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Normalmente, eso que llamamos amor, en realidad no lo es, al haber sido contaminado éste, por el pensamiento, tras ser diseccionado y analizado por la mente, en base a unos estándares estéticos, sociales y culturales, pre programados en nuestra cerebro desde nuestra más tierna infancia. Intentaré explicarme.
Imaginemos a una persona que tropieza por la calle, con otra que reúne todos los requisitos de un hombre o mujer diez, según los estándares estéticos de moda. Posiblemente, surja el flechazo unilateral, y nuestro sujeto “piense”, en su fuero interno, que acaba de conocer al “amor” de su vida.
Sin embargo, si el tropiezo hubiese sido con una persona “diez”, según los estándares estéticos de moda en la Europa del siglo XVI, nuestro enamoradizo personaje, tras el encontronazo y ver que no había chocado con un autobús, lejos de sentirse enamorado, hubiese soltado algún improperio.
Así, lejos de llenar nuestros corazones de amor sentido, lo llenamos con ideas, juicios y prejuicios que poco o nada, tienen que ver con el amor, transformando el amor sentido, en amor pensado; es decir, en nada.
Y eso en el caso de aquellos que piensan; que no todos lo hacen. Con respecto a estos últimos, tan solo decir que, debido a su carestía mental, terminan confundiendo el amor, con aquello que no es más que puro instinto animal de reproducción.
Lo cierto es que, en la mayoría de personas, la mente lo invade todo, tendiendo a racionalizar no solo los pensamientos, que es lo que toca, sino también las emociones; midiéndolas y buscando en ellas, certidumbre y seguridad, así como referenciándolas al tiempo: pasado, presente, futuro…
Porque la mente y el tiempo andan cogidos de la mano, deshaciendo un camino medido y fraccionado, en el que, tras ser etiquetado, todo, hasta el amor, debe encajar al segundo. Y ahí está el error, porque el amor no entiende de años; ni de meses; ni de días… Porque el amor no sabe de tiempo, sino de su negación: LA ETERNIDAD.
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