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Hace años, por los ochenta y los noventa, cuando viajando por Hispanoamérica decíamos que éramos de España, salvo algunos defensores de la leyenda negra que nos echaban el viejo rollo de haber ido a matar indios y a llevarnos el oro, en general, nos miraban con cierto orgullo. España se proyectaba entonces como un país próspero europeo, que había dejado atrás la dictadura con una transición pacífica. Aún no sabíamos que Europa iba a ser nuestro final como país soberano y que en poco tiempo la ingeniería social iba a modelarnos con ideas de nuevo cuño y leyes antihumanas que había que integrar para uniformizarnos y, sobre todo, descristianizarnos. Así figura en la Constitución europea. Hablo de la etapa anterior a Rodríguez Zapatero, la mayor desgracia de España, de la que muchos aún no tienen ni idea, aunque estén sufriendo las consecuencias. Lo que vivimos ahora es el fruto de aquella primera semilla maligna plantada a traición. Con Zapatero, España se estropeó y perdió la capacidad de discernir. Los españoles fueron sometidos a un proceso de lavado de cerebro y desconexión neuronal para admitir la legalización de los terroristas de la banda ETA, la fraudulenta alianza de civilizaciones que nos traería la inmigración descontrolada, el lenguaje inclusivo y la llamada salud reproductiva –que ni es salud ni es reproductiva– y, sobre todo, el avivar el sentimiento guerracivilista para tensionar y polarizar, por citar solo algunas de las muchas fisuras convertidas en socavones atestados de lo peor que puede emanar de unas mentes humanas medianamente equilibradas y una mínima dosis de bondad. Arduo trabajo tratar de encontrar alguna virtud en aquellos y en los sucesores encargados de seguir ejecutando el plan destructivo. Ahora, cada vez que desde las provincias de Ultramar nombran a España, salvo la izquierda imperante en el hemisferio, afortunadamente cada vez más mermada, es para resaltar su ruina, provocada por el gobierno de socialistas y comunistas, que no dista mucho de algunas de sus repúblicas, como Venezuela, que estos días copa una buena parte de la información internacional. ¡Y no es para menos! Estamos asistiendo y participando, de alguna manera, en la nueva configuración del mundo.
Como es tendencia denostar a Donald Trump y todo lo que representa, no es de extrañar que la izquierda malvada a la que aludimos, siempre tan empática con corruptos, pederastas, torturadores y carceleros de cuerpos y almas, eche espuma por la boca al ver a uno de sus “iconos de la muerte” extraído en un ataque quirúrgico, y llevado a Estados Unidos para ser juzgado. Una operación de película que, de no salir bien, el presidente impostor hubiese sido asesinado por sus escoltas cubanos. ¿O creían que la misión de ese primer círculo era para protegerlo? Según fuentes que me merecen todo crédito, Nicolás Maduro habría aceptado irse a Turquía, a Moscú, a Guinea, o a cualquier otro lugar, como se le había ofrecido, incluido España, pero se lo han impedido. A la frase “Si intentas irte, te mato yo” que le dirigió Diosdado Cabello una noche, habría que añadir la de Díaz-Canel.
Maduro vivo es un peligro, como cualquier testigo. Por eso ha pedido ser incluido en el programa de protección de testigos. Así funciona la gente del hampa: matar antes de que hablen. En España tenemos el ejemplo de “suicidado” en Juan Carlos Márquez, abogado y directivo de Petróleos de Venezuela, S. A. (PEDVSA), para evitar que rebelase información sobre el caso del embajador Morodo.
¿Qué relación tiene Zapatero con el “suicidio” de Márquez? No se ha investigado, al menos no lo suficiente. Por eso la intervención de Estados Unidos es tan importante, no solo para los venezolanos y el resto de Hispanoamérica –el fin de la dictadura en Cuba también está cerca–, sino para España. Posiblemente, Zapatero, Sánchez y socios, Iglesias y algunos podemitas más, y quienes llevan cobrando dinero del narcotráfico nunca sean juzgados en España, pero cabe la esperanza de que sí sean reclamados en Estados Unidos. De hecho, Zapatero está siendo investigado, aunque no imputado. De momento.
Lo que no se entiende es que la derecha también padezca el síndrome del odio a Trump. Incluso quienes defienden y aplauden sus actuaciones recientes se sienten impulsados a justificarse utilizando muletillas como “no me gusta Trump”, “no es santo de mi devoción” y frases por el estilo, por miedo a ser tildados ¿de qué? ¡Sean libres y no teman a qué dirán los progres! ¿Alguien durante veintiséis largos años se ha ocupado de que los venezolanos no fuesen encarcelados por defender su opinión o por votar al partido de la oposición? ¿Alguien se preocupó de los presos torturados del Helicoide, de Rodeo o de la Tumba? ¿Alguien preguntó por los desaparecidos? ¿Alguien denunció la falta de petróleo para el propio pueblo, la falta de luz eléctrica o de agua? ¿Alguien denunció que los enfermos que no tenían familiares fuera que les enviasen dólares se morían sin acceso a las medicinas? ¿Alguien denunció que políticos, medios de comunicación, periodistas, empresarios, fiscales y jueces –tanto de Estados Unidos como de Europa– estaban cobrando dinero procedente del narcotráfico para comprar sus silencios y blanquear su podredumbre? Es lógico que ahora muchos tiemblen. Por eso están en contra. Venezuela era una mina para ellos.
Una de las medidas de la larga lista de Donald Trump fue la puesta en libertad de los presos políticos. A Delcy Rodríguez no le quedó más remedio que hacer la genuflexión ante Trump si no quería “acabar como Maduro o peor”, como le advirtió el presidente públicamente. ¿Una amenaza de muerte? Que cada quien interprete. Ella lo entendió y está haciendo los deberes. Debe destruir el chavismo y está siendo vigilada. En lo externo todo sigue aparentemente igual: continúan las imágenes de los representantes chavistas, se sigue reivindicando al falso presidente Maduro y repitiendo el relato del pueblo bolivariano. La cúpula está divida y estas grietas favorecen la autodestrucción del régimen. Las detenciones siguen porque erradicar un cáncer con metástasis llevará un tiempo, pero la realidad es muy distinta y los cambios pronto se harán visibles. Por si alguien aún no ha entendido la estrategia, Delcy es una marioneta con una pistola en la sien que se disparará automáticamente si no obra de acuerdo a lo pactado.
Debe quedar claro que la excarcelación de los presos es una orden expresa de Donald Trump y Marco Rubio. Sin embargo, hemos visto que el gobierno de España ha tenido la vergüenza de apuntarse el tanto. ¡Gracias al “mediador” Zapatero dicen los dirigentes del narcoestado!, lo cual nos da una pista más sobre su involucración con el régimen. Y en España, no dejan de echarse alabanzas corroborando la buena acción del “mediador”: gracias al gobierno de España, bla, bla, bla. ¡Embuste!, como dicen por allá. Zapatero sí es un mediador, pero ejerce otro tipo de mediaciones: de compraventa de favores y maquillaje de criminales; nada que ver con acciones humanitarias.
Los excarcelados no gozan de libertad plena. Ni siquiera son dueños de su dolor. Su experiencia es como si no hubiese existido; no pueden contarla y deben olvidarla. Antes de salir, fueron debidamente aleccionados y pagar el precio de la libertad. El gobierno del terror, los amenazó y les prohibió hacer declaraciones, ni siquiera hablar con sus familias sobre las torturas y lo que ocurre en los antros del chavismo. Sabemos que las violaciones y la tortura física y psicológica es el pan nuestro de cada día. No vamos a dar algunos datos que conocemos de muy buena fuente sobre las vejaciones que sufrieron algunas presas. Antes de salir, los han amenazado con consecuencias negativas para los 800 encarcelados que aún no han visto la luz. Pero la propaganda dice que estaban retenidos, incluso el rey Felipe VI lo repite, lo cual no es de extrañar; ya van muchas. Lo de “rey pelele” le va como anillo al dedo. Aunque los datos vertidos no son todos fiables, sí parece que algunos detenidos cuyos familiares creen que están en prisión, en realidad, están desaparecidos. Los han asesinado.
Todo en este momento depende de Estados Unidos, incluso el pago de las nóminas. ¡Y el petróleo también! Pero decir que a Trump solo le interesa el crudo es no pensar más allá. Claro que le interesa, pero, la prioridad es alejar a Cuba, Rusia, India y China, sus enemigos en el hemisferio, y sobre todo que los pagos se sigan efectuando en dólares y no en yuanes.
Esto repercutirá en el pueblo venezolano y no en el bolsillo de la cúpula del cártel, como hasta ahora; y Estados Unidos se quedará con un fondo para resarcir todo lo robado con el abusivo “exprópiese” chavista y las licencias canceladas a las empresas norteamericanas. Deberán invertir cerca de 100.000 millones de dólares en la reparación de las estructuras para extraer el crudo, mucho más difícil de diluir y refinar por su densidad y contenido en azufre. En este momento, PDVSA está desmantelada y su producción es de menos del millón de barriles diarios, sin capacidad para aumentar la producción por ahora. La reunión mantenida con las empresas resultó exitosa y la española Repsol fue una de las que se comprometió a invertir tras la garantía de seguridad por parte de Donald Trump.
El presidente recibirá a Corina Machado en la Casa Blanca y también a Delcy Rodríguez, con la que Marco Rubio habla todos los días para que le rinda cuentas. Una Venezuela libre es posible, pero habrá que tener un poco de paciencia. Sabíamos que el tumor era inmenso, pero no tanto. Hará falta mucha quimioterapia, radioterapia y, sobre todo, trabajo y esperanza. ¡Y pensar que querían hacer lo mismo con España!
*Psicóloga, periodista y escritora
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