La traición repta en el olvido viscoso que en sucia Melilla con la retirada de la estatua del Comandante Franco, consumando la vileza que colma la villanía perpetrada contra el soldado que salvó a Melilla de las fauces de la horda rifeña.
Tras el pavoroso Desastre de Annual, once mil muertos sobre el campo de batalla y miles de prisioneros torturados con la paciente crueldad musulmana, Melilla ya tenía la gumía en el cuello y el cañón del fusil en la frente. Hace cien años Melilla aleteaba como un ave sacrificial en las manos de Abd el-Krim: en la derecha la muerte, en la izquierda la violación y la esclavitud. Para las hordas rifeñas Annual era el preludio, Melilla el epitafio de su victoria escrita en los cascos de sus monturas y en las babuchas de sus guerreros.
El destino de Melilla era un mandato coránico: un matadero y un burdel. Los hombres, a filo de cuchillo desde el vientre al gaznate, las mujeres y los niños, a los prostíbulos de Mahoma, desde el Magreb al Éufrates, y la ciudad al saqueo y al pillaje de la soldadesca rifeña.
Hace cien años las campanas de Melilla no doblaron ni tocaron a rebato, gritaron ¡A mí la Legión! hasta desgarrar el bronce de sus gargantas. El grito de Melilla mudó, en la alquimia de la corneta militar, en el toque de zafarrancho de combate del Credo Legionario. El Comandante Franco, al mando de la I Bandera del Tercio, acudió al fuego.
Él y sus hombres volaron sobre sus alpargatas en una marcha jamás igualada por ninguna infantería del mundo, más de cien kilómetros en apenas treinta horas. Las águilas, los galgos y los bucéfalos del Comandante Franco buscaron con sus bayonetas al enemigo.
Lo encontraron agazapado en su ferocidad. Combatieron como falangistas espartanos, lucharon como los legionarios de César, se batieron como los veteranos del Gran Capitán y como los lobos ibéricos de la Guerrilla contra los mariscales franceses. La I Bandera de la Legión desplegó todo el valor y toda la velocidad, todo el coraje, toda la inteligencia estratégica y toda la brillantez táctica de su Comandante, el legendario Francisco Franco, al que hasta sus enemigos de la horda musulmana consideraban un Aquiles bendecido por la Baraka de Alá, bautizado con el fuego de los dioses de la Guerra.
Para ganar el Laurel de la Victoria y arrancar Melilla de las fauces de Abd el-Krim, la I Bandera de la Legión tuvo que llegar, como ordena el Credo Legionario, al cuerpo a cuerpo, el éxtasis del combate de Infantería, en el que sólo medio metro de acero te separa del cuerpo del enemigo y ves cómo la vida se le derrumba a tus pies mientras el alma se le escapa por los ojos. Y das gracias a Dios por haber sido más rápido y más certero y gritas “Santiago y cierra, España” buscando otro sarraceno al que ensartar para impedir que los campanarios de Melilla se convirtieran en minaretes de Alá.
Así salvó el Comandante Franco a Melilla en aquel agosto atroz de 1921, pocos días después de la catástrofe de Annual. Cien años después, los traidores que gobiernan en Melilla han arrancado la estatua del soldado que libró a la ciudad de la matanza, del saqueo y de la esclavitud.
Ni una sola voz se ha alzado, como un campanario de dignidad, para gritar ¡A mí la Legión! en defensa del Comandante Franco. Con la consumación de esa felonía, cada vez que el sol ilumine la ciudad, Melilla brillará, como el resto de España, como brillan las escamas de un reptil.
Eduardo García Serrano
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