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¡Hay que ser gilipollas!

Paco&Jones: ‘La fragancia’

Lla mentira se ha convertido en el opio de un pueblo que abatido y sin norte, parece que pida a gritos que lo engañen

Antonio Gil-Terrón Puchades 30 Dic 2021 - 08:11 CET
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Éxito, sexo, riqueza, coches deportivos, joyas, cuerpos diez… Todas esas cosas son las que parece que van a adornar nuestras vidas a partir del momento en el que nos decidamos a adquirir una de las “fragancias” anunciadas hasta el  hartazgo en los spots televisivos, y vallas publicitarias. ¡Hay que ser gilipollas!

Es humano y legítimo el buscar el éxito social, la riqueza y todo lo que le acompaña, pero de ahí a pensar que por comprar y usar una determinada marca de colonia (¡perdón! quise decir de ´fragancia´), vamos a ser más guapos y “chic”, lo único que denota es desesperación.

Lo que ocurre es que en la ´New Age´, la mentira se ha convertido en el opio de un pueblo que abatido y sin norte, parece que pida a gritos que lo engañen.

En cualquier caso, si la gente va a ser más feliz así, pues bienvenidos sean los embustes y manipulaciones consumistas; aunque en el fondo sepamos que lejos de aliviar penas y posibilitar sueños, lo único que van a aliviar es nuestra cartera.

Pretender que la adquisición y uso de una puñetera “fragancia”, puede sustituir a la ducha y el jabón, al esfuerzo personal en el trabajo diario, a las horas de gimnasio y deporte, a la lectura de buenos libros que nos permitan mejorar nuestra educación y cultura… pretender eso, es simplemente un insulto a la inteligencia del ser humano; ahora bien, si se gastan tanto dinero en ese tipo de publicidad, es porque hay muchos que ´pican´.

No todos pueden ser jóvenes y atractivos, usar vehículos deportivos de lujo, y ropa y joyas de diseño, pero sí todos, o casi todos, pueden hacer un esfuerzo y comprar una botellita de diseño que contiene una “fragancia” que, cual lámpara mágica de Aladino, nos va a transformar en todo lo que no somos y nos gustaría ser.

No es que no crea en los milagros, que creo, pero lo que no creo es que los vendan en los centros comerciales, por mucho lacito y pompón que les pongan al envolverlos.

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