A la mayoría de los habituales y «obligados» lectores — familia, amigos., colegas y compañeros varios– de mis columnas periodisticas, casi más por obligación que por devoción, les va a parecer muy extraño e, incluso les va a servir de alivio ( o al menos eso creo) que en esta ocasión, mi articulo habitual no trate de algunas de las muchas aranas, felonías, corruptelas y, sobretodo, de los acuciantes y graves problemas sociopolíticos y económicos con los que Sánchez –«el puto amo»–, sus conmilitones y adláteres socios de las extremas izquierdas , que lo sustentan, nos suelen deparar, un día sí y, el otro, también..
A la primera, que le habrá chocado no solo el título, si no el propio artículo en si, habrá sido a Dª Ana Rojo López –a la sazón, directora de Patrocinio y de Publicidad del diario «Periodista Digital», hermana del periodista, escritor y director del mismo diario, D. Alfonso Rojo– ya que es la que se encarga, desde hace varios años, de recepcionar todos los artículos, entre los que se incluyen los mios, para publicarlos. Seguramente, se pueden contar con los dedos de la mano –¡ pero de la derecha, por supuesto !– el número de veces y de columnas de opinión cuyo habitual contenido no haya sido de temas políticos de actualidad…
¿Por qué ahora una columna de opinión que «apostille» a un libro de cuentos, se preguntarán…? Podría enumerar una a una las razones de tal decisión , pero, en honor a la verdad, tengo que decir que la idea me surgió y se materializó mientras disfrutaba de la lectura de los «Sexadores de juguetes y otros cuentos» –treinta y cuatro amenos y neo-realistas cuentos (valga la redundancia) de mi buena amiga, Carmen Laseca, reunidos en un libro recién publicado y, a cuya oficial presentación tuve el honor y la oportunidad de haber asistido y, que «…contrasta abiertamente apariencia y realidad, que accede a sucesos que hasta hace bien poco estaban casi censurados y que trata, sin tapujos ni ambages de esas relaciones sociales y familiares que, hasta hace poco, se mantenían en secreto»[…].
Carmen, es una buena y conocida amiga. Se licenció en Bellas Artes -Sección Pintura- en la Facultad de BB. AA. de San Carlos de Valencia. La conozco desde hace ya varios veranos. Era la profesora de Arte y Dibujo en el IES «Alfonso X el Sabio» de Murcia, donde mi consuegro era el profesor y jefe del Departamento de Inglés, aparte de compañero docente y amigo. Ambos, al igual que yo, están ya jubilados. Es también una asidua y diaria compañera de tertulias y baños durante los cuatro largos meses de estío en las levantinas y cálidas aguas mediterráneas de la «Playa de la Reya» — «Bahía», para los amigos y asiduos a sus baños– una de las 33, casi paradisíacas, playas del Puerto de Mazarrón, situado en la bahía del Golfo del mismo nombre.
Si el gran filósofo y escritor italiano Umberto Eco –autor de «El nombre de la rosa», una de mis novelas favoritas junto a «El péndulo de Foucault»– tras su reconocimiento y éxito mundial obtenido con ella, publicó, 5 años después, otro libro, en franca referencia al bestseller de 1980 y al que título «Apostillas a El nombre de la rosa», con el único y exclusivo motivo de comentarles y, a la vez, explicarles a todos los posibles lectores: «el cómo» y «el por qué» escribió su novela.
El propio Umberto Eco refirió, en su momento, que publicó ese segundo libro, bajo el título de «Apostillas…» para no tener nunca más que aguantar y responder a las incesantes preguntas de los lectores sobre el contenido y la trama de su afamada novela.
Está claro que –quien en este momento escribe estas líneas– no pretende, bajo ningún concepto, emular para nada al famoso escritor «alessandrino» Eco. Aunque bien pensado, no me importaría, en absoluto, que alguien –salvando, entre otras muchas cosas, las abismales y múltiples distancias literarias que nos separan– fuera capaz de pensarlo por un breve instante. En circunstancias muy parecidas, la madre de mi madre, mi «abuelita» Lola (como yo la llamaba siempre) solía decirme aquello tan manido de : «Pedrín a nadie le amarga un dulce» y, casi siempre, en el 99, 99 % de las veces, ella solía tener siempre razón.
El significado genérico del verbo «apostillar»–a decir verdad– no me era del todo desconocido, ya que después de haber estudiado en el Seminario diocesano de Murcia– durante ocho largos años– el tiempo allí transcurrido y sus magníficos profesores me han otorgado, no sin esfuerzo, un cierto nivel de cultura clásica a la vez que de la lengua griega y latina –esas que hoy día, algunos pseudo intelectuales y pijos-progres, mal llamarían, no sin cierto desprecio, «muertas «– tanto , como para saber lo que es una «apostilla» literaria.
Se trata pues, de un «comentario que añade información cierta y clara a un texto para así poder contribuir a su mejor comprensión, y así, poder realizar una concisa aclaración sobre el mismo». El término deriva de «postilla» (glosa o acotación), cuyo origen etimológico se encuentra en la gramática latina : en el adverbio «post», que significa «después» y en el adjetivo demostrativo, «illa» (aquella). Su correcta traducción sería: “después de aquella”.
En linea con esa misma verdad, debo y tengo que confesar que –imbuido «en» y «por» las nuevas tecnologías y para averiguar su acepción más exacta y mejor adecuada al género y mundo literario, me zambullí en el inabarcable mundo de Google, la moderna versión del «Libro gordo de Petete» –creado por Manuel García Ferre– y emitido por TVE en 1974 todas las tardes durante su programación infantil.
Como recordaréis, al terminar cada programa ,»Petete» –era aquel simpático pingüino animado y diminuto, con gorro de lana y pompón, con la cara y el abdomen amarillos y el resto del cuerpo rojo– que acostumbraba a despedirse diciéndonos con mucha gracia y ternura aquello, que –como los padres jóvenes y modernos que éramos entonces– repetíamos a dúo con nuestros hijos pequeños: << ¡ El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene y yo te digo contento hasta el programa que viene! >>.
Acto seguido, todos juntos solíamos dar palmas alegremente –a modo de ritual y en señal de aprobación– al comprobar que nuestros retoños se sabían y recordaban la cariñosa despedida de su amigo, el pingüino «Petete» y, cómo no, también sus bonitas canciones.
Al pulsar y abrirse la aplicacion del raudo «buscador» de Google en el «smartfone», esto fue lo que me salió : Apostilla, nombre femenino, «Acotación que comenta, interpreta o completa un texto». Mi intelectual duda y curiosidad –de por qué el famoso y prolijo escritor piamontés había elegido la palabra «apostilla» para el título de su segundo libro sobre «El nombre de la rosa»– había quedado totalmente satisfecha.
Si alguien quisiera pasar unas agradables, enriquecedoras e inolvidables horas leyendo, le aconsejo –si no quiere o no puede comprar el libro de mi buena amiga y compañera, Carmen Laseca, «Los Sexadores de juguetes y otros cuentos» , publicado por «DM», La Editorial Diego Marín de Murcia y cuyo módico «PVP» ni arruina ni desestabiliza ninguna economía– que dirijan sus pasos, con firmeza y seguridad, hacia alguna de las existentes, frecuentadas y cercanas bibliotecas públicas y lo saquen.
Ya, una vez en sus domicilios, que se sienten en su sillón y rincón favorito, abran el libro y, mientras leen los cuentos –sin prisas y saboreando cada palabra, frases y párrafos– dejen volar libremente su imaginación y vean, escuchen y dialoguen con los diversos y variopintos actores que los protagonizan. Unas veces, les parecerán verdaderos héroes y otras, sin embargo, auténticos villanos, un tanto egoístas, algo caprichosos, e incluso, cargados de achaques, aranas, felonias y rarezas…
Siempre –por muy instruidos y listos que nos creamos ser o que los demás nos tengan– las enseñanzas de Carmen en formato de sencillos cuentos nos van a enseñar «algo» que hasta ahora desconocíamos, o ese «otro algo», que, debido a los años que ya han transcurrido, habíamos, si no olvidado, si guardado en el viejo baúl de los recuerdos en la oscura y larga noche de los tiempos, donde se dice, y no es verdad , «que todo tiempo pasado fue mejor».
Mientras pasamos las hojas, iremos desgranando una a una y a través de una ventana virtual, la vida, las costumbres, las manías, los tics sociales, las creencias políticas, e incluso, las religiosas de todos esos peculiares personajes y de algún que otro personajillo. A propósito de esto, su autora nos recuerda que:
«Todo buen libro (que se precie) debe de ser una ventana desde donde ver más allá …y el que se asome a él, dé por bien empleado el tiempo dedicado a su lectura»[…].
José Luis Martínez Valero — el prologuista de «Sexadores de juguetes…», catedrático de lengua y literatura, escritor y poeta– nos refiere y confirma sin lugar a duda que:
[…] «Carmen, como si se hubiese despojado de esos (rancios y tradicionales) convencionalismos, nos descubre la verdad, de tal manera que, por sus evocadores y fotográficos relatos conocemos la sociedad en la que convivimos» .
Así lo expresa la autora en su último y casi «distópico» cuento, al que ha titulado un tanto enigmáticamente: «Por las regiones de los sucesos extraños» (en la pag. 201). A ese sugestivo título –al más puro estilo de Tolkien en «La Comunidad del anillo»– Carmen, le añade, unas veces, una visión sociológica muy próxima al ensayo y, otras, unas casi escatológicas novedades técnicas que aportan una luz especial sobre la actualidad desde una perspectiva totalmente novedosa.
Quién no haya viajado nunca ni conozca New York City o la «Gran Manzana» –como en 1921 el periodista Fitz Gerald comenzó a llamarla en sus artículos– como es mi caso, solo tiene que abrir el libro de cuentos de Carmen Laseca por la página 39 y empezar a leer el titulado «El Mirador de Poniente». En el, desde que el avión aterriza en el aeropuerto internacional John F. Kennedy, nos conduce –sin apenas darnos cuenta y de la mano de la fecunda y prolija imaginación de Carmen– por la Gran Manzana. Ella, través de una bien artesonada y descriptiva narración, nos guía por la legendaria Park Avenue –casi en volandas y escoltados, en todo momento, por la majestuosidad de sus altivos rascacielos– hasta las puertas del mítico «Waldorf Astoria Hotel», el legendario y testigo visual de tantas, y tantas historias a cargo de la famosa colección de fotos de sus distinguidos clientes, la mayoría perteneciente a la realeza, a la clase política y al fabuloso mundo hollywoodiense…
Siguiendo el curso de su realista narrativa, la autora nos transporta a los principales museos de NYC. A lomos de su fecunda y mágica pluma, visitamos el famoso «Metropolitano» y el «MoMa». En ellos — entre otras muchas cosas– disfrutamos con los ojos de la imaginacion del enigmático arte egipcio, africano, asiático… y como no, de la relevante e inmortal «Noche estrellada» del neerlandés Van Gogh, así como del más puro cubismo en «Las señoritas de la calle de Aviñón» de Picasso y de ese binomio delirante y cosmológico de «espacio-tiempo» que nadie como Dalí ha sabido plasmar en «La persistencia de la Memoria»..
Ya en la Quinta Avenida, junto a Central Park –sin soltarnos de su mano y, siempre a través de su detallista, descriptiva e impoluta narración– nos adentra en la cilíndrica arquitectura de «El Guggenheim» para visionar las destacadas obras de Modigliani, Miró, Giacometti, Kandinsky…
Al otro lado, el «Museo de Historia Natural» nos sorprende con sus megaesqueletos de dinosaurios y, allí sus asombrosas exposiciones cosmo-planetarias –como «La Via Láctea»– nos hacen sentirnos muy pequeños e insignificantes. Ya en Broadway, sus luminosos musicales y bulliciosos espectáculos nos sobrecogen y nos transportan…
Como este recorrido nos ha abierto el apetito y Carmen lo sabe –ella como la buena anfitriona que es– no quiere dejar pasar la ocasión de que disfrutemos de las delicatessen de los mejores restaurantes de Manhattan,Times Square, Chelsea, Wall Street, Lexington Avenue…Allí, en Times Square, disfrutamos de la mejor cocina japonesa en el internacionalmente famoso «Ichirán» y de la tradicional cocina mejicana en «Los Tacos No 1» –que sobresale en calidad y precio– mezclado entre los tradicionales, populares y económicos «delis», donde se puede saborear multiples y artesanas viandas de calidad por un módico precio y, mientras, sentados contemplábamos desde sus amplias cristaleras el reluciente y majestuoso edificio «Chrysler.»…
Nuestra virtual «guia» no quiso que terminasemos nuestro alucinante periplo neoyorquino sin probar el «cheesecake»– esa exquisita tarta de queso– en los no menos afamados restaurantes «Juniors» y «Eillen’s»…
Después de la lectura de este descriptivo y transoceánico cuento, estoy seguro de que seremos muy capaces de convencer al más pintado de nuestra minuciosa y real visita a «La Gran Manzana», y eso pese a no habernos movido desde el rincón favorito de nuestra casa…
Ahí radica el mérito de Carmen Laseca. Ella al igual que escritores de la talla de Pio Baroja, Miguel de Unamuno, Vargas Llosa, García Márquez… es capaz de llevarnos a las realidades más dispares si le damos un poco de tiempo, una pluma y un papel.
Con sus breves cuentos novelados, Carmen nos enseña la auténtica cara y la cruz, sin máscaras, de «la sociedad en la que convivimos como una verdadera «hipóstasis» :
‘la intolerancia, la fraternidad, el mundo tecnológico y las trabas burocráticas, el peso del pasado, la creatividad, el reciente y obligado confinamiento, la fragilidad de la vida»…[…,]
No terminaría nunca de hacer concretas referencias a este singular compendio de cuentos que están a caballo entre el esperpento de D. Ramón María del Valle-Inclán y el realismo mágico de Gabriel García Márquez .
Carmen Laseca ha hecho buen honor al título de su libro. Ella ha sabido ser esa experta «sexadora de cuentos» al imprimirles ese toque tan personal, específico, culto y magico a la vez, que solo los originales y auténticos sexadores literarios son capaces de conseguir en franca similitud a los clásicos «sexadores de aves», una profesión casi tan desconocida como rara, por la gran dificultad que entraña junto a la esforzada y exhaustiva dedicación que requiere.
Que mejor manera de terminar esta aprendiz de «apostilla» a los «Sexadores de juguetes y otros cuentos » que terminar con las palabras del autor del prólogo de cuentos de Carmen Laseca…por eso :
» Sepa el lector, que me acompaña en esta lectura, que este libro reclama su atención, una vez leído no lo sentirá ajeno. pues de algún modo le ha comprometido. Si como espero, fuese así, buscad a la autora y proponedle vuestra opinión. Todo cuento abre un diálogo » […].
Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador por Murcia.