Muchos analistas y sociólogos vienen detectando imbricados paralelismos entre la sociedad actual y el mundo descrito en la distópica novela de George Orwell «1984», sugiriendo que estamos empezando a vivir «aquí», en España, una sociedad injusta, imaginaria, caótica y socialcomunista, a la que –dado su gran paralelismo y semejanza con la que nos describe Orwell, he convenido en llamarla «orwelliana» o «antiutópica».
Entendiendo como tal, una hipotética y futura sociedad donde –ya sea por la manifiesta e impuesta deshumanización de un gobierno totalitario o por el control intrusivo que ejerce la tecnología sobre el día al día– la libertad individual se degrada en términos absolutos en favor del pensamiento único y de una sociedad unitaria y colectivista en cuyo vertice superior está el omnipotente , omnisciente y omnipresente «Gran Hermano».
En su nombre, se manipula cualquier tipo de información, se practica la vigilancia masiva de los ciudadanos. En ella la represión política y social es la única y oficial respuesta del «Partido Interno» –que es quien gobierna– para quienes osen disentir de las mántricas y «oficiales» consignas.
Viendo la deriva sociopolítica, ética, moral y económica que está llevando España, aquella que le «dolía en lo más profundo de su ser» a Unamuno –el inconformista rector de la universidad de Salamanca– da la impresión que George Orwell ha trasladado toda la trama y el de su «1984» a la actual y distópica España del progresista y socialcomunista Gobierno de Sánchez.
Su estructura política, su cada vez más férreo y coercitivo código legislativo, el amplio despliegue de las restricciones sociales y de las prohibiciones personales, todo esto, junto al control del poder legislativo, judicial e informativo –llevado a cabo bajo el amplio y estricto control del «Puto Amo»– nos dibuja con exactitud milimétrica esa otra sociedad orwelliana presidida por su homónimo y distópico equivalente «Gran Hermano» –que es, quien preside un gobierno totalitario– que, a su vez, controla cada uno de los movimientos de los ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento.
Este país está dominado –que no gobernado– por un régimen autócrata, totalitario y dictatorial conformado, a modo de un puzle, por un conglomerado de partidos políticos de las izquierdas más extremas y radicales. Unas facciones independentistas y separatistas cierran su inestable y debilitada composición politica.
En esta implacable y paralela dictadura socialcomunista, el grupo oligarca está manejado por «el Partido». Este, a su vez, se divide en el Poder Ejecutivo o «Partido Interior»– que es quien gobierna y que está formado por 22 ministros– y el Poder Legislativo y Judicial o «Partido Exterior» –encargado de ejecutar las órdenes emanadas del Ejecutivo–.
El 85% que conforma el resto de la población se corresponde con el llamado «Proletariado», que es ninguneado por sistema y olvidado por obligación por el Ejecutivo, al considerarlo sin la capacidad intelectual necesaria para elegír, decidir, organizar, e incluso, para ejecutar una posible rebelión parlamentaria para acceder al poder y derrocarlo. Además, la «policía del Pensamiento» –ubicada y simbolizada en el Ministerio del Interior– mantiene en constante vigilancia al «Proletariado» para espiar hasta sus más profundos e intimos pensamientos y, a la vez, poder censurar todas las informaciones y filtrar las comunicaciones para, así , seguir manteniendo el orden y la paz que a ellos –los oligarcas del «Partido Interior»– tanto les preocupa e interesa. No dudan en arrestar y hacer desaparecer a quienes disientan lo más mínimo de las leyes y normas ideológicas preestablecidas.
A la cabeza de la organización orgánica del «Poder Ejecutivo» del Partido» se encuentra la figura de «Fangoman», el número 23 del grupo oligarca y el factótum.
Su «omnipresente» imagen –en la novela original de Orwell– está en todos los sitios, en las fachadas de los edificios públicos y de los privados, rincones, comercios, salones de ocio y de recreo, en carteles y vallas de publicidad e, incluso, en las monedas de curso legal y obligatorio.
Es también «omnisciente» porque donde esté su imagen, ahí está su poder. Sus ojos persiguen a quien lo mira, desde cualquier ángulo, ejerciendo un espionaje total y permanente durante las 24 horas del día.
Sin excepción de ningún tipo, todos ellos están obligados a reconocer y ofrecerle su lealtad incondicional y la vida.
Para recalcar esta obligatoria labor —como si no fuera ya suficiente con la «Policía del Pensamiento— les somete a una permanente vigilancia mediante pantallas, micrófonos y con su imagen, siempre acompañada de la frase: «El Gran Hermano te vigila».
En nuestro caso, está vigilancia pseudoprotectora que ejerce nuestro «Fangoman» estaría justificada por la obsesiva idea de defenderse y defendernos de la maléfica «máquina del fango» para lo que ha levantado un infranqueable e ideológico muro defensor para así aislar a las facciones más divergentes del «Proletariado».
Aunque en «1984» –la ominosa obra de Orwell– «el Partido» es quien controla a la población por medio de los cuatro principales ministerios «interiores», sin embargo, el más importante de ellos, es el «Ministerio de la Verdad». Éste es el encargado de la propaganda del Gobierno por medio de las noticias, del arte, del entretenimiento y de la educación, manipulando y destruyendo los documentos históricos de todo tipo (fotos, diarios, libros y periódicos), para así conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia, dictada y mantenida por «El Partido».
En su fachada principal aparecen sus tres esenciales consignas: «La guerra es la paz», «La libertad es esclavitud»y «La ignorancia es la fuerza».
Aquí, en la realidad del 2024 —tan amenazadora y mucho más distópica, si cabe, que en la novela original— de momento, esos cuatro Ministerios, como tal, no existen a día de hoy, al menos de modo oficial y que sepamos.
No hace mucho, «el Partido», por expreso deseo del Gran Hermano «Fangoman», siempre por el bien del «Proletariado», ha cursado las pertinentes órdenes al «Ejecutivo» para que –con una inmediatez inmediata y emulando al descrito en «1984», se levanten los cimientos de una especie de «Ministerio de la Verdad»– y así, bajo el pretexto de «fortalecer la libertad de expresión y el debate democrático», poder censurar la libertad de información y de expresión junto al pluralismo de los medios de comunicación para vigilar, para perseguir y para criminalizar cualquier crítica a la gestión del «Partido» en la prensa o redes sociales».
Las consignas de este nuevo «Ministerio de la Verdad» serían, entre otras muchas, estas:
–«Los medios de comunicación privados no pueden existir. Son un ataque directo a la libertad de expresión».
–La libertad de Prensa –decomunicación, información y expresión– es un arma contra el Partido y, en nuestra sociedad ideal, no puede tener ni espacio ni cabida.
— Los sectores de la «fachosfera mediática» que han normalizado la mentira, la calumnia y el ataque sin escrúpulos –como forma de hacer política y tratar de influir socialmente en contra del «Partido»–tienen que ser eliminados por tratarse de la genuina «máquina del fango».
Un «Comite permanente de la Desinformación», aprobado por el «Consejo de Seguridad Nacional» el 6 de octubre de 2020 y formado –por el Consejo de Seguridad Nacional, el CNI y la Secretaría de Estado de Comunicación, entre otros– sería el encargado de controlar a los «pseudo medios» que intenten enfangar las decisiones de ‘Fangoman» .
El socialcomunista y bicéfalo Gobierno de Sánchez publicó –en su día– en el BOE «un procedimiento de actuación contra la desinformación» aprobado por el Consejo de Seguridad Nacional a través del Ministerio de la Presidencia—que para G. Orwell equivaldría al «Ministerio del Amor», encargado de la ley y el orden— dirigido por la egabrense ex vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, y actual presidenta del Consejo de Estado.
Los sordidos calificativos orwellianos de omnipotente , omnipresente y omnisciente aplicados al «Gran Hermano» ¿no les recuerda a un presidente a quien le encanta ser la «estrella» en todos los ambientes…? Lo lleva impreso en su código genético y su insaciable ego narcisista así se lo exige.
Si fuera su «Santidad de Roma» –y no su «Sanchidad»– sería el «primus inter pares atque primus inter omnes», es decir: «el primero entre todos y el primero entre sus iguales»(los de su misma categoría y rango)
La diferencia entre «El Gran Hermano» de Orwell y nuestro presidente «Fangomán» estriba en que — en contra de lo que toda la sociedad cree y opina– El «Gran Hermano» de «1984» no existe, no es real, es una pura entelequia para así poder controlar mejor a su proletaria ciudadanía. Al ser una invención, se convierte en una «idea» y, como tal, tiene un poder mucho mayor que cualquier persona real de carne y hueso, y como tal, es inmortal e invencible.
Esa es la gran diferencia con «Fangoman –su equivalente en la España de 2024– que sí que existe, tiene nombre y apellidos, no es una entelequia, no es una invención, ni una idea, es una realidad pura y dura –es Pedro Sánchez Pérez -Castejón– y como no es inmortal, es posible y hay que vencerle en las urnas.
Para ello es preciso que el resto de partidos –defensores de los derechos constitucionales y democráticos– dejen de mirarse cada uno su bonito ombligo político y levantando todos la mirada al unísono, contemplen el triste espectáculo del lamentable estado democrático de nuestra actual socialcomunista España.
Sin lugar a dudas, <<un Gobierno que renuncia consciente e intencionadamente a la libertad de comunicación, a la verdad en la información y a una igualdad en la justicia, es un Gobierno suicida que de antemano nos arrastrará con él al fondo del abismo ético, político,moral y social>>.
Esta la «distópica España» que –Sánchez y su nefasta pandilla de cicateros valedores y codiciosos socios políticos– nos van a dejar en «herencia» si no actuamos todos unidos y luchamos hasta conseguir su «muerte política» en las urnas.
Si como «humanos hemos errado» manteniéndole en el poder, es el momento de «rectificar», de una vez por todas, como «sabios», ya que el don de «perdonar es una función divina».
Tal vez así, el aforismo que el poeta Alexander Pope(s.XVIII) nos dejó sobre aquello de: «Errar es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios”, se siga cumpliendo, a pesar de ser una frase que, no por más trillada y escrita en azucarillos de bar, deja de ser cierta.
Todos nos equivocamos y todos cometemos errores, pero existe la obligación moral y universal de rectificar y de no persistir en el error y mucho más en política.
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador por Murcia.