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Rusell acostumbraba a soltar sus dogmas ex cátedra desde un pedestal

Retrato de Narciso

Pero era reacio a bajar de él para entrar en la discusión cuerpo a cuerpo

Antonio Gil-Terrón Puchades 09 Oct 2022 - 07:18 CET
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Uno de los grandes iconos del ateísmo de salón, Bertrand Russell, en su narcisista discurso de 1949, “¿SOY UN ATEO O UN AGNÓSTICO?», expresaba su dificultad sobre si llamarse – a sí mismo – ateo o un agnóstico. En su exposición Russell afirmó: “no creo que haya un argumento concluyente con el cual uno demuestre que no hay un Dios”.

Pero Bertrand Russell tenía algo muy personal contra el cristianismo que le llegaba a nublar la razón; así, en su libro “POR QUÉ NO SOY CRISTIANO”, escribió: «Afirmo deliberadamente que la religión cristiana, ha sido y aún es el principal enemigo del progreso moral en el mundo».

Francamente no sé a ciencia cierta que es que es lo que entendía Rusell por ´progreso moral´, tal vez se refiriera a que dentro del cristianismo no estaba demasiado bien visto que un hombre se casase cuatro veces, amén de tener numerosos ´affaires´ erótico-festivos (de los que -según Sidney Hook- presumía en privado), como hizo él, pero me parece que una religión como el cristianismo que predica la hermandad universal, el amor al prójimo como a uno mismo, el perdón a los enemigos, el compartir el pan con aquel que no lo tiene, y – llegado el caso – llegar a dar la vida por los amigos, es lo más progresista – moralmente hablando – que ha existido desde que el mundo es mundo. Posiblemente es que Rusell, que se deleitaba ególatramente escuchándose a sí mismo, jamás se molestó en leer el Evangelio de Jesús.

Rusell acostumbraba a soltar sus dogmas ex cátedra desde un pedestal, pero era reacio a bajar de él para entrar en la discusión cuerpo a cuerpo. Esto lo sabemos gracias al relato de su hija, Lady Jane Katharine Tait (nacida Russell), que en su libro, “MI PADRE, BERTRAND RUSSELL”, nos narra cómo su padre no estaba abierto a ninguna discusión seria sobre la existencia de Dios. «Me hubiera gustado convencer a mi padre de que yo había encontrado lo que él había estado buscando, ese inefable ‘algo’ que había añorado toda su vida. Me hubiera gustado persuadirlo de que la búsqueda de Dios no está condenada a ser vana, pero no había nada que hacer».

La propia hija de Russell, que conoció las luces y las sombras de su padre, mejor que ninguno de sus lectores, precisamente por ser su hija y haber convivido con él bajo el mismo techo, nos cuenta que toda la vida de Russell “fue una búsqueda de Dios…” “En algún lugar, en el fondo de la mente de mi padre, en las profundidades de su alma, había un hueco que había sido llenado alguna vez por Dios, y nunca encontró otra cosa que pudiera ocupar su lugar…”

Lo que está claro es que el docto y erudito Russell no fue capaz de convencer con su argumentario academicista, a su propia hija, de que Dios no existía, y eso que estuvo lavándole el cerebro, e inculcándole el dogma ateo, desde su más tierna infancia; pero ni con esas.

En honor a la verdad hay que reconocer que antes había ateos cultos y leídos, todo lo contrario a los ateos de ahora, catetos y relamidos.

BIBLIOGRAFÍA:

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