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Alejandro Blasco Miquele: «Las azoteas del miedo»

08 Mar 2022 - 07:29 CET
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Resulta complicado ponerle un rostro a la guerra, pues la mayoría de nosotros únicamente la ha conocido de oídas, a través de ciertas referencias cinematográficas o en el relato minucioso, dolorido y emocionado de nuestros mayores. La guerra, esa cosa, nos pilla con el pie muy cambiado y la mayoría de nuestras pulsiones vitales decididamente lejos. Así, nuestra primera reacción ha sido temer ver incrementada nuestra factura del gas, que, por el hecho de ser tan propia, ha sido la mayor aproximación que hemos conseguido efectuar al drama de los más oscuros túneles sin salida de un miedo y una historia que conjeturábamos inequívocamente desterrados.

En un mundo en el que nuestras sociedades carecían de tragedia, la guerra era algo relatado con sordina desde la lejanía de países muy remotos en tanto que desoccidentalizados, un susurro en nuestro oído a la hora de la cena y del sueño que todo, o prácticamente todo, eternamente ha sido capaz de reparar. Pero la guerra siempre estuvo ahí -siempre ha estado ahí-, tan presente como una luna redonda y perfecta que se nos señalaba con la suficiente escasa convicción como para no caer presos de la tentación de pretender únicamente atender a los anillos del dedo que nos la mostraba.

Obviando el hecho de que todas las guerras bien hubieran merecido nuestra debida atención y oportuna reprobación, hoy toca hacer borrón y cuenta nueva y hablar de Ucrania y el padecimiento al que se está viendo sometido todo un pueblo lleno hoy de miedo y de noche. Resultaría relativamente sencillo, y a la búsqueda de ese rostro, poner nombre y apellidos al horror, que no es, ni más ni menos, ese señor al que todos conocemos como Vladímir Putin, salvo sus más estrictos y allegados conocidos, que en la intimidad y con algún vodka de más quemándoles las gargantas todavía osan seguir denominándolo camarada.

Para todos los europeos ha llegado por fin el momento de desterrar la totalidad de sus cegueras y fidelidades acomodaticias a un mundo que pretendidamente siempre hemos deseado considerar en paz, teniendo la oportunidad, aquí y ahora, de comenzar a hacer lo que como simples seres humanos nos es propio, que no pasa, en un primer momento, sino por nunca más bajar la vista al suelo y saber mirar de frente a todos los estadios de la luna y sus rotundidades.

Saber mirar es saber percibir el olor de la metralla que se escucha hoy en cada esquina de Kiev y a cada salto de página de nuestros periódicos. Saber mirar es saber imaginar el peso de la noche sobre los párpados de todo un pueblo y el sonido de los bombardeos sobre la tierra nevada. O casi poder ser capaz de escuchar las bombas que surgen por relámpagos en los altos cielos de marzo cargados de una verdad que hace daño y palpita en lo más profundo de los hombres. O poder por un instante, en ese terrible miedo de lo definitivo, recorrer las mañanas en Ucrania que se celebran en toda su dimensión de nuevo y ultimísimo día regalado por los dioses, donde un pueblo, por breves instantes, consiente al sol de la amanecida antes de volver a cargarse el fusil al hombro.

Saber mirar, para después saber sentir, es saber reconocer que, pasados ya más de diez días desde el inicio de esta miserable guerra, Ucrania, ese país al que, en el más amplio sentido del término, se le ha pretendido robar su adolescencia, es hoy un pueblo y un presidente posicionados en la epopeya de su rebeldía y sus resistencias. Y aprender que, en este mundo que se cierra, se oscurece y se limita, resulta imperativo seguir buscando ese algo común que pueda hacer que seamos por fin capaces de encontrarnos en los ojos de otro hombre, reconociéndolo en lo más definitorio de su soledad y su verdad, que no deja de ser también la nuestra propia.

Europa parece haber sido capaz de saber mirar, sentir y entender que Ucrania, ese país que hasta hace dos días danzaba con un pie en un vals vienés y otro en una kalinka imposible de ser bailada, es hoy, más allá de fronteras, nacionalidades y desconocimientos, un ser humano que marcha entre tinieblas y precisa de corredores de antorchas que le aproximen, si no a Europa, sí que al menos a ese mundo en paz que cualquier ser humano ansía para sí mismo y todos aquellos a quienes ama bajo las altas y nevadas azoteas del miedo.

Determinadas encrucijadas exigen posicionamientos inequívocos, pero aquí no todo el mundo parece estar capacitado para zafarse de sus tibiezas. Desde la presidencia del Gobierno de España, después de haber agotado el resto de alternativas, se ha terminado por hacer invariablemente lo correcto, como dijera Churchill al respecto de Estados Unidos. A estas alturas del descalabro, resulta obligado reconocer que nuestro ejecutivo acaba encontrándose a fuerza de desdecirse. Así, después de deshojar durante largo tiempo la margarita de las indecisiones, y a la espera de ver hacia dónde se inclinaba la balanza europea, nuestro presidente finalmente resolvió mandar armas a Ucrania, no porque así lo decidiera personal, honrada y valientemente, sino por no desmarcarse de una Europa tirada al monte y por hacer una concesión a esa oposición que tan pesadita se pone a veces, y que, si vinieran muy mal dadas, siempre sería el perfecto chivo expiatorio sobre el que arrojar el incomodísimo peso de la culpa.

No obstante, es de justicia reconocerle el valor de haber sabido hacer oídos sordos a esos compañeros de viaje que un día asaltaron los cielos y bajo ningún concepto están dispuestos hoy a apearse de los mismos, muy a pesar de sus reiteradas amenazas de una dimisión que nunca llega, porque algo mejor se vive en el enmoquetado suelo de esas alturas que en los corredores de brasas de según qué infiernos, ya se encuentren en Vallecas o en las más remotas y miserables aldeas ucranianas. En ausencia de argumentario verdadero, todo lo defienden ahora desde el cinismo burgués de quien ha conseguido demasiado en tan poco tiempo, aunque, en el fondo, lo que les pasa, al más puro estilo stendhaliano, es que se mueren de ganas de tener carácter, solo que ellos ni tan siquiera todavía lo intuyen.

Nadie en su sano juicio puede cuestionar que la vía diplomática es sin duda la mejor de las opciones cuando las cosas se aproximan a según qué extremos, si bien, superados sobradamente estos, es urgente reaccionar para poder sacudirnos de las hombreras los inequívocos fracasos morales a los que, en caso contrario, estaríamos inapelablemente condenados.

Aunque todo puede acabar resultando dudoso y equívoco, ciertas verdades bien merecen acaparar toda nuestra atención. Son miles ya las fotografías que en pocos días han dado la vuelta al mundo, retratándonos niños acurrucados juntos a sus padres en búnkeres, aldeanos desarmados rodeando un carro de combate o soldados rusos capturados sollozando al realizar una llamada de teléfono a sus madres. O esa imagen en la que se aprecia a una joven hasta hoy anónima y que se hace llamar, si es que todavía no ha muerto de tristeza, Marina Yatsko, corriendo tras su novio Fedor a su llegada al hospital de Mariupol, con su hijo de dieciocho meses asesinado en un bombardeo, en brazos de él, envuelto en una manta azul ensangrentada.

A veces tocar el límite es la única manera de entender qué y quién es el ser humano, probablemente tan solo alguien que, en lo más rotundo de su noche y de su miedo, únicamente desea besar la frente de sus hijos y, con una oración o una superstición, acunarlos y protegerlos de esas guerras que desde luego nunca presentimos tan dolorosamente cerca.

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