OPINIÓN

Juan José García Jiménez: «La estrella de Beltrán»

Juan José García Jiménez: "La estrella de Beltrán"

Vaya este cuento dedicado, a modo de tarjeta de felicitación navideña, a todos aquellos españoles que un día soñaron con que sus gobernantes jamás podrían llegar a tener las carencias morales que muestran,  y que diariamente los medios de comunicación divulgan, aquellos a los cuales, en estos días, les está encomendada la gobernanza de España

Cuando Beltrán concluía de ordeñar, las esquilas que colgaban del cuello de las cabras apagaban lentamente sus tañidos. Poco a poco la noche se apoderaba de aquel escenario de empinadas crestas y altos cielos. Los últimos sonidos que escuchaban los oídos de Beltrán, todas las noches, eran los producidos por el fiel perro, el cual, una vez recorrido el aprisco por última vez, acudía a los pies de su amo y, acurrucado, olvidaba que era tan solo un perro, y daba rienda suelta a sus sueños.

Los ojos de Beltrán, antes de dejar que sus párpados se cerraran quedaban, todas las noches, fijos en una estrella, en la más alta, en la más lejana. Cada noche con las pupilas en aquella casi diminuta estrella, olvidando todo cuanto le rodeaba, mecido tan solo por el silencio que todo lo invadía, dejaba galopar a su imaginación creando con su fantasía, mundos que nunca llegarán a existir y que el tiempo jamás podrá engendrar. Mundos que alimentaban la ilusión en aquel pequeño pastor. Mundos por los cuales, en aquella vida la esperanza era posible.

Todas las noches cuando los cansados huesos de Beltrán reposaban en el rudo petate, sus inquietos ojos buscaban la insignificante lucecilla y, una vez encontrada, ambos, estrella y pastor, en íntima armonía, al igual que dos corazones en el instante que han sido atravesados por el amoroso flechazo, componían la más bella de las quiméricas utopías, la más dulce ensoñación por la cual, tan solo, las fatigas del día tenían una compensación, adquirían un sentido.

Aquella noche, los párpados de Beltrán se entornaron antes de lo usual. El cansancio huía por cada uno de los poros del fatigado cuerpecillo. El firmamento negro, inmenso y quieto dejaba, sereno, que toda su infinita bóveda derramara torrentes de paz desde sus incontables y rutilantes astros. Todo era silencio.

Un ser extraño apareció ante Beltrán. Su raquítica anatomía se contorsionaba con rápidos y ligeros movimientos. Su cara albergaba sonrisas y un sinfín de muecas en cuyo interior se mezclaban señales de ironía, expresiones de cariño complacido y huellas de profunda incomprensión. Sus manos gesticulaban sin descanso dejando entrever raras invitaciones al dormido Beltrán.

-¿Un viaje hasta aquella estrella? ¡No puede ser cierto! ¡Oh…si!

Acompañado Beltrán del extraño duendecillo se adentró en el cosmos. El alma del pastor no podía albergar dentro de sí la dicha que le inundaba. Los llameantes y gigantescos soles daban vertiginoso paso a la oscuridad repetida del espacio sin fin…

Numerosos astros, con la claridad prestada por las estrellas que los tutelaban, miraban extrañados el paso de los dos viajeros. La luz de la estrellita que por las noches contemplaba Beltrán, momento a momento, aumentaba su intensidad. Los ojos de nuestro amigo apenas podían resistir el torrente luminoso que abrasaba sus pupilas.

Todo ocurrió en un instante. La oscuridad ofreció descanso a los fatigados ojos. El vacío llenó el espacio. Solo la estruendosa carcajada del duendecillo apuñaló los oídos de Beltrán.

-¡Ya has visto tu estrella! ¡Si…tu estrella!… ¿¡No ves Beltrán!?…Este es el lugar donde se acaba la luz que, diminuta, tú contemplas en tus noches. La luz de una estrella, que hace miriadas de mileños dejó de existir. Una estrella que cuando ya era muy vieja, muy vieja, reventó, y solo quedan de ella los millones y millones de pedruscos y cascotes que ves a nuestro alrededor, los cuales forman una nebulosa dentro de la cual nos encontramos.

Una supernova de tipo 1 a, que así llaman los astrónomos a este tipo de estrellas.

La luz de tu estrella Beltrán es la luz de una estrella muerta.

Entre convulsiones despertó aquella mañana el pastor.  No terminaba de entender lo que había sucedido. Le parecía como si le hubieran arrebatado a hierro y fuego, algo muy suyo mientras dormía. Beltrán se hacía mil preguntas y no lograba respuesta alguna. Al despertar esa mañana percibió dentro de sí, un no se qué…, un qué se yo…, que le había producido un cambio muy grande en sus adentros. Se sentía más mayor. Quizás durante esa noche, sin él mismo percatarse, se había convertido en una persona adulta.

Beltrán nunca más volvió a mirar a su estrella antes de dormir. Desde aquella noche, solamente los olores del estiércol que cubría el suelo del solitario aprisco, cantaron nanas de mierda a los sueños de Beltrán.

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