Parlamentaria: ¡Váyase, señor Sánchez ! ¡Váyase y, no vuelva nunca más!
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador por Murcia.