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La visión física y materialista que del Infierno y sus secuaces, se ha ido transmitiendo de generación en generación hasta nuestros días, no es más que un refrito de la mitología griega y romana. Y digo física y materialista, porque de espiritual no tiene nada, lo cual no deja de ser un absurdo cuando de almas se trata.
Supongo que ello ha sido debido a que a las mentes simples, que es lo que abunda, siempre le aterrorizado más el castigo físico que el dolor espiritual, entre otras cosas porque eso del dolor espiritual es más difícil de explicar y de entender, y por lo tanto asusta menos, que al final es de lo que se trata: de asustar al personal cuando más, mejor, y así es por lo que se adoptó la escenografía infernal pagana, como medio para aterrorizar a la feligresía golfa.
Pero el auténtico Infierno no es tan terrible como lo pintan; es peor.
Personalmente nunca he creído en las calderas de ´Pedro Botero´, ni en ese infierno con el que la Iglesia, durante siglos, se ha dedicado a aterrorizar a la feligresía. Y no he creído, no porque niegue la existencia de un Infierno donde purguemos y tengamos tiempo para reflexionar sobre nuestros errores y egoísmos, sino porque siempre he pensado que el sufrimiento, en ese infierno de almas, es de tipo espiritual, y no físico con un demonio pinchándonos el culo con un tridente al rojo vivo, tal y como se nos ha contado hasta ahora.
Uno se plantea el Infierno como esa angustia en soledad, en oscuridad, sobria y consciente, en la cárcel del alma; allí donde no existen antidepresivos ni ´lexatines´ ni drogas; allí donde no se duerme, ni se habla; allí donde tan solo se permanece encerrado dentro de un pensamiento sin sueños ni esperanzas, sin mañana, y donde el suicidio no es una opción.
No hay rejas, ni muros, tan solo un halo de oscuridad sorda que te envuelve y encierra en una fría y maldita soledad forzada; cosecha merecida a todo aquello que fuimos sembrando en nuestros tránsitos terrenos.
En esta vida creo que el que más o el que menos, ha sentido en algún momento el infierno en vida. No hay hambre, ni sed ni sueño; tan solo una sensación de vacío estéril donde el reloj parece detenerse y ya te da lo mismo vivir que morir.
Te quedas a solas con tu pensamiento; con ese demonio llamado mente que te tortura sin descanso ni misericordia; sin parar ni cuando duermes, y que cuando despiertas e intentas pensar que todo ha sido una pesadilla, te das cuenta de que no. Y te hundes más todavía.
Y es que así como cuando el dolor físico es insoportable, te desmayas y pierdes la consciencia, y con ella, el dolor, cuando el dolor espiritual o anímico es insoportable, no hay desmayo ni pérdida de la consciencia que valga.
Ahora recordemos lo mal que se pasa en esos momentos e imaginemos esa sensación continua y sin descanso, horas y horas, días y días; años y años; siglos y siglos; así por toda la Eternidad, encerrado dentro de ti mismo en un halo de oscuridad, de soledad absoluta y de vacío, sin nadie que escuche tus lamentos, porque no hay nadie que te pueda, o quiera, escuchar. Tiempo de sobra para meditar.
Sin embargo, así como creo en la existencia del Infierno y su eternidad, como también creo en la existencia de un Dios justo y al tiempo misericordioso, no creo que las condenas sean para toda la Eternidad, porque no hay pecado temporal que merezca una pena eterna.
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