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Envidia mala

El pecado y la penitencia

La de aquel que desea poseer gratuitamente y por la cara, ´la cuna´ o el estatus de otro

Antonio Gil-Terrón Puchades 01 Oct 2022 - 07:16 CET
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Estoy convencido que el envidioso nace, no se hace. La envidia no es algo que surge fruto de las circunstancias personales, sino que forma parte de la personalidad de determinados individuos e individuas ya desde la más tierna infancia, acompañándolos durante toda su vida hasta los umbrales de la vejez y más allá.

Dicen que en el pecado va incluida la penitencia, y no sé a ciencia cierta si es así, pero lo que sí tengo claro es que en el pecado de la envidia sí va incluida la penitencia, y además con generosidad; al por mayor. Porque la verdad es que debe de ser muy frustrante, amén de triste, pasarse toda la vida masticando el ingrato sabor del odio que genera la envidia, desde la permanente insatisfacción y desprecio de lo propio, por mucho que el envidioso tenga; nunca es suficiente.

Porque en la envidia no se trata de tener más o menos; eso es indiferente. De lo que se trata es de desear lo del vecino más que lo propio. De hecho existen tipos asquerosamente ricos que envidian la felicidad de aquellos que han encontrado en la sencillez y la austeridad, la felicidad que él en su empoderamiento jamás hallará. Pero estos individuos, lejos de intentar desprenderse de lo superfluo, lo que harán es desear que el pobre pierda sus escasas pertenencias, a ver si así se le quitan las ganas de sonreír.

Y qué decir de aquellos que les corroe el éxito y la fama de los demás, sin pararse a pensar en el esfuerzo y sacrificio que les puede haber costado a éstos el llegar hasta ahí. Un esfuerzo y un precio que ellos nunca estuvieron dispuestos a pagar; amén que lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.

La envidia es miserable, pero aún dentro de ella la hay de mala y de peor.

Envidia mala; la de aquel que desea poseer gratuitamente y por la cara, ´la cuna´ o el estatus de otro.

Envidia peor; la de aquel que desea la ruina y desgracia del supuesto afortunado, aunque él no saque más beneficio que el efímero y maldito goce de Caín.

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